El Mejunje de Silverio: un remanso de fe e inclusión social
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Fotos: Arelys María Echevarría
Fue Ramón Silverio, un hombre que no envejece, quien dio luz a un proyecto que en su momento causó rubor, escándalo y rechazo en no pocas personas; razón había, pues todo proyecto revolucionario encuentra detractores, oposición, trabas y cierres.
El Mejunje tuvo muchas sedes antes de su actual vivienda. De casi todas tuvieron que salir, era difícil aceptar personas diferentes en un entorno patriarcal y muy conservador; Silverio y unos pocos trataron a toda costa de salvar un lugar que fuera refugio de los marginados, pero que también fuera la casa de todos y para el bien de todos.
Y allí entre paredes de ladrillos desnudos cubiertas por hiedras que parecen guardar secretos de décadas, se erige este templo a la pluralidad.

Ramón Silverio
Más que un centro cultural, es un ecosistema de libertad, fundado en los años 80 del siglo XX por Silverio en el Teatro Guiñol. Luego de un peregrinar de locales, se asentaron finalmente en las ruinas de una antigua casa en la calle Marta Abreu. Allí nació como un refugio para los rechazados y aquellos que no encontraban lugar en las normas rígidas de la época.
---Silverio, usted suele decir que El Mejunje no es solo unproyecto cultural, sino una obra de fe: ¿cómo se sostiene esa fe cuando la realidad se pone difícil?
Es que para vivir hay que tener fe, si no, prácticamente no existimos. A veces la gente comete el error de vincular la fe exclusivamente con lo religioso, pero la fe que sostiene a este proyecto resulta la fe en la gente, en el mejoramiento humano, en el hombre y en los cambios que están por venir. Siempre esperamos algo, y si lo esperamos realmente con fe, es más fácil que llegue.
Aunque mi idea era modesta, no pretendía ser tan original, sino hacer algo también dentro de esas tendencias novedosas. Ese sábado nos reunimos en la sala del Teatro Guiñol, de Santa Clara. Margarita Casallas era la directora general del grupo y fue la primera colaboradora, acogió la idea como propia.
Pero todo se hacía con la tenaz oposición de la directora del Sectorial Provincial de Cultura de entonces, que empeñó todos sus esfuerzos por acabar con la iniciativa. La funcionaria argumentaba que aquello era un relajo y que el Teatro Guiñol no era para eso.
Un lugar que está muy cerca de los escachados, como diría la trovadora mayor, Teresita Fernández. Esa es nuestra fe: incluirlos, respetarlos como personas y hacer que se sientan bien.
Lograr que alguien que ha sido desplazado se sienta un ser humano pleno es, quizás, el acto de fe más grande que podemos realizar cada día.
Se convirtió en un referente por ser el primer espacio que acogió abiertamente el travestismo y ofreció libertad plena a la comunidad homosexual, defendiéndola de la discriminación.
Desde su origen, su principio ha sido la inclusión sin guetos, promoviendo la convivencia respetuosa entre todas las diferencias. También abrió sus puertas a personas con VIH/SIDA, brindándoles apoyo y dignidad en los años iniciales de la enfermedad.
Constituyó un punto de encuentro para hippies y roqueros, quienes encontraron allí un espacio libre de prejuicios. Desde su arrancada, el lugar se caracterizó por acoger a todas las tribus urbanas y expresiones culturales, sin distinciones ni guetos, promoviendo la convivencia respetuosa entre diferencias.
Sencillamente un escándalo que trascendió a su época.
---Ha sobrevivido a crisis económicas, prejuicios sociales y al paso inexorable del tiempo. ¿Cuál es el secreto para resistir tantos años sin perder la esencia?
La resistencia y la persistencia, yo creo que las batallas duran hasta que tú decidas dejarlas; si te rindes en el primer combate, no vas a ganar nunca.
El Mejunje ha resistido porque ha sabido renovarse, por aquí han pasado ya cuatro generaciones o más, y uno debe ir siempre pensando en la generación que tiene delante.
Yo no envejezco, yo voy siempre con mi tiempo, hay gente que se queja de la edad, pero la juventud está en el pensamiento, no en el físico.
Tengo 77 años y me siento como un joven porque pienso como tal; vivo al nivel de los muchachos que vienen aquí. Además, me considero un privilegiado: soy un sobreviviente de toda esta etapa revolucionaria posterior a 1959. Vi una revolución triunfante, algo que ya mucha gente no verá.
Mi batalla es estar siempre en el tiempo que me toca y en la lucha que me toca.
---La música ha sido la banda sonora de esa batalla. Canciones de la Nueva Trova parecen haber cobrado un nuevo significado dentro de estas paredes, ¿por qué temas como No lo van a impedir son tan simbólicos para ustedes?
Son melodías de resistencia. Cuando comenzó todo el movimiento LGTBI, las personas trans, el movimiento lésbico... esa canción de Amaury Pérez se convirtió en un himno de batalla, te da la fuerza, te da el espíritu para seguir; lo mismo pasa con Ojalá o La maza de Silvio Rodríguez.

El arte posee esa magia: uno lo interpreta y lo hace suyo según su propia lucha; por ejemplo, en El Mejunje, hablamos de las mujeres genéticas o las mujeres bomberos, esas que son fuertes y decididas, esa música forma parte del entramado espiritual de este sitio.
Yo tomo esas canciones para proyectar lo que somos, como dice la canción de Silvio La silla: “en el camino se te presentan muchas sillas para descansar, pero si tienes fe y convicción, no te sientas”.
Tú sigues echando hacia adelante, ese es el espíritu de El Mejunje: una batalla que no se detiene, cantada con la dignidad de quien sab eque está en el lado correcto del corazón.
---¿Quién fue esencial para que este proyecto pudiera mantenerse vivo, más allá de la ayuda de tantas personas?
Mucha gente ayudó a que el proyecto viviera; son muchos y sería ingrato si mencionara a unos y olvidara a otros, pero hay una persona que ya no está y que fue de las imprescindibles: esa es María, la portera, la artista, la amiga, mi hermana. De los que hicieron daño, no me acuerdo; es mejor olvidar y perdonar, al final nosotros estamos aquí.
Hoy es un monumento vivo a la inclusión, donde conviven la trova, el rock, el transformismo, los ancianos y los niños; es, en esencia, la materialización de una voluntad inquebrantable de un país donde la pluralidad cuenta.
El Mejunje sigue aquí, no como una reliquia del pasado, sino como una obra de fe en constante movimiento, recordándonos que mientras haya resistencia, no habrá quien impida la esperanza.
Silverio se despide con la mirada puesta en el patio de su centro cultural, donde ya empiezan a llegar los jóvenes de hoy. En sus palabras no hay nostalgia, sino vigencia.
Conversamos con Silverio sobre la mística de este lugar que, tras más de cuatro décadas, sigue siendo el más atrevido de la ciudad, pero también patrimonio espiritual de una urbe y un país.












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