Favelados masacrados: Dinámica perversa en Brasil

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Favelados masacrados: Dinámica perversa en Brasil
Fecha de publicación: 
4 Agosto 2021
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Imagen de archivo de una operación policial contra narcotraficantes en Río de Janeiro.  André Coelho / EFE

Jair Bolsonaro no ceja en su campaña para desacreditar a las autoridades electorales de Brasil, alegando sin pruebas de que preparan un fraude a favor del izquierdista Luiz Inacio Lula da Silva en los comicios presidenciales del próximo año.

Bolsonaro intenta mantenerse en el poder pese a su política de irrespeto a la vida humana, que va de los cientos de miles de muertos por la descuidada atención a la epidemia de la COVID-19, al asesinato de una gran parte de la población de las paupérrimas favelas de Rio de Janeiro, Sao Paulo y otras ciudades brasileñas, bajo el pretexto de combatir a bandas de narcotraficantes.

Lo paradójico de esto, y tiene una explicación, difícil, claro, es que mucha de esa población aborrecida por el fascistoide gobernante votó a favor de éste en las pasadas elecciones, gracias al manejo de una propaganda de los principales medios que en ese entonces estuvieron incondicionalmente al lado del preferido del imperialismo y la jerarquía militar local.

Residentes de las favelas creyeron ingenuamente que votar por Bolsonaro ayudaría a limpiar en algo el territorio donde viven, así como muchos indígenas llegaron a apoyar al sátrapa, porque varios jefes de tribu confiaron en las promesas de que respetaría sus tierras ancestrales.

Igual sucedió con una parte de las mujeres, los negros y los homosexuales que llegaron a votar por el individuo que los desprecia, a lo que se sumó la campaña desinformativa contra el Partido del Trabajo y de su aspirante presidencial

Ahora el panorama es distinto, por lo cual Bolsonaro se propone maniobrar con las armas que tiene disponibles, manteniendo las masacres en las favelas, donde la policía actúa con toda impunidad.

Jartanzinhgo fue una de las favelas atacadas en las últimas semanas, con 25 civiles inocentes muertos y uno o dos de los considerados miembros de bandas.

Antes, otras nueve personas fueron asesinadas tras la acción de la Policía Militar en Paraisópolis, la cual cerró las salidas principales de una calle, obligando a los presentes a intentar huir por los callejones, lo que ocasionó la estampida y la consiguiente muerte. Los vídeos que circulan por Internet muestran la brutalidad policial. En el material, la policía patea a jóvenes sin que estos tengan la oportunidad de defenderse.

¿CIUDAD DEL PARAÍSO?

Paraisópolis es la segunda favela más grande de la ciudad de Sao Paulo. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), más 40 000 personas viven en esta región. Es ícono de la desigualdad social en Brasil, debido a que limita con el barrio de lujo Morumbí, donde se encuentran grandes mansiones de magnates brasileños.

La masacre, como ha sido denominada incluso por el gobierno del Estado de São Paulo, abre de forma violenta la discusión sobre la difícil situación que enfrentan los moradores de las comunidades brasileñas que sufren por la falta de estructuración de autoridades públicas y el vacío de poder que es ocupado por las facciones criminales.

El discurso de que fue necesaria la acción que tomó la ciudadanía brasileña y el alto mando de la Policía Militar (debido a que en las celebraciones callejeras se presupone la venta de drogas y otras sustancias) no se sustenta, ya que no sucede lo mismo en fiestas organizadas en los barrios ricos, como Higienópolis, donde notoriamente existe el consumo de tales sustancias.

Con Bolsonaro en el poder es muy difícil repensar la política de seguridad pública en Brasil. El caso de Paraisópolis abre puerta a los dilemas que vivencian los habitantes de las favelas en todo Brasil. Desde la Baixada Fluminense hasta Ceilandia, los problemas persisten.

No sólo es pensar en las fuerzas policiales, sino también en la desigualdad social que existe en Brasil, en el racismo institucional que se cristaliza en las persecuciones extremadamente agresivas en bailes funk, similar a lo que ocurrió con la samba en Brasil a principios del siglo XX.

Pero no se puede esperar nada bueno de un presidente que dice constantemente “estamos en guerra”, cambiando la legislación para proteger de acciones legales a los policías que cometen asesinatos, así como la que restringe la posesión de armas de fuego, reduce la edad mínima para usar un arma de 25 a 21 años y baja la edad penal, actualmente en 18 años.

Por su parte, el nuevo gobernador bolsonarista del estado de Río de Janeiro, Winston Witzel –otro juez reciclado en político– ha propuesto usar francotiradores en las favelas para “liquidar a los cabecillas de los narcotraficantes”. Con el mismo fin, comenta PL, “la tropa de élite se convierte en Robocop con la propuesta de Witzel de usar drones equipados con ametralladora”.

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