“El otro” nunca seré “yo”

“El otro” nunca seré “yo”
Fecha de publicación: 
27 Junio 2018
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Las noticias más trágicas y violentas, siempre que no nos toquen de cerca, suelen despertar en nuestra conciencia a dos de sus monstruos más temibles: el morbo y la indiferencia. Conocer la detallada descripción de una muerte –al extremo gráfica por la divina gracia de las cámaras omnipresentes- puede representar para algunos el asistir a un espectáculo cuya representación provoca curiosidad. La curiosidad unas veces es cómplice del morbo; otras, es solo el nombre con el que nos engañamos para no autoflagelarnos con la idea de ser “malas personas”. Como sea, es tan inevitable como patético.

Por su parte, la indiferencia tiende a ser producto de la lejanía. Si ocurrió una catástrofe o una masacre nos da igual, pues no la sufrimos nosotros ni nuestros seres queridos. Cuando no hay intereses personales en peligro, el padecer de los “otros” nos resulta, cuando más, lamentable. Sin embargo, también la naturaleza misma de los medios de comunicación conspira en favor de la apatía. Una noticia similar a muchas otras y expresada de igual forma pierde su aura, lo que la hace única, tanto como una clásica obra de arte lo hace en cuanto es sobrerreproducida.

La frialdad llega primero de la voz flemática, del verbo directo con aires de objetividad que sale del periodista. También la inmediatez sacrifica la el sentido humano del suceso, convirtiéndolo todo en cifras y estadísticas. Los números quizás asombren, pero no conmueven ni llaman a la acción. El reto del periodista está en echar de vez en cuando a un lado su estático rol de “informador” para convertirse en un “narrador”. Las historias, aunque pequeñas y comunes, promueven la identificación del lector/espectador con sus personajes. Esta es la máxima del cine y la literatura que bien haría en adoptar el periodismo moderno.

Estar constantemente expuestos a la barbarie humana a través de una pantalla no nos hace insensibles de por sí. No inmuniza a la conciencia, no domestica a las pasiones más sublimes. La monotonía sí. A fin de cuentas, como diría el periodista Ryszard Kapuscinski, “los dueños de la televisión moderna no ha inventado nada nuevo”.

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