Los EEUU, el G-7 y la OTAN: ¿guerra fría en lugar de guerra a la pandemia?

Los EEUU, el G-7 y la OTAN: ¿guerra fría en lugar de guerra a la pandemia?
Fecha de publicación: 
28 Julio 2021
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Activistas de Oxfam con cabezas de papel maché que representan a los líderes del G7 actúan durante una protesta en la playa de Swanpool, cerca de Falmouth, durante la cumbre del G7, en Cornualles, Gran Bretaña. EFE/EPA/PHIL NOBLE

Lejos quedaron en el tiempo los años 80s y 90s del pasado siglo en los que el neoliberalismo, la globalización y el mundo unipolar encabezado por EEUU enrutaban al mundo por caminos que nadie sabía hacia donde conducían;  mientras,  la academia discutía si la “modernización” de China era sinónimo de “americanización”, si realmente su “apertura” al mundo no era más que abrir sus puertas a los EEUU, a su filosofía de mercado y consumista y a la aceptación de la imposición de la “democracia occidental” …  o si en realidad estaba sucediendo todo lo contrario; también lejos quedaron los del fin de la URSS y las terapias de choque, de la privatización y la corrupción generalizada de los años de Yeltsin que condujeron a Rusia al colapso… y a su resurgimiento.

Eran esos los mismos años en los que paralelamente se producían cambios –también impulsados por el neoliberalismo –y el fortalecimiento transitorio del capitalismo global que en los primeros años del nuevo siglo exhibía el mejor comportamiento de su historia –de considerarse sólo las cifras – con los menores niveles de inflación desde los 60s, la pobreza declinante y el aumento de las clases medias.  Y todo ocurría porque el  pensamiento único, neoliberal, el del “fin de la historia” según Fukuyama,  había desregularizado a escala global las economías, privatizado las grandes empresas estatales y paraestatales, desmantelado los sistemas de protección laboral, arruinado a los competidores locales, impulsado bloques de integración asimétrica e instaurado la era de la financierización de la economía y las operaciones especulativas realizadas a escala planetaria… que al mismo tiempo había hecho posible que la economía mundial se hiciera todavía más dependiente de la norteamericana, permitiendo a los EEUU mantener y aún incrementar su riqueza sobre la base del gasto y el aumento de la dependencia y el endeudamiento con el resto del mundo.

Pero todo lo anterior condujo a la crisis de 2007-08 –el inicio del fin del “fin de la historia – que comenzó con el derrumbe del mercado inmobiliario  que arrastrara a las gigantes paraestatales norteamericanas y condujera a las crisis bancaria y bursátil, y a la “solución” encontrada al desastre:  la inyección por los Bancos centrales de decenas de miles de millones de dólares, la rebaja de las tasas de interés, la devolución de impuestos, las rebajas impositivas  y otras acciones  del mismo tenor para aumentar la liquidez.  

Las “soluciones” entonces encontradas impulsaron el proceso de financierización de la economía y la geoestrategia globalizadora concebida para dar respuesta a los intereses de la plutocracia dominante (¿el 1%, el 0,01%, el 0,001%...?) la hizo cada vez más transnacional; los estados-nación encargados de ejecutar tal estrategia, cada vez más al servicio de las grandes transnacionales, no solo no contribuyeron a resolver los problemas existentes, a estabilizar los mercados, a aumentar su eficiencia, a resolver los problemas de pobreza, desigualdad,  desempleo, del calentamiento global… sino que agudizaron las contradicciones del sistema, en particular las de los EEUU, al acelerar el proceso de desplazamiento del eje geopolítico global  hacia la región Asia-Pacífico.

Y en la búsqueda de lo anterior, “la montaña parió un ratón”: el trumpismo. Y aunque en sus eslóganes de “América Primero” (America first) y de “Hacer a los EEUU grande nuevamente” (Make America great again), el trumpismo implícitamente reconocía el declive de la superpotencia y lo inalcanzable del “Sueño americano” (American dream) para sus ciudadanos, sus “fórmulas” en lugar de resolver agudizaron los problemas existentes, profundizaron la división del país e hicieron  patente la pérdida del liderazgo global estadounidense que se puso de manifiesto en las continuas agresiones y el tratamiento prepotente y despectivo a todos, incluyendo a sus aliados, la injerencia en sus asuntos internos y la violación e irrespeto de acuerdos, convenios y normas del derecho internacional.

Y porque de nuevo se requerían salvataje y “soluciones”, Joe Biden alcanzó la presidencia de los EEUU previo anuncio de que su máxima prioridad sería recuperar el liderazgo del mundo democrático, el llamado “occidente” (no resulta necesario volver aquí sobre la excepcional lección de “democracia” ofrecida por la nación del norte a sus partners durante las elecciones, tampoco sobre lo sucedido luego de conocerse los resultados, asalto al Capitolio incluido).

Y conocida la prioridad, no resultó extraño que como primera iniciativa de política exterior del presidente, en las condiciones del capitalismo post globalización neoliberal, en pandemia y con acelerado declive del otrora hegemón,  fuera presentada por EEUU en la reunión del G-7 en Inglaterra, la iniciativa: “Reconstruir mejor para el mundo” (Built back better for the world) con el objetivo explícito de contrarrestar el proyecto chino de desarrollo económico “Un cinturón una ruta” (One belt, one road).  

