Masacrar al periodismo

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Masacrar al periodismo
Fecha de publicación: 
15 Septiembre 2020
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Anticipo que el documental que desmontaré en esta ocasión no es una pieza fílmica de denuncia, aunque algunos cuantos le podrían esa etiqueta. Son muchas las urgencias que, en su centenaria historia, han sido narradas mediante dicho género audiovisual. Se edifican como textos que aportan ideas, impulsan reflexiones, singularizan temas o forjan sustantivos resortes ideoestéticos. Son estos algunos de sus consensuados distingos.

Con la no ficción también se asientan los legados culturales de la singularidad y la diversidad, entretejidas en narraciones que subrayan valores identitarios. Al leer sus páginas fílmicas se nos develan las muchas culturas que convergen.

Son parte de sus brazas distintivas informar, interrogar la realidad o reconstruir el tiempo pretérito. Mucha de la filmografía universal que apunta hacia la no ficción, apunta también hacia la retórica editorial, hacia el periodismo de investigación.

Los atributos que caracterizan al cine documental son esenciales para el enriquecimiento de la familia, las sinergias de la escuela, Y claro está, aporta trazos formativos a una comunidad, a los estamentos socioculturales de una nación.

Este género audiovisual es como un libro de renovadas escrituras y urge jerarquizarlo en un prominente lugar, en complicidad con los signos de una “nueva” sociedad que apuesta, legítimamente, por otras formas de lecturas.

Compartiré más adelante apuntes sobre un filme pensado para la inmediatez, para el ahora mismo. Más bien para este minuto que usted acaba de destronar. Mientras se apropia de mis palabras, se pulverizan agitados minutos. Entonces ocurre lo obvio, el tiempo corre sin que podamos hacer nada para detenerlo.

A fin de cuentas, toca transitar junto a él para jerarquizar las esencias de la vida, el destino de ser parte de algo mayor: la humanidad.

Se impone significar sobre el contexto global que adsorbe este filme, que podría desmigajar sus pilares narrativos y el sentido de su, aun, corta existencia.

Este año, para algunos tan “diferente”, no son pocos los eventos que trastocan al planeta. Todos ellos nos permiten avizorar las rutas del futuro y trazar pronósticos enchufados en complejas integrales y derivadas. También nos empujan hacia los caminos donde se aplanan otros desafíos y se esconden las esencias que son parte de otros horizontes.

Somos testigos, también parte, de los embates de la COVID-19. De una brutal pandemia que cada día se lleva varios miles de vidas y también, de muchos otros miles que engrosan las estadísticas de los contagiados. Mientras esta enfermedad se enrola en una aritmética cíclica, se inoculan en las comunidades secuelas no solo físicas o sicológicas, también conflictos familiares y sociales. Se anticipan importantes estudios que apuntan a cimentar en humanos, secuelas y daños multifactoriales.

La cotidiana convivencia y la “vieja normalidad” han recibido un duro golpe global. Se han exacerbado confrontaciones, desencuentros, fragmentaciones sociales y agudas sospechas. Incluso, no han faltado las histerias colectivas protagonizadas por los negacionistas de esta virulenta enfermedad.

Mientras persisten sus brazas en los aposentos de nuestras vidas, la economía de todas las regiones transita en números rojos. Algunos tanques pensantes de esta materia, pronostican una pronta crisis asimétrica en todo el planeta, dibujada en proporciones inusitadas.

Pero los efectos del coronavirus no es solo el principal titular de este 2020. Lo ocupan también la brutalidad de la policía de los Estados Unidos contra los movimientos antirracistas, que se manifiestan contra de este flagelo, reinante en esa nación.

En el sur, en Nuestra América, emergen las cotidianas masacres que pintan de sangre a Colombia, impregnada de dolor por la violencia que aniquila a líderes sociales, abogados, periodistas, campesinos, medioambientalistas, defensores de los derechos humanos y exintegrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), firmantes de los Acuerdos de Paz de La Habana, que hoy pernocta en algún cajón de la Casa de Nariño.

