Seis claves de la COVID-19 tras más 16 meses en Cuba

Seis claves de la COVID-19 tras más 16 meses en Cuba
Fecha de publicación: 
29 Julio 2021
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Durante más de 16 meses los profesionales de la
salud de Cuba han lidiado con el enorme reto que representa la pandemia de
la COVID-19, que puso a prueba las capacidades de los sistemas sanitarios
del mundo en materia de diagnóstico, tratamiento y seguimiento de los
pacientes.

Aún son muchas las interrogantes en torno al SARS-CoV-2 (coronavirus
causante de la enfermedad), a pesar de que la ciencia da pasos agigantados
en aras de conocerlo y poder controlar los constantes rebrotes.
Sobre algunas de las certezas que se tienen de este agente patógeno,
altamente transmisible, el doctor Narciso Argelio Jiménez Pérez,
especialista en Medicina Interna, Intensiva y Emergencia, e infectólogo del
Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), ofreció algunas
declaraciones.

COVID-19: más que un catarro

Luego de tantos meses, diagnosticar un paciente COVID-19 por sus
manifestaciones clínicas resulta complicado, porque el resto de las
enfermedades no han dejado de existir y en este contexto de pandemia hay
síntomas distinguibles, pero otros son muy comunes.

No obstante, si se piensa solo en manifestaciones respiratorias se dejarían
de diagnosticar muchos casos, porque hay personas que solo manifiestan
mareos y diarrea antes de la fiebre, mientras que otros pueden tener
escalofríos, dolor de garganta o lesiones en la piel. Estas últimas
aparecen en momentos diferentes de la evolución de la enfermedad partir de
varios patrones.

Una investigación realizada en el IPK -para medir el impacto del
coronavirus en egresados de la institución- evidenció que un 47 por ciento
de los pacientes tuvo un patrón maculopapular (conocido como rash y
parecido al del dengue) que puede aparecer hasta tres semanas después de la
infección.

Existe otro patrón que surge de manera más temprana y simula la varicela,
aunque se diferencia en que todas las lesiones son del mismo tamaño.
También están los habones urticarianos (como si estuvieran intoxicados) y
lesiones violáceas en la piel ovasculitis, las cuales pueden resultar
indistinguibles debido a las múltiples causas de la inflamación de los
vasos pequeños.

El SARS-CoV-2 es un virus sistémico

Está demostrado que el SARS-CoV-2 está presente en muchos órganos. Las
manifestaciones respiratorias son más comunes al ser el aparato
respiratorio la puerta de entrada al organismo, aunque existen receptores en
todos los sistemas de órganos por los cuales entra a la célula y se une a
ella.

A pesar de que más del 80 por ciento de los infectados eliminan el virus de
su organismo, muchos llegan a la convalecencia manteniendo síntomas de la
enfermedad y secuelas tanto neurológicas, pulmonares, cardiovasculares,
renales y psicológicas que pueden extenderse durante seis meses o por más
de un año.

Los convalecientes no son inmunes
Existen evidencias científicas de que las personas recuperadas pueden
reinfectarse, riesgo que aumenta con la aparición de nuevas variantes
genéticas.

A partir del seguimiento a los convalecientes se ha evidenciado que muchos
no desarrollan anticuerpos frente al virus, sin embargo tienen respuesta de
memoria de linfocitos B y T, que de ponerse en contacto con él se reactiva
la respuesta de anticuerpos.

El SARS-COV-2 ha cambiado

En el país hay un empeoramiento en cuanto a la incidencia de la enfermedad,
lo que hace que aumenten los casos graves, críticos y los fallecidos.
Influye en este incremento la presencia de las variantes Beta y Delta, que
son más transmisibles y provocan cuadros más graves de la enfermedad, lo
que pudiera explicar los fallecimientos de personas jóvenes y sin
comorbilidades.

Las mutaciones son modificaciones que realiza el virus para mejorar su
eficacia al adherirse al receptor e infectar a un mayor número de células,
por lo que las personas tienen más carga viral y eso incrementa la
probabilidad de una evolución menos favorable.

Aunque la variante puede ser muy virulenta, si se cumple con el uso correcto
de la mascarilla sanitaria y las medidas higiénicas y de distanciamiento,
es más difícil que se propague porque existen barreras de contención.
Por lo general, las personas ven en el otro la responsabilidad del cuidado y
eso es algo que nos corresponde a todos.

La evolución de los pacientes también se ha modificado
La COVID-19 es una enfermedad viral que funciona por fases, es decir, tiene
una primera semana que se conoce como de replicación viral o infección
temprana y luego viene otra semana en la que aparecen la neumonía, las
complicaciones y la gravedad.

Teníamos marcado que alrededor de los ocho días las personas infectadas
que iban a presentar una peor evolución comenzaban con disnea, saturación
de oxígeno, además de los síntomas habituales.

Para los 10 días se trasladaban a terapia intensiva con una respuesta
inflamatoria exacerbada y a las 48 horas empezaban con ventilación
mecánica. Sin embargo, ese orden cronológico se ha modificado.

Hemos tenido pacientes que al día 13 o 14 -cuando se supone que el
organismo realizó la seroconversión al desarrollar anticuerpos contra el
virus– transitan hacia formas graves de manera tardía, por lo que no
tienen un comportamiento igual y el virus se replicó más en ellos, de ahí
que su evolución sea menos favorable.

La detección temprana y el estado clínico de los pacientes marcan la
diferencia. Nosotros no tratamos un PCR (Reacción en la Cadena de la Polimerasa), sino
a una persona, esa es la prueba confirmatoria por excelencia y forma parte
de los exámenes complementarios, pero lo fundamental es el pensamiento
médico y las evidencias clínicas y epidemiológicas de COVID-19, más
cuando se trata de contactos de casos confirmados.

Es determinante acudir a las instituciones de salud ante cualquier síntoma,
y es que en el desarrollo de una enfermedad infecciosa influyen muchos
factores: el agente, el estado de la persona, sus comorbilidades y las
circunstancias ambientales y socioeconómicas que ubican a los pacientes en
una posición de ventaja o desventaja.

Asimismo, estas condicionantes repercuten en la posibilidad de una recaída,
 al evidenciarse mejoría y luego volver al punto inicial –proceso que
ocurre con otras enfermedades como el paludismo–, también puede ocurrir
una recrudescencia al mantenerse en un punto medio y después empeorar,
además de la mencionada reinfección con el SARS-CoV-2.

Esta reinfección puede ocurrir como mínimo a los tres meses de padecerlo y
no es el caso de los PCR persistentes.

Una persona puede tener un primer PCR evolutivo negativo, luego realizarse
otro y encontrarse positivo y resulta normal, pues esas pruebas detectan
ácidos nucleicos del virus y la media de negativización es 21 días.
Para considerarse un PCR como persistente debe mantenerse por periodo
superior a ese tiempo.

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