El Club Antiglobalista: Rockefeller, el coleccionista de huesos

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El Club Antiglobalista: Rockefeller, el coleccionista de huesos
Fecha de publicación: 
6 Noviembre 2020
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Montaje del rostro de David Rockefeller en un billete de un dólar

Para la mayor parte de la opinión pública, el mundo está compuesto por naciones dentro de un sistema de mercado  que se proclama libre y que promueve la alternancia y el pluralismo políticos. Para quienes conocen cómo funciona la maquinaria del poder, en realidad es evidente la existencia de un Imperio, que funciona como Estado Profundo, cuyo centro está en la acumulación de capital, a partir del capital. Esta élite financiera echa raíces en los orígenes del reparto del mundo que el sistema hizo desde los inicios, lo cual establece una lógica conservadora en torno al poder que será difícil de eliminar o de sustituir con otras fórmulas. 

La familia Rockefeller es una de esas fortunas que se sitúan en la centralidad de ese Estado Profundo, detentando a otros ricos y poderosos a través de la sujeción financiera y del pactismo dentro del mercado. En la medida en que el capital comenzó a crecer de manera gigantesca, la mentira de la economía libre se hizo añicos, para dar paso a la realidad del monopolio o trust, que es la que aún se vive. De esta forma, se sientan las bases para un nuevo orden mundial que pregona la eliminación de las naciones, ya que funcionan como feudos o frenos ante la necesidad de expansión y de disponibilidad de los recursos naturales, que sirven para el sostén de la economía. 

Conocido como el Barón Ladrón, John D. Rockefeller fue en sus orígenes un comerciante especulador que obtuvo un capital a partir de las apuestas en torno al petróleo y los ferrocarriles en el naciente poderío norteamericano del siglo XIX. En aquel contexto, dada la velocidad de expansión de dicho mercado, era frecuente que aparecieran ciudades de más de un millón de habitantes de un año a otro. La volatilidad de las fortunas, le dio a Rockefeller cierta ventaja, que él usó a partir del chantaje a las compañías de ferrocarriles y de refinación de petróleo. El ya mediano magnate había comprado el derecho al paso de los trenes a determinadas regiones bendecidas por el auge económico y, a partir de ello, se expandió como fortuna, haciendo ofertas que nadie pudiera rechazar. Se comenta que Rockefeller solía emitir sus presiones en un tono piadoso, algo así como “acepte esto por su bien y el de su familia”. 

En breve, este barón ladrón se convirtió en la Standart Oil Company, compañía dueña de casi todas las acciones de refinamiento, que comenzaba a fusionarse con el mercado mundial, siendo el primer ejemplo histórico de un centro transnacional capitalista. La manera en que Rockefeller se fue empoderando, impactó a la política, pronto el gobierno y las principales instancias comenzaron a ser víctima de la ingeniería social de este amo del mundo: tales fueron los orígenes de la Oficina de Asuntos Secretos, posterior Agencia Central de Inteligencia,  que funcionaba como una “fraternidad” o logia y que contó con numerosos directivos, como el propio Allen Dulles, quien fuera a su vez director ejecutivo de la Standart Oil Company. De esta manera el Estado Profundo se vertebraba con los intereses de clase y económicos de quienes verdaderamente pagaban por la existencia del gobierno, las elecciones y demás instancias. 

A    la par que se creó la CIA, surge la Rockefeller Brothers Fundation, un tanque pensante y de ingeniería social, que se estableció como meta incidir en los países, de manera que las barreras culturales y políticas de esas naciones no frenaran la necesidad de expansión constante del gran capital especulativo. El trabajo conjunto entre estos dos poderes ha demostrado que detrás se halla un solo ente, los que se nuclean alrededor del Council Of Foreign Relations, organización secreta creada por el hijo de Rockefeller y que reúne a figuras del establishment y las vincula con otras dos instancias de origen similar a nivel internacional: la Comisión Trilateral de Estados Unidos, Europa y Japón y la Mesa Redonda (bajo el control de la familia judío británica Rothschild). Tal es el Imperio que describen en su célebre libro los pensadores Michael Hartd y Toni Negri, la misma instancia que, al margen de los conflictos entre naciones, se ha trazado metas de dominio mucho más elaborado y real tras bambalinas. Rockefeller  creó también en 1954 el Club Bilderberg, una unidad de fortunas y figuras de la política que se encuentra cada año secretamente en un hotel distinto y donde se programan los sucesos, corrientes, crisis, cambios gubernamentales e ingenierías de cara al nuevo orden. 

