DE CUBA, SU GENTE: Las islas de las almas perdidas

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DE CUBA, SU GENTE: Las islas de las almas perdidas
Fecha de publicación: 
17 Agosto 2016
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Me confesó que la movió el deseo de venganza, al cual no pudo resistirse. (Ni siquiera trató).

Todo empezó cuando le instaló al móvil nuevo del novio, Androide 6.0, una aplicación para grabar sus conversaciones. Me contó que esperó para revisarla unos días… y que no estaba segura de que la aplicación funcionara.

Pero funcionó. Escuchó cómo el novio quedaba con una muchacha para verse en un alquiler de cinco CUC por tres horas. Cuando lo confrontó, él le dijo que esa voz no era de él y que no tenía nada que ver con eso. Ella tuvo, me contó, que patalear muchísimo para que él reconociera que sí, que se disponía a serle infiel.

Ahí ella le dijo vete de mi casa. Y él, no, mi amor, por favor, que no me quiero ir. Y ella, que sí, que te vas y no quiero verte más nunca. Y él, que no, que jamás me iré porque te amo.

Y así… hasta que pasaron tres meses y la relación volvió a su calma aparente. Ella atendiendo pacientes en su clínica, más que nada personas, me cuenta, que toman barbitúricos para lidiar con las dificultades de la vida. Y él a modelar —ah, es que olvidaba comentar que el muchacho es modelo— en La Mesón, los fines de semana.

Dice mi vecina que casi volvió a creer en su sinceridad cuando él le preguntó, con el ceño fruncido:

—¿Tú crees que alguien puede alcanzar la felicidad con un adulterio vacío?

Pero ella volvió a colocar la aplicación que graba las conversaciones en el móvil de él… esta vez, junto con una aplicación que oculta las aplicaciones. (Mi vecina parece tener más una maestría en móviles que en psicología).

Pasó el tiempo. Ella intentó olvidarse del asunto… hasta que un día, de puro aburrimiento, me dijo, revisó el móvil de él. Escuchó cómo le hablaba a una muchacha sobre lo rápido que se les había pasado el tiempo en cierto alquiler de cinco CUC por tres horas.

Cuando ella escuchó la grabación, él estaba en el baño… Presa de ira, de rabia nauseabunda, corrió a la cocina por un arma y le cayó a patadas a la puerta del baño, que cedió al momento y dejó al novio al descubierto en una posición muy íntima: calzoncillos abajo, sentado en la taza… Apenas tuvo tiempo para desviar el cuchillo, que terminó encajado en su nalga derecha.  

Para cuando me llamaron, todavía tenía el novio la punta del cuchillo enganchada, perpendicular, en la nalga. Los dos gritaban como obsesos, pero no atinaban a reaccionar. Inspeccioné la nalga. Por suerte, el muchacho es modelo y tiene unos glúteos de hierro, que apenas dejaron entrar el pinchazo. Gracias a eso, en el hospital no demoraron mucho en curarlo. Fue más el susto y la gritería que el daño.

En el camino de regreso del hospital, mi vecina comentó par de frases lapidarias:

—Un pene duro no tiene conciencia —y luego, otra—. El matrimonio significa la muerte de la esperanza.

Su novio, ignorando mi presencia, le prometió que la amaba, que su infidelidad había sido cosa de una sola vez, y que no se repetiría. Ya casi llegando al barrio, preguntó si podíamos hacer una paradita en la tienda de la esquina, porque quería ver si había crema de cacao.

—¿Para qué? —preguntó ella—, con la crema de cacao que tienes en la cabeza es suficiente.

Los ayudé a subir las escaleras de la casa y me pidieron que me quedara un rato a compartir con ellos.

—Quédate —dijo mi vecina—, en Multivisión van a poner una película de esas con nombres largos y poéticos, como las que a ti te gustan.

—¿Cómo se llama? —pregunté.

—Las islas de las almas perdidas —me dijo.

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