Una trampa muy común
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Imagen tomada de https://www.abc.es
Muchos en ese camino de búsqueda de la estabilidad, de una vida sin sobresaltos sino sosegada, caen en una trampa silenciosa, pero poderosa porque es predecible: la seguridad que se cree absoluta y talismán.
A menudo son elegidos caminos conocidos no porque sean la mejor propuesta, porque enriquezcan la existencia o su aporte sea en realidad generoso, sino que se escogen por comodidad. Por eso tantas veces son repetidas rutinas, evitados riesgos, y, poco a poco, se construye una forma de vida enmarcada como si fuera la única opción, un destino. En no pocas oportunidades esos márgenes son la cárcel voluntaria.
Cantidad de personas confiesan que se aferran a una postura por conveniencia y miedo de más: no cambian de trabajo ni emprenden proyectos personales con los que sueñan ni dejan al padre de sus hijos aunque ya sepan que no existe el lazo inicial, o no se independizan de la casa familiar, y tantos ejemplos… porque les aterroriza perder la sensación de control y creen que dentro de ese esquema estarán protegidos del fracaso o del dolor.
Es una trampa peligrosa, y como dicen, de los cobardes no se ha escrito nada. No obstante, es demasiado común y también triste, hacer el resumen de la vida y concluir que gran parte de la existencia fue vacía, cómoda y predecible, y al mismo tiempo sin emoción o con culpa sabiendo que por la duda se dejó pasar una oportunidad que quizás pudo ofrecer un giro drástico en el buen sentido de la palabra. ¿No es muy alto el precio?
Puede ocurrir que con los años esa vida “segura” se convierte en un escenario gris. Tal vez no por la falta de actividad o responsabilidad, sino por la ausencia de aquello que aporta significado profundo y que mueve y grita “estoy vivo”, o por la carencia de desafíos y esa chispa que aparece con los deseos de más. No debería valer la pena quedarse quieto solo para estar seguros, es un comportamiento no solo muy conformista sino masoquista, y lamentablemente, abunda. Pero ese extremo se paga con arrepentimiento y la misma pregunta una y otra vez ¿y si lo hubiera intentado?
Claro que hacerla en el ocaso de la vida no tiene manera de obtener respuesta, y la única posibilidad de saberlo, a tiempo, es intentando lo que en realidad se desea. Saltar, dar el paso, ver si estuvo bien, si no, empezar de nuevo.
Una idea contraproducente es que atreverse sea lanzarse al vacío. No se refiere a esos casos, sino cuando se sabe, se necesita cambiar pero se frena por la interrogante ¿y si sale mal? La zona de confort atrapa, es un imán potente y hace que sea ignorada esa voz interior, ese impulso que pide crecimiento y búsqueda.
Ya sabemos que la vida asusta, pero el verdadero riesgo pudiera ser no intentar por no fallar porque, mínimo, siempre dejará aprendizaje. Inseguridad debería dar quedarse inmóvil, despertar 20 años después con la impresión de haber vivido en piloto automático, inmerso en una vida de procrastinación extrema. Deberíamos aprender que no es posible eliminar toda la incertidumbre y que es normal quedar momentáneamente paralizado. Ojala la alternativa fuera tener la valentía de tomar decisiones alineadas con sueños y valores, abrazar la posibilidad de lo inesperado. Habría más personas felices.
Si bien una opción puede ser negativa, la otra parte es todo lo contrario. ¿Por qué tiene que salir mal? La vida más segura no es evitar tormentas, sino encontrar el modo de sortearlas.












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