¿Cuál es el verdadero objetivo de ese Imperio, si ya controla de facto la economía, la política y los recursos naturales?

Hay un solo campo en el cual el dominio no es total y que ofrece la capacidad de frenar la existencia y expansión del Imperio: la mente humana. Hay valores, pensamientos, principios, axiomas y actos que perduran y perpetúan a un ser rebelde y ansioso por independizarse de cualquier orden opresivo. Para aplastar esta naturaleza, Rockefeller y el Imperio han creado toda una corriente científica llamada eugenesia, cuyo fin seria, aparentemente, “beneficiar” el futuro de la humanidad, creando un nuevo ser, no regido por la lotería genética, sino en manos de un grupo de científicos que erradicarían los “males de fondo” inherentes a la raza. Las investigaciones en este sentido han estado financiadas en gran medida por la fundación de Rockefeller. 

El ángel de la muerte

La solución más elemental para “purificar” al hombre era la muerte de aquellos grupos que se consideraron defectuosos o inferiores. Para la élite, además, hay un problema numérico, o sea que no dan las cuentas entre el volumen de crecimiento poblacional y la existencia del capitalismo, por lo cual, la burguesía propietaria tiene en sus manos la solución al conflicto de clases internacional: el atontamiento del sujeto y la muerte. Los vínculos de la Standart Oil con Hitler y los beneficios que obtuvo Rockefeller a partir de la gasolina creada a base de carbón en Alemania son solo detalles, la punta del iceberg que oculta el financiamiento de las investigaciones con humanos vivos que realizara en los campos de concentración el doctor Joseph Menguele, el conocido Ángel de la Muerte. Ya en 1932, los británicos, pioneros en estas técnicas de dominio, designaron a Rockefeller como presidente de la Asociación Internacional de Eugenesia, con el fin de impulsar mediante su fortuna, experimentos como los hechos en Alemania. Durante toda la guerra, el servicio de espionaje inglés MI6 informó al Primer Ministro Winston Churchill acerca de la existencia de los campos de exterminio, pero el político silenció el asunto, impidiendo que este saltara a los titulares de prensa. 

El director de la Standart Oil para Alemania declaró cínicamente, ya concluida la guerra, que su compañía pagaba los salarios de los vigilantes de   Auschwitz. El lavado de imagen hizo que los experimentos tomaran un cariz oculto y de filantropía, prohibiéndose en los juicios de Núremberg mencionar los estrechos lazos entre el Imperio y las acciones llevadas adelante por Hitler. Si se analiza el resultado de la guerra, con sus millones de muertos, la élite logró gran parte de su plan, basado en la reducción poblacional. 

El Club de Roma y  la salud reproductiva. 

En los predios de las propiedades de Rockefeller en Italia se fundó esta instancia internacional, que ha influido en la creación de las metas de la Conferencia del Cairo, la base de la doctrina de la reducción del crecimiento. Para los miembros de esta élite, el problema no está en el capitalismo, sino en el hombre y quieren crear un número mágico y estable de habitantes en el planeta. A partir de estas líneas la fusión de la fundación de Rockefeller con la Nueva Izquierda se hizo más fuerte, sobre todo en el tema de la liberación de la mujer, que colocó el aborto en la centralidad por encima de otros conflictos en el seno de Occidente. La fundación creó las primeras cátedras de estudios de género, apropiándose de las causas emancipadoras, para darles un matiz afín a las metas del nuevo orden mundial: las del número mágico. 
Una entrevista al actor Aarón Russo visible en Youtube, da cuenta de cómo su amigo personal David Rockefeller Jr. le hablaba del patrocinio del movimiento de liberación de la mujer, como una ingeniería no en función de causas emancipatorias, sino de reducir la capacidad del género humano de crecer, a la par que cobrar mayor cantidad de impuestos sobre el trabajo a la mano de obra femenina que debía incorporarse. Desde la legalización de la llamada salud reproductiva en muchos países, no solo ha habido un sostenido decrecimiento poblacional en tales regiones, sino que se avanza en otras agendas del control social como la deuda y la industria de la cultura. 