Tampoco extraño en la iniciativa estadounidense resultó apreciar que en la misma –supuestamente dirigida a mejorar la infraestructura de los países “de ingresos medios y bajos” –claramente se encontraba la idea reiterada por su presidente de “volver a liderar el mundo” y, en la idea misma, implícita la concepción geopolítica de la excepcionalidad de los EEUU y su destino manifiesto, que ni siquiera cuestiona si en las condiciones actuales ese destino puede resultar ventajoso para los países europeos y Japón que deberán someterse a un orden geopolítico regido por un socio poco confiable y que se balancea entre el nacionalismo trumpista (con o sin Trump) y la globalización acotada y proteccionista contenida en el “Compre americano” (Buy American) impulsada por Biden (o por quienes lo avalan); tampoco si puede resultarle conveniente a “occidente” aislarse del banquero (como llamara Hillary Clinton a China) y de un mercado de más de 1,400 millones de habitantes,  considerado hoy el motor de la economía mundial.

Para someterse tendrían que obviar los líderes de los países del G-7 que los EEUU se encuentran hoy muy lejos de la posición que ocupaban en los tiempos de la unipolaridad. Ya desde inicios de siglo se hablaba en los medios académicos y fuera de ellos del declive “relativo” de los EEUU y por ello mismo  a nadie no sorprende que veinte años después, según reporta la Agencia de noticias Sputnik, en el New York Times aparezca un artículo bajo el título “La mayor amenaza para EEUU son los propios EEUU” que reconoce la pérdida de posiciones del país, y no solo entre las potencias mundiales.

Y aunque todo el artículo es suficientemente  demostrativo, resaltan en el mismo las fallas en el sistema de educación (que hacen que una quinta parte de los estadounidenses de 15 años no sea capaz de leer al nivel que se espera de un niño de 10, y que los jóvenes de esa edad sean peores en matemáticas que los de otros muchos países) lo que sitúa a los EEUU en la posición 28 del índice de progreso social que mide salud, seguridad y bienestar en el mundo lo que lo ubica en el poco deseable lugar de ser uno de los tres únicos países, de 163, que retrocedió en bienestar durante la última década; también que en el Anuario de Competitividad Mundial —WCY, por sus siglas en inglés— EEUU ocupó el puesto 10 entre 64 economías analizadas y que el Banco Mundial lo situó en el lugar 35 entre 174 países.

Lo anterior explica suficientemente la necesidad de los planes de restauración del potencial estadounidense: “Plan americano de rescate”, “Plan de empleo americano”, “Plan familiar” (American rescue plan, American job plan, Family plan…) anunciados por el presidente Biden por un monto de más de 6,5 millones de millones de dólares –dirigidos a restablecer la grandeza “americana” y su “clase media”. Claro que  en los “planes” no se explica que para ser ejecutados se requieren bienes producidos por el resto del mundo y  financiados fundamentalmente mediante el endeudamiento con ese mismo mundo según puede verse en la página Web  de la “Casa Blanca”: “Construyendo cadenas de suministro resilientes, revitalizando la manufactura americana  y fomentando el crecimiento de base amplia” (Building Resilient Supply Chains, Revitalizing American Manufacturing and Fostering Broad-Based Growth”) y solo muy parcialmente mediante el aumento de la carga impositiva a los más ricos. No resulta extraño entonces que los planes todos han debido ser reducidos y postergados (inclúyase aquí el aumento de la tarifa salarial horaria prometido por Biden) por no contar con el apoyo suficiente de la élite republicana y aislacionista.

La reunión del G-7 a la que hicimos referencia se completó con la “Cumbre” de la OTAN (30 países) en la que, por supuesto, junto con la afirmación de Biden de que los EEUU estaban de vuelta y el consenso sobre la necesidad de incrementar la financiación conjunta de operaciones militares, no hubo reparos en considerar a Rusia como “el enemigo principal”, sobre el que el Sec. General de la organización, Jens Stoltenberg señaló que las relaciones se encontraban en su punto más bajo desde la “guerra fría” y constituía una amenaza para la seguridad de la alianza.

También China se convirtió en protagonista de la reunión ya que, también según Stoltenberg, la nación asiática está ampliando “rápidamente su arsenal con más cabezas nucleares y un número mayor de sistemas de lanzamiento sofisticados. Es opaca en la modernización militar, (y) está cooperando con Rusia, incluso con ejercicios en el área euroatlantica”.

Y aunque no haya sorpresas en la extraordinaria coincidencia entre lo anteriormente reseñado de la reunión de la OTAN con el Comunicado de la “Casa Blanca”: “Revitalizando la alianza trasatlántica”, ni con el llamamiento de Biden sobre “el aumento del poder global de Pekín en tanto constituye un desafío de seguridad que está tratando de socavar el sistema global basado en reglas”, provocan alarma las continuas provocaciones de EEUU y la OTAN a Rusia y a China que conducen al aumento de los gastos militares y a la peligrosa exhibición de músculos por el ya conocido y frustrante camino de la “guerra fría”, ¿No resultarían mucho más útiles a la humanidad destinar esos recursos a combatir la pandemia presente y las por venir que ya todos los científicos prevén? Esperemos que el “homo sapiens” esta vez realmente lo sea y se imponga al “homo economicus” y su egoísmo.

 

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