Las buenas caras de un mal tiempo

Las buenas caras de un mal tiempo
Fecha de publicación: 
28 Abril 2020
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Foto: Cubahora

No creo que ciertos aprendizajes y lecciones debamos agradecerlos a una pandemia como la que estamos viviendo.

 A esta pesadilla, de las mayores tragedias vividas por la humanidad en los últimos siglos, no hay nada que agradecer, sí a la creatividad y a la resiliencia que distingue a los cubanos.

Es una palabra que últimamente ocupa asiento en primera fila y significa la capacidad para adaptarse  y superar la adversidad. Cuando el viento es fuerte, el bambú se dobla, se flexiona, y no se quiebra.

Desde que el mundo es mundo, en tiempos de crisis, los humanos tensamos resortes que han permanecido en segundo plano, agazapados, y que nos ayudan a sobrevivir, a sobrellevar lo difícil, protegiendo lo mejor que se puede el cuerpo y el alma.

Eso estamos haciendo ahora.

El aislamiento ha obligado a muchos a ponerse las pilas en cuanto a las nuevas tecnologías, y quien decía yo no sé, no puedo, o simplemente, prefiero a la antigua, ahora ha llamado al nieto, al hijo o al vecino para que le enseñe a usar Transfermóvil para enviarle un dinerito a la hermana o para que le diga cómo es eso de comprar en línea.
 

Las reuniones en su sentido tradicional se han reducido drásticamente con el consiguiente ahorro de tiempo, electricidad, transporte, etc., y el país sigue funcionando. Pero se mueve, diría un feliz Galileo.
La propia presidencia del país está dando una lección de ejecutividad y dinamismo con las teleconferencias.

Pocas veces como ahora el vínculo de la población con los distintos estamentos de dirección ha sido más directo y expedito. Los portales y sitios web de ministerios así como de otras entidades estatales y  gubernamentales informan, reciben comentarios y dan respuestas.

Ahora que estamos sin salir de casa es, paradójicamente, cuando más activa se percibe la participación ciudadana.

Las redes sociales en particular se han vuelto espacio para denuncias y aplausos, alertando y criticando lo mal hecho para que se haga mejor.

A la vez, también estas redes y otros espacios digitales son el medio para difundir experiencias  creativas: desde el emprendedor que ha decidido montar en su casa un taller para fabricar caretas protectoras para los médicos, la señora que ha puesto su máquina de coser en función de coser nasobucos, hasta el dueño del restaurante que elabora y lleva el almuerzo, totalmente gratis, a los viejitos del barrio.
 

Los medios de prensa andan con la inmediatez como divisa, también aplaudiendo y denunciando a la par de la población, sin sensacionalismos ni oscuridades, desde la sensibilidad humana y consecuentes con la gran responsabilidad de mantener actualizados a los cubanos sobre un tema en que nos va la vida.

En especial, se han recolocado los periódicos, emisoras y televisoras provinciales y municipales, en una sabia alianza con los consejos de defensa de sus territorios. Quien antes apenas leía el periódico de su provincia, ahora va corriendo a consultar la versión en línea porque es por donde primero se entera de cómo van las cosas en su localidad, de las últimas medidas que a ellos conciernen.

Como la indicación es quedarse en casa, no salir ni a buscar el periódico al quiosco, esta etapa ratifica una vez más el trascendente papel de la prensa digital. Y junto a ella, la televisión y la radio.

Deben ser pocos los cubanos que a las 11 de cada mañana no se sientan a ver o a escuchar el parte del doctor Durán, y pocos quienes no atienden a los noticieros o las mesas redondas.

Innovar también entre cazuelas y tornillos

Por supuesto que las buenas caras de este mal tiempo no se asocian solo al mundo digital o a lo informativo.

En cada vivienda inventiva y creatividad se han anotado  como nuevos inquilinos.

Como ahora no se debe salir puertas afuera, si se traba el ventilador o la ventana se traba al abrirla, quienes nunca lo habían intentado, ahora se ponen a la tarea destornillador en mano.

Las cubanas en particular, una vez más merecemos el sello de innovadoras también en asuntos domésticos: lo mismo aprendimos a preparar yogurt con leche en polvo que a hacer encurtidos, y todo el tiempo ahorrando, desde el pedacito de malanga hasta la astillita de jabón. Eso, por no decir de la “lavadera”: cada vez que alguien de la casa tiene por una necesidad extrema que salir, al regreso hay que ponerse a lavarlo todo, nasobuco incluido, a limpiar con las suelas de los zapatos, las carteras y hasta los espejuelos.

 

Lo mismo somos maestras –en las casas donde hay niños en edad escolar-, que químicas, que dietistas, y siempre teniendo a mano los eternos remedios de la abuela para un dolor de barriga, una cortadita o un chichón.

Claro que lo descrito hasta aquí no es privativo de uno u otro género. Los roles, de hecho, no pocas veces se intercambian, y hay hogares donde Él hace de maestro y Ella se ocupa del interruptor que no funciona. El asunto es juntar hombros por la familia.

Los de esta Isla siempre hemos sido solidarios, desprendidos, amorosos, y en esta etapa esas virtudes se ven multiplicadas.

No damos besos, pero le pasamos al vecino de al lado la tacita de café; no abrazamos, pero llamamos por teléfono; y si uno va a buscar el pan, le pregunta al del piso de arriba si quiere que le compre.

Hay quienes se han responsabilizado con el viejito que vive solo al lado de su casa, y sin que nadie le indique o se lo dé como tarea, cada día le alcanza su plato de comida, su dulcesito si lo hay, rodeándolo de ese cariño que en estos días conforta tanto como el alimento.

Asediados por la amenaza del nuevo coronavirus, los de este país seguimos haciendo Cuba, tendiendo mano a quien lo necesite, aplaudiendo a quienes nos salvan y cuidan,  y sumando buenas caras a este mal tiempo.
 

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