El proyecto MK Ultra dirigido al dominio sobre la juventud y los movimientos sociales, da hoy sus frutos cuando se ve la organicidad de algunas causas progresistas con el sistema y el Estado Profundo. Este imperio realiza planes a largo plazo, hundiendo a la izquierda y captando a líderes sociales, antes de que se tornen peligrosos. El camino hacia una total eugenesia, hacia el “hombre nuevo” del capital, el ser sumiso, está más abierto que nunca y deberá ser una meta lograda para bien pronto, pues el capitalismo precisa salvarse hallando la fórmula para un número mágico. 

Coleccionista de huesos

El clan Rockefeller, sombra oculta detrás del Imperio del Estado Profundo, funciona como un repositorio de políticas anti humanistas, metamorfoseadas en amor al prójimo. Tales son las metas del Foro Económico de Davos de crear un capitalismo de partes interesadas, a partir del 5G y de la supuesta eliminación de la lucha de clases en un mundo donde, producto de la eugenesia, todos se beneficien del pastel. 

La falacia está en que el pensamiento de la élite no solo viola el elemental derecho a la vida, sino que no cuenta con la Humanidad para ir adelante con estos planes. El chantaje mediante la deuda externa, el manejo de los partidos políticos y movimientos a partir de fundaciones pantalla de la CIA, son mecanismos que han acrecentado la dependencia de las personas hacia el sistema financiero. Al paso que va, Rockefeller será un coleccionista de huesos de los cadáveres de los cientos de miles de millones que para él simplemente “sobran”. Muchas películas y novelas fantasean con la existencia de un Estado mundial futuro, pero lo que no sospecha el público es que ese orden ya existe y que, incluso, si se hacen estos productos de la industria cultura, es porque la élite necesita ir imponiendo esa idea de la política y realiza sondeos de opinión a través del consumo. 

El enemigo ya está aquí, entre nosotros, se llama Rockefeller, pero tiene muchos otros nombres, los de los integrantes de una élite coleccionista de huesos. 
 

Comentarios

EXCELENTE ARTÍCULO. NUNCA HABÍA LEIDO ALGO TAN CONCRETO E ÚTIL SOBRE ESTE TEMA. CONFIRMA COMO SE MUEVEN LOS HILOS DEL VERDADERO PODER EN EL MUNDO. Y CASI NADA OCURRE TAN CASUAL, COMO QUIEREN HACERNOS VER. CREO DEBE DIVULGARSE MUCHO MAS SOBRE ESTE TEMA. EL FUTURO DE LA HUMANIDAD DEPENDE DE ELLO, SIN DUDAS. Y EL HOMBRE NUEVO, CON VALORES HUMANOS Y SOLIDARIOS, URGE Y NECESITA CREARSE. FELICIDADES JUAN CARLOS
No puedo creer que esté leyendo esto en este medio. Es cierto lo de las famosas organizaciones e incluso muchos de los planes de las élites. Pero hay cosas que están mal escritas o demasiado fantasiosas. Da la impresión, por ejemplo, que las luchas de las mujeres por sus derechos en realidad fue inventado por un oscuro ser que quiere reducir la población. Me pregunto si eso es lo que pasa en Cuba y tenemos ahora que hacerle caso a los fundamentalistas cristianos. En fin, el artículo acude al conspiracionismo para decirnos algo que todos sabemos. Los más ricos hacen un montón de cosas ocultas y dominan el mundo de muchas maneras. Incluyendo los servicios secretos de varios países. El que piense que algún ejército o servicios secretos del mundo está para salvar al pueblo y no a las élites y el status quo, siempre está equivocado en sus análisis.
alexander@ipk.sld.cu

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