Con Teresita Fernández hice el mejor negocio de mi vida

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Con Teresita Fernández hice el mejor negocio de mi vida
Fecha de publicación: 
12 Noviembre 2013
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Era una niña, qué sé yo, tal vez ya había cumplido los ocho, o no, fue mucho antes de que mi Matanzas natal se convirtiera en una ciudad tricentenaria y acaba de cumplir 320 años, así que ha llovido bastante desde que hice el mejor negocio de mi vida.

La maestra que canta se presentaba aquel sábado en la biblioteca Gener y Del Monte y yo, que era pichón de polilla, fui invitada a darle la bienvenida en nombre de todos los pequeños lectores que asistirían al encuentro. Lo hice, claro, con gusto, con orgullo, lo mejor que pude escogí las palabras que pronunciaría y el poema «de mi propia inspiración» que le dedicaría, quería agasajar a aquella mujer a la que nunca había visto en persona, pero a la cual conocía de memoria de tanto escucharla.

Pero eso no fue todo, en la tarde la autora de Vinagrito cantaría también en otro de los espacios que la chiquilla medio bohemia que fui no se perdía jamás: una peña llamada «Barquitos del San Juan»; allí se presentaba la revista del mismo nombre editada por Vigía para los niños y en la que además, se publicaba «la obra» de los que pertenecíamos a los talleres literarios de la entonces «Casa del escritor».

En el mismísimo casco histórico de Matanzas, en la Plaza de la Vigía, justamente en la casa que aún es sede de Ediciones Vigía, a orillas del San Juan, conseguí el canje más beneficioso de mi vida: le cambié a Teresita Fernández un poemita mío que nadie recuerda por una inolvidable interpretación de Lo feo.

La idea fue de ella. Atrevida, que lo era yo bastante, le pedí que me cantara mi canción preferida, «la palangana vieja». Maestra, que nunca dejaba de serlo, no me rectificó el título, simplemente propuso: «si me recitas uno de tus poemas». Y lo hice. Y ella también. Así se quedó «la palangana vieja» para siempre en mi vida, como un regalo invaluable con el que duermo a mis hijos, a cada uno, desde que nacieron.

Salí ganando en aquel negocio, ella me dejó ganar. A mi favor debo decir que no me traicionaron los nervios y no solo hablé, le estreché un abrazo más que como bienvenida formal a la Biblioteca, a Matanzas, como expresión de una franca y postergada bienvenida a mi cariño infantil, el cual creció conmigo hasta que ayer, cuando supe que Teresita Fernández ya no estaba sobre esta tierra, me devolvió a aquel sábado inolvidable y lloré como una niña.

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