Amor e interés
especiales

El amor es cada vez más precario. Según el experimento social anónimo y empírico que llevo a cabo con mucha observación y también con entrevistas informales, gran cantidad de relaciones son establecidas sobre la base del interés y el machismo, incluso, adoptado por mujeres que solo quieren ser mantenidas y ven al hombre como proveedor, y por tanto buscan, antes que el afecto, que las sostengan. Pero este es un círculo vicioso que deja trazas como la sumisión y el poder desproporcionado en la toma de decisiones, además de otros escenarios peliagudos de los cuales no pocas veces es difícil salir.
Estamos avanzados en el siglo XXI y este no es un tema de ahora sino de todos los tiempos. Antaño las alianzas matrimoniales se formaban por muchos motivos, incluido el beneficio económico o de status de cualquier tipo. Y esto era así tanto para familias pudientes, la monarquía, por ejemplo, que no quería perder riqueza sino sumar y asumía el casamiento como vía segura para perpetuar estirpe, apellido, fortuna, era visto como un negocio; pero también para la plebe una unión con ventaja ofrecía garantías de vida. Es un complejo y controvertido fenómeno que toca fibras sensibles que pareciera ideal mantener separadas, pero muchas veces es imposible poner distancia entre el sentimiento y la realidad material.
¿Es posible el amor en la cruda pobreza? ¿Y entre personas de diferente posición? Una perspectiva idealista sostiene que el amor puro, verdadero, es desinteresado, incondicional y trascendente con una fórmula que excluye el dinero porque la autenticidad del sentimiento se basa en la conexión emocional y es el interés económico un factor de corrupción que cambia todo el sentido hasta hacerlo una transacción. El asunto es que, entonces, existen muchos tipos de relaciones, unas basadas en amor, otras en utilidades. Así de diversa es la vida. Hay de todo.
En el otro extremo se encuentra el amor práctico. Con una visión materialista existe esa otra premisa de que no es posible sostenerlo en el vacío y necesita recursos tangibles para asegurar supervivencia y bienestar porque la estabilidad económica reduce el estrés y permite planificar el futuro. Por ahí tiene algún sentido. Pero, entonces, ¿será ingenuo afirmar que el desinterés es lo correcto? No se puede ser absoluto. Eso sí.
¿Qué tan cierta es la frase típica “el amor con hambre no dura”? Según esa hipótesis, ¿entonces en esos casos el amor es una falacia o es que hay niveles? ¿Es solo un concepto poético y en el “mundo real”, en la práctica, está lejos de ser ideal? Puede ser que sea romantizado, pero tampoco creo que sea tan crudo, tan simple como la jarana aquella del trato de primogénita por vaca si al final el resultado no es una relación tortura, de conformismo y tropezones, salvo que se tenga suerte de encontrar afecto a pesar de toda imposición.
Otro asunto es que tener resueltas cuestiones relacionadas con lo que nos ofrezca comodidad, seguridad y porvenir no significa codicia, sino subsistencia y previsión, y eso claro que no está mal. Tampoco está mal que cada pareja sea establecida de la manera que entienda si es de mutuo acuerdo y sin sobredimensionar ni engañar. Lo que me parece dudoso, calculador y aberrado es ese deseo premeditado de establecer alianzas con sujeto únicamente según el tamaño de su bