Las familias cubanas se transforman (II)

Las familias cubanas se transforman (II)
Fecha de publicación: 
12 Abril 2021
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Foto: Ismael Batista 

¿Ser padres perfectos? Esa es una pregunta, y sobre todo una aspiración, de la gran mayoría de los padres. Sin embargo, resulta un imposible.

En días pasados, CubaSí publicó la primera parte de este material, donde se comentaba que a la actual generación la distinguen hijos de nuevo tipo, por tanto, también debieran corresponderle maternidades y paternidades de nuevo tipo.

Es esa la tesis de la doctora Patricia Arés Muzio, sustentada en la teleconferencia que recientemente impartiera con motivo de la octava edición de las Jornadas "Maternidad y Paternidad. Iguales en derechos y responsabilidades".

Los niños y adolescentes de este tiempo, por ser nativos digitales, como tendencia están más actualizados que sus mayores en el uso de las nuevas tecnologías, y están también más subsumidos en un mundo cargado de información audiovisual, con sus correspondientes cargas de violencia, sexo, terror…
 


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Así se argumentaba en el anterior texto, donde igual quedaba apuntado que ellos ya no son aquellos hijos que bajaban la cabeza obedientes ante la primera indicación de sus padres. Exigen argumentos, cuestionan autoridades, ocupan otros peldaños en los esquemas de jerarquía hogareña.

Padres desconcertados

En las actuales familias cubanas -que pueden ser reemsambladas, con una parentalidad en tránsito a partir de la aparición de nuevas figuras como padres y madres no biológicos, con madrastras y padrastros, que incluyen conflictos de límites, de lealtades y otros- “nos encontramos padres que actualmente están más informados, pero mucho más desconcertados”.

Es la opinión de Arés Muzio, experta en el tema, quien agrega que, en ocasiones, los patrones de crianza de que disponen los adultos ya no les son útiles. Se trata de padres, dice, más exigidos, porque sus tiempos son más compartidos.

Es raro encontrarse en estos tiempos muchas mamás o papá dedicados a tiempo completo a la crianza de su descendencia. Comparten esta misión con otras responsabilidades y aspiraciones, con deseos de realización personal, aunque ahora estén en pausa por la pandemia.

El desconcierto de esas maternidades y paternidades tiene su basamento no solo en las muy diversas influencias de que son objetos sus hijos, influencias que a veces escapan al alcance de sus parientes más inmediatos, sino también porque son retados en su autoridad.

“Hay que hacer renuncias importantes como a ser padres perfectos. Tenemos que ser suficientemente buenos, pero no perfectos. Antes aspirábamos a la perfección, pero ya no podemos”, sentenció la entendida.

 

 

Explica su información argumentando que ya quedó atrás el momento de considerar a los hijos como propiedad, de creernos los dueños de la verdad y de ese “porque lo digo yo, y basta”. 

Abandonar esas posturas implica también desistir de aquellos empeños por evitarles frustraciones, por tratar de satisfacer todas sus demandas. Además, porque las demandas de esta generación, al menos en el orden material, no pocas veces apuntan, y a veces con elevadas exigencias, a renovaciones del equipamiento tecnológico: el celular más actual, con estas o aquellas prestaciones; el tablet aquel, los audífonos de más allá… Y, ahora menos que nunca es posible dar esas satisfacciones. Pero por eso se es un mal padre o una mala madre?

“Hay una serie de renuncias que tenemos que hacer, de mitos que debemos revisar, para poder funcionar de una manera más acorde a los tiempos actuales. Y haciendo todas esas renuncias, no nos queda de otra que orientar nuestra brújula a pensar que ser padre y madre hoy representa determinadas cualidades o condiciones que no son necesariamente materiales o de estatus”, sentencia Arés.

Esta profunda conocedora del tema familia, de las tantas entretelas que se agitan al interior de los hogares cubanos, comenta que, aun cuando no se trate ya de una maternidad o paternidad a tiempo completo, lo importante es que ellos, los hijos, sepan que podrán contar siempre con estos seres queridos, aun en la distancia.

Y lo importante también es que aunque todo el tiempo no sea para ellos, el que se les entregue, sea de calidad, donde se combinen la comprensión, el respeto, la ternura, el amor, y también la demarcación de límites.

En cuanto a estos últimos, necesarios en cualquier tipo de relación interpersonal, la doctora aclara que tenemos que disciplinar con afecto. Aunque los límites deben ser claros, no tienen que ser extremadamente rígidos o signados por el autoritarismo. 

Y en la otra cara de la moneda, tampoco es conveniente la ausencia de límites, que no es para nada sinónimo de cariño, o la sobreprotección. “Sencilla y llanamente –plantea-, funcionar con la disciplina y la responsabilidad”.

¿Haz lo que yo digo y no lo que yo hago?

Es necesario darles a los hijos el ejemplo, con coherencia y desde el convencimiento, porque no basta decirles hoy “tienes que hacer lo que yo digo”.

Si un padre pretende que su hijo no consuma alcohol, no puede beber grandes cantidades de alcohol delante de él; si un padre pretende que sus hijos no sean violentos, no puede protagonizar escenas de maltrato, aunque sea verbal, delante de él. 

Así ejemplifica Arés Muzio, y abunda en el tema de la autoridad de mamá y papá en estos tiempos.

Porque parecen resultar muy diversas las maneras en que hoy es entendida la autoridad en las familias cubanas. 

Como estas han cambiado, hay quienes creen que se debe dejar a los niños “libres”, que hagan lo que deseen, como postura contrapuesta al exceso de autoritarismo de modelos ya caducos. Pero esta opción tampoco va por buen camino.

 


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Ocurre que en el tema de límites la clave está en “la contención necesaria para que el niño se sienta seguro, supervisado y amado. Y pasan, sobre todo en la adolescencia, por la conversación, la negociación, o por una cierta sanción cuando los más pequeños no cumplen con los mandatos familiares”.

Ni el exceso de permisividad ni el autoritarismo funcionan ya para los nuevos estilos parenterales. Tampoco la negligencia, que implica el abandono de las responsabilidades con los hijos, “pero hay padres tan atareados, tan agobiados, que piensan que ese desentenderse pueden compensarlo con darles a los hijos comodidades, con cosificar el afecto”.

Otra cara del estilo permisivo es el que se confunde con un exceso de amor. Como si para amar mucho hubiera que tolerarlo todo. “Y esto es un mito, porque en realidad lo que existe es una baja supervisión. A veces los padres somos muy permisivos en los consumos tecnológicos de los niños y no nos metemos en el mundo de ellos, no sabemos qué están consumiendo”.

 


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Se exigen estilos más democráticos, resultados de la ruptura de la autoridad patriarcal. Criar desde la responsabilidad, los valores y los afectos, incorporando una comunicación asertiva.

No es necesario el autoritarismo, que no es lo mismo que autoridad. Esta última significa capacidad de influencia; el primero es abuso de poder. “Y cuando abusamos del poder como madre o padre mancillamos la dignidad y la autoestima del niño”.

“El respeto del niño no se gana imponiéndoselo, sino respetándolo“, asegura la profesora, y recomienda a las madres y padres, para que sean de nuevo tipo, al igual que sus hijos: “Mejor diálogos que sermones, mejor buenas preguntas que malas contestas, más sugerencias que imposiciones, más conversaciones que silencios”.

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Nota: Toda la información contenida en este texto fue tomada de la citada conferencia de la Dra. Patricia Arés Muzio.

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