Aunque no resulta prioridad para los mass media, incluyo, como riguroso destaque periodístico, el permanente genocidio de la soldadesca israelí que se empeña en anular al pueblo palestino. Los vídeos domésticos que afloran en las redes sociales, dan fe de las brutales prácticas que laceran la dignidad de hombres, mujeres y niños de esa nación. Mientras la furia sionista persiste, veo impregnada de sangre dos palabras recurrentes en los discursos equidistantes de los políticos de occidente: derechos humanos.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no deja de ser noticia en las muchas páginas de los medios que pululan en el ciberespacio. Ya estamos “acostumbrados” a sus declaraciones obscenas, denigrantes, discriminatorias, de burdas y obsesivas mentiras, que nos dejan ver a un “estadista” de envolturas bufonescas, definitivamente esquizoide.

El inquilino de la Casa Blanca asume como política exterior el sancionar a cuanta nación y gobierno le parezca un peligro para la “seguridad nacional” de los estadounidenses y sus intereses geopolíticos. Se arroga el derecho de poner en el “banquillo de los acusados” a países que no comparten su modelo de democracia y bienestar. Rusia, China, Siria, Venezuela, Irán y Cuba son, tan solo, algunos de sus blancos habituales.

En toda esta ecuación de titulares se suman, por estos días, a la lista de noticias prominentes, los tintes de una Revolución de Colores, (o Golpes Blandos) en Bielorrusia. En su evolución, se toma rigurosa nota del manual del estadounidense Gene Sharp.

La demoledora explosión desatada en Beirut, que aniquiló a más de 200 personas y laceró la vida de miles de libaneses, desató la furia de imágenes dantescas afincadas en los televisores de toda nuestra geografía planetaria. Los daños millonarios en infraestructuras y viviendas son parte de esta trigonometría de sumas periodísticas venidas de un país que forma parte de Medio Oriente.

Todo este telar de pátinas informativas, y muchas otras, que podrían surgir ¿oportunamente?, amenazan con aplanar los destinos de un filme que amerita, y apremia, poner en los anaqueles de nuestras lecturas impostergables. El documental, La Guerra contra el Periodismo: El caso Julian Assange, del periodista de investigación y cineasta Juan Passarelli.

La portada de este filme se construye desde una plural economía de recursos de alto valor simbólico. Cada secuencia constituye un espacio de subrayadas intencionalidades. Es una carta de presentación temática, un anticipo editorial de lo que podrá ver el lector audiovisual. Convergen la entrevista en tonos de flash, la imagen testimonial y pensadas secuencias que edifican una línea sinóptica de verbales preguntas.

Múltiples cámaras protagónicas de este collage performativo, tomadas de muchas partes, brotan para compulsar a un lector que podría encontrarse frente a este audiovisual fílmico, desde una postura anonadada, pasiva, desconectado de mensajes que ameritan un tomar en cuenta; todas ellas montadas a manera de preludio.

Los personajes protagónicos de su discurso introductorio son múltiples. No solo son los entrevistados, sin dudas personas autorizadas, algunos de preponderancia mediática.

Son también importantes los otros. Los que arremeten contra periodistas en el ejercicio de sus funciones, los que anulan el ejercicio de informar aplicando la violencia, la sumisión. Una praxis claramente inoculada en nuestro inconsciente, en los predios de nuestras cotidianas lecturas audiovisuales, para algunos asumido como lectores pasivos.

Passarelli compone un metraje de mucha fuerza que sirve de punto de partida para sentarnos, desde la probada emotividad, en terrenos fílmicos narrados desde la retórica de los argumentos, la síntesis cronológica y los pasajes biográficos que legitiman los cimientos de este documental de improntas.

Las imágenes son limpias, ausentes de rasgaduras, de intervenciones estéticas e infografías, propias del periodismo de datos. La respuesta a esta solución fílmica está en los estamentos del periodismo de investigación, en la pantalla sobria, desnuda de artilugios contemporáneos. Entonces, en veladas insinuaciones de la imagen, Juan Passarelli emplaza contundente el título del filme, The War on Journalism: The Case of Julian Assange.

