De esta guerra no se habla

De esta guerra no se habla
Fecha de publicación: 
9 Agosto 2012
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Escuetas informaciones dan cuenta de cruentos y destructivos combates en el dividido Sudán, específicamente en la región fronteriza de la nación originaria y el nuevo estado de Sudán del Sur, surgido hace menos de un año mediante referendo. Destacan entre muchas causas las riquezas petroleras del subsuelo donde hoy se libran las operaciones militares, con implicación -sin sorpresas- de Estados Unidos y Gran Bretaña, antigua potencia colonialista que gobernó a sangre y fuego.

Como se recordará, el sur de Sudán libró durante más de dos décadas una lucha de liberación nacional que ganó en su primera etapa las simpatías de muchas personas progresistas en el mundo, pero fue permeado por la inteligencia occidental, que exacerbó las diferencias étnicas y religiosas entre el norte árabe islámico y el sur negro cristiano.

Detrás de todo esto estaba el abundante petróleo y gas, tan caro a Occidente y motivo para cualquier agresión en diferentes partes del mundo, pero principalmente a países pequeños.

Lo cierto es que la división de lo que era la mayor nación africana no trajo la paz, y Sudán del Sur comenzó a actuar como punta de lanza del Imperio, que siempre ha tenido entre ceja y ceja al gobierno de Jartum, encabezado por Omar Hassan al Bashir.
                           
La guerra, crisis económica, sequía y otros males, han subrayado la miseria de tantos años de ambas partes, con una contracción económica que se ahondará si se mantiene la contienda bélica propugnada por quienes coadyuvaron a dividir el país y ambicionan las riquezas de su subsuelo.

Punto de mira imperialista

Recordemos que Sudán siempre fue sindicado por Estados Unidos como un Estado terrorista, e incluso lo incluyó en lo que denominó «eje del mal».

Para Washington, el cambio de régimen —el derrocamiento del Gobierno— ha estado en la agenda, tanto del Partido Republicano como del Demócrata. Por más de una década, Estados Unidos ha prohibido inversiones, comercio, créditos y préstamos para Sudán. En 1998, durante la administración de Clinton, 17 misiles estadounidenses destruyeron la planta farmacéutica El Shifa, la mayor fuente de medicinas del país.

Sudán sabe muy bien cómo Estados Unidos usó resoluciones de la ONU para justificar las agresiones a Corea, Congo Democrático, Yugoslavia, Haití, Iraq, y más recientemente, Libia. Nunca ha sido una fuerza de paz o reconciliación.

Precisamente, de reconciliación en todo Sudán se debe hablar, pero a ella se contrapone la campaña norteamericana de descrédito a Al Bashir, también utilizada en el plan  Rescate de Darfur (extremadamente rica en petróleo), cuyos auspiciadores fueron los más entusiastas partidarios de la agresión a Iraq.
                                                                                                
La administración de Bush acusó a Jartum de genocida en el 2004, y alegó que había habido unos 250 000 muertos en las luchas étnicas y más de dos millones de desplazados.

Pero en la Comisión de Derechos Humanos no se pudo culpar a Sudán, a pesar de las presiones norteamericanas, además de que fracasaron los esfuerzos de los medios de difusión occidentales de simplificar el conflicto como una lucha de los denominados janjaweed árabes contra africanos.

Es importante saber que todas las partes contendientes eran africanas, oriundas de la región, y musulmanes del grupo sunita. El árabe es el idioma común junto a cientos de dialectos locales.

El hambre está acabando con el área debido a una sequía que ha perdurado una década en el norte de África. La lucha por los escasos suministros de agua puso en contraposición a campesinos contra pastores nómadas.

Esto tuvo su momento más grave en febrero del 2003, cuando el Movimiento de Liberación de Sudán y el Movimiento para la Justicia y la Igualdad, entre otros, tomaron las armas, enarbolando como demandas principales un vicepresidente oriundo de Darfur, un gobierno local, una distribución equitativa de las riquezas del subsuelo y el desarme de los ya mencionados janjaweed.

Un acuerdo tuvo lugar en el 2006, pero uno de los grupos más importantes se opuso, y la continuación de la contienda coadyuvó a la injerencia norteamericana, con el afán de controlar todo el hidrocarburo continental, y en especial el sudanés, de cuya explotación está excluido.
                                                                               
Así se explica por qué ha azuzado esta nueva guerra entre sudaneses, que también tiene como motivo desplazar a los competidores asiáticos en el campo energético.

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