Remembranza de Pineda

Remembranza de Pineda
Fecha de publicación: 
12 Enero 2021
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Lo recuerdo en su apartamento del Vedado conversando con mi madre sobre una escena de La Bella del Alhambra: que si Rachel no debía comer un platanito, sino una naranja; que si se tuvo que poner él mismo a cantar en uno de los números musicales…

Apasionado y a la vez sereno, con ese equilibrio único entre ambas posturas que distinguió la vida de Enrique Pineda, un humano que logró ser feliz, a pesar de sus angustias.

Al menos, me gusta creerlo porque así lo recuerdo, compartiendo con mami entre risas sus recuerdos en la publicidad de una jabonera, ¿Camay?, donde ambos trabajaban; confesándome entre risas que ella había sido la «culpable» de que se enrolara en cuestiones de la Revolución y hasta de que llegaran a nombrarlo jefe de un central azucarero, él que nunca había visto una tolva.

Enrique y sus ojos verdes, Enrique y la ternura, y su complicidad eterna con Esperancita, la mamá para siempre; Enrique y su agudo sentido del ridículo, del humor; Enrique y su buen gusto, su alegría; Enrique y su hondísimo sentido de la belleza, de la justicia, de la decencia, de lo humano.

De seguro sonreiría burlón y a la vez discreto al leer estas líneas; él, que tantos premios atesoró —incluyendo el Goya y también el Premio Nacional de Cine— y era la sencillez misma.

Después de que escribiera las palabras para el catálogo de mi última exposición, de que me honrara ubicando en una de sus paredes, entre pinturas de muchos grandes, una de mis pequeñas tintas, quedé debiéndole una visita. Ya nos veremos.

 

Leer también Una entrevista a Enrique Pineda Barnet

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