El documental transita por capítulos conexos, llenos de significados, autónomos por su naturaleza argumental. Todos ellos puestos en un telar de textura audiovisual, narrado desde los estamentos de una huella de autor.

Son las partes de un texto fílmico que reconstruye la otra verdad, el otro punto de vista. Emerge la argumentación que habita aplastada por el discurso mediático, vulgar, complaciente, también cómplice, con el gobierno de los Estados Unidos y el Reino Unido, “nuevo actor” de una confabulación presentada al público, bajo el prisma de una pátina judicial, de un ejercicio de la legalidad.

Julian Assange es el sujeto atacado, es el objetivo a abatir. Todas las fuerzas (de inteligencia, comunicación, diplomática, política y judicial) están emplazadas para anular el riguroso ejercicio del periodismo, la responsabilidad de sus actores y el deber que tienen estos profesionales con la sociedad, con la ciudadanía global. El periodista y editor australiano ha osado apuntar al poder, y este, ha asomado su ya conocida artillería de prácticas sucias.

La Guerra contra el Periodismo: El caso Julian Assange, se incorpora discursivo en pensadas jerarquías, resuelto con un selectivo arsenal de ideas sustantivas. La narrativa de esta parte del todo es solventada con una batería de entrevistas satisfecha en pequeñas dosis, en delgados compases. Son apuntes esenciales para sostener el argumentario, la mirada extendida hacia el lado de la verdad incuestionable.

El encuadre es biográfico, de cercanía. La cámara está emplazada buscando el centro de personajes identitarios, de dispares profesiones, de orígenes diversos, subrayando un collage de personalidades y sicologías.

No importa el fondo de la escena, ni el tamiz que secunda a cada entrevista. Mucho menos importan los objetos que parecen atrezos inocuos, faltos de protagonismos. La palabra es el centro de todo, el objetivo de estos esenciales discursantes. La faja narrativa avanza hacia vuestros predios, pues usted es el punto de mira de quienes aploman un abanico de preguntas resueltas, de interrogaciones nuevas.

Un abogado constitucionalista, (también columnista, bloguero, escritor y periodista); periodistas de investigación, articulistas de los medios, más otro cineasta, también periodista, son las brasas testimoniales de un compendio legitimador que posicionan la verdad oculta, la que evoluciona aplastada por el discurso hegemónico.

En igualdad de línea significante, Juan Passarelli incluye el dialogo de Jennifer Robinson, abogada de Julian Assange. La interrogada tributa un pastizal de elementos jurídicos que son esenciales en los sustentos de esta entrega fílmica, como parte del cromatismo argumental que boceta el autor de esta pieza, genuina de la non-fiction.

Nuestra memoria es delgada, de consistencia efímera. Enruta esquiva, taciturna, empeñada en borrar desde el inconsciente, los recuerdos del dolor, lo que “altera” nuestros construidos espacios de confort. Incluso lo que resulta innegable, evidente, documentalmente probado.

El tiempo pretérito y los duros sucesos que habitan en él pueden estar “confinados” en algún lugar oscuro cuando nos trastoca el equilibrio de la vida. Nos apertrechamos de recursos para apagar lo que nos lacera nuestra memoria y transitar hacia un idílico mundo de icónicas lámparas superpuestas, entretejidas, como parte de una escenografía que no nos permite ver más allá de nuestro reducido círculo de habitualidades.

Hagamos memoria. El horror de la guerra en Irak y Afganistán. Las inmorales prácticas de las cloacas del poder político del gobierno de los Estados Unidos y sus aliados de occidente. La demencia de la tortura, protagonizada por la Agencia Central de Inteligencia (Cia), aplicada a “terroristas” en la Base Naval de Guantánamo y en muchos otros Centros de detención clandestinas. Todas estas, y muchas otras más, son parte de los sucesos que anudan el recuerdo de muchos millones, de miles de millones de hombres y mujeres, testigos distantes de estas verdades consumadas.

Estas premisas, solventadas en horizontales argumentos, son contadas en este filme como parte de una lógica narrativa que sirve para resolver los desafíos que amenazan la verdad, muchas veces anulada, y el destino de Julian Assange, hoy encarcelado en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh, en las afueras de Londres.

El filme documental, en otra parte del todo, evoluciona desde la lógica de los sucesos. Prominente suma de recursos distinguen sus vocabularios fílmicos, apertrechados no solo por acusadas entrevistas.

Reportajes de plurales fuentes, imágenes de sinuosas envolturas, más una ruta de declaraciones amenazantes, como punto final de un desenlace en curso, definen la envoltura de otro capítulo audiovisual. El cierre de este bloque es bien significativo. El presidente de los Estados Unidos Donald Trump declara sobre “el caso”: Julian Assange.

Treinta metros cuadrados son, también, protagonistas de esta suma de partes. El escenario, la Embajada de Ecuador en Londres. Assange no deja de emplazar al gobierno de los Estados Unidos, hace uso del micrófono y apunta, sin que le tiemble el pulso, frente a la cacería que se vislumbra contra el líder de WikiLeaks.

El mensaje está claro. Mientras esté libre ustedes no me pueden amordazar, no pueden destruir mis palabras soportadas por argumentos, pruebas documentales, verdades incontestables. La suerte está echada y la ofensiva se anticipa con todas las fuerzas, las del poder infame. Es la lógica de la fuerza bruta vestida de “Derecho”.

No es un pasaje gratuito tomado para rellenar minutos de pantalla. Encierra el valor simbólico de una posición frente a los designios de un destino: el de enfrentar la prepotencia del poder global, la amenaza del encierro.

Otro tempo discurre en esta suma se secuencias, otro ritmo atropellado, turbulento. Se produce la ruptura del montaje trepidante para caer en la calma de la argumentación, uno de los pilares del filme. La palabra es poderosa y ella no exige que se le pinte de artilugios, se encumbra con fuerza desde los cimientos de la verdad.

Nuevamente los treinta metros cuadrados de la Embajada de Ecuador en Londres, protagonizan la historia documental. Este significante espacio, adquiere veladas dimensiones, como escenario de continuidad, como punto de mira y aguda observación, “pues hay que anular al enemigo, a como dé lugar”, podría haber dicho cualquier fuente anónima, de alguna agencia de los Estados Unidos.

Se refuerza la cacería contra Assange, la sofisticación de los métodos son el signo de otra cruzada. No se trata de aniquilar al “cabeza visible”, lo que se pretende materializar es la desintegración del símbolo.

Un signo siempre es un peligro, no es un ente material, un elemento tangible. Descomponer sus esencias es parte de la lógica del poder cuando este se sustenta en pilares que son ajenos a la existencia humana, a los preceptos que nos son comunes.

Dos soluciones distinguen a este texto audiovisual desde la perspectiva de una puesta en escena de probada resolución fílmica documental.

Dos partes, aparentemente contrapuestas que se complementan para resolver los trazos humanos son consustanciales al tejido interior que envuelve al protagonista: las circunstancias personales que le son favorables —que legitiman los acentos humanos de la historia— y los elementos adversos que entorpecen el curso de una vida digna.

Las revelaciones de The CIA attack, construido por agudos capítulos, como parte de un intenso texto documental, constituye un punto de giro genuinamente cinematográfico. Nos empuja hacia los resortes finales de esta pieza, esencial para entender que no estamos frente a un asunto de un solo hombre, de un solo protagonista, de una historia doméstica.

Quebrar es una palabra recurrente en los manuales de tortura de la CIA y de muchas otras agencias de occidente. Al “enemigo” hay que anularlo, despojarlo de lucidez. Descolocarlo en el tiempo y en el espacio para que pierda el control de sus acciones, trastoque sus más sobrios comportamientos. Se trata de destronar la dignidad, las marcas humanas, la sabia para enfrentar sus “mejores” peligros.

Siete años en la Embajada de Ecuador en Londres no bastan para seguir achicando las fuerzas de un hombre empeñado en hacer valer la verdad, principio universal de la dignidad.

La prisión de Belmarsh es el otro espacio pensado para seguir comprimiendo sus brazas, sus afincados argumentos. Es tan solo un proceso macabro, de envoltura visceral, tejido para descomponer los saberes de un hombre, de un colectivo. Un grupo de hombres y mujeres que asumen el ejercicio de la información como una práctica venerada.

Juan Passarelli recoge los testimonios de los que pudieron verlo en ese espacio de encierro. Subraya sobre lo que se pudo conocer de su estado físico y mental, que tomaron corporeidad, en medio de extremas medidas de reclusión. La justicia británica pone en el mismo peldaño a Julian Assange, confinado junto a criminales, pedófilos, violadores múltiples, terroristas. Ese burdo paralelismo resulta aberrante, injustificado.

El cierre del último tercio de esta pieza fílmica transita entre la denuncia y el asombro. La indignación y el relato colectivo son parte de la batalla por la liberación de Julian Assange.

Las atrocidades del sistema judicial británico contra este caso son bien conocidas. El autor de La Guerra contra el Periodismo: El caso Julian Assange, asume significarlas, mostrarlas en toda su dimensión, con todas sus variables, que apuntan hacia un curso sombrío. La voluntad popular es la única fuerza que lo salvará del encierro definitivo.

La justicia de los Estados Unidos le anticipa una condena de 175 años de cárcel. El estado de Virginia sería la ciudad donde juzgarían al líder de WikiLeaks. Los miembros del jurado: oficiales de la Agencia Central de Inteligencia (Cia), del Buró Federal de Investigaciones (Fbi), el Pentágono y la Agencia de Seguridad Nacional (Nsa). Se enfrenta a 18 cargos criminales federales por el gobierno de los Estados Unidos, debido a la presunta obtención y divulgación ilegal de información secreta. Las nuevas imputaciones se suman al cargo de conspiración anunciado por Washington.

La cronología del periodismo cuenta con ejemplares historias de vida, de hombres y mujeres que encumbraron la profesión. El asesinato del periodista y escritor comunista, Julius Fučík, detenido por la Gestapo y posteriormente ejecutado, es la más internacional de ellas.

El reportero español José Couso fue asesinado en Bagdad por tropas de los Estados Unidos durante la invasión de Irak de 2003, en el Hotel Palestine. Ninguno de los responsables —el sargento Thomas Gibson, el teniente coronel Philip de Camp y el capitán Philip Wolford— ha sido juzgado por tribunal alguno.

Las filtraciones de documentos diplomáticos de los Estados Unidos realizadas por el portal WikiLeaks, a partir del 28 de noviembre de 2010, aparecen en cables de la embajada estadounidense en España, y develan las presiones del entonces embajador Eduardo Aguirre sobre la investigación del fallecimiento de José Couso.

Juan Passarelli, periodista y cineasta de Guatemala, radicado en Londres, ha logrado con La Guerra contra el Periodismo: El caso Julian Assange, condensar narraciones significantes, pobladas de simbologías, sólidos argumentos, debidamente resueltos como obra de investigación periodística.

El filme nos pone en primer plano la impunidad, la soberbia, el uso de la fuerza y el poder, para acallar a los que arremeten contra atrocidades que son de conocimiento público.

Ficha técnica
Título original: The War on Journalism: The Case of Julian Assange.
Título en español: La Guerra contra el Periodismo: El Caso Julian Assange
Guión y dirección: Juan Passarelli
Edición y efectos visuales: José Passarelli
Narradora: Suzie Gilbert
Productora: Guerrilla Pictures
País: Reino Unido
Año: 2020
Tiempo: 38 min.

Tomado de CineReverso

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