El grabador de la última puerta

El grabador de la última puerta
Fecha de publicación: 
26 Octubre 2014
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Antonio Abreu Cuní no puede calcular la cantidad de lápidas grabadas por sus manos en el Cementerio de Colón. 

Lo cierto es que desde su inicio en esas lides, allá por los años 90, a muchos, muchísimos dolientes, ha traducido al mármol sus mensajes de recuerdo o despedida.

Bajo el sol fundente de este octubre me lo tropecé empuñando cincel, gradina y bujarda junto a un panteón, con la misma meticulosidad y empeño que si estuviera en una atmósfera refrigerada. Y con las gotas de sudor corriéndole por su frente de 59 años, no puso reparos en contar sobre su oficio.

«¿Que si me sobrecoge trabajar entre tumbas? sonríe. Mire, más le temo a los vivos que a los muertos».

Aprendió en el taller de mármol de la Emprova, donde alcanzó la categoría de marmolero artístico A. Su estreno fue en la primera restauración al monumento a José Martí, en la Plaza.

 

foto 2 epitafios

Como desde mucho antes trabajaba la madera, que aún no abandona del todo, le resultó relativamente fácil ejercitarse en el dominio de otro material, domesticar sus durezas y secretos. Lo combinó primero con su responsabilidad al frente de la técnica canina que resguardaba la Necrópolis; luego, con el trabajo de custodio en la facultad de Medicina, donde se mantiene hasta el presente, combinándolo con su labor de marmolero.

Sin dejar de grabar en la lápida, explica que los epitafios los traen por escrito los familiares, él únicamente los traslada a la piedra. Algunos son cortos, pero otros muy largos, poemas y hasta páginas enteras. De todos los que ha grabado y como promedio talla una lápida cada dos días no olvida el que dedicaron los padres a su niña: Si recordar es vivir, vivirás eternamente entre nosotros.

 

Confiesa que en sus afanes entre mármoles, le motivó de manera especial una inscripción que encontrara en el campo noroeste del cementerio de Colón: Nadie sabe de qué puerta el mármol es la llave.

 

«Cuánta verdad dice ese texto. Yo no le tengo miedo a la muerte, la veo como algo tan natural, que si la gente se adaptara…»

Amante de la poesía y la música, Cuní, como todos le llaman, declara orgulloso ser familia del afamado músico Miguelito Cuní, del cual era primo-hermano su padre.

Al preguntarle si no teme quedarse sin trabajo porque cada vez aumenta el número de cremaciones, detiene el rítmico golpeteo del cincel de uña para responder convencido: «Es así, pero esta fábrica nunca para, mi’ja», y con un gesto del brazo trata de abarcar la necrópolis toda.

 

epitafios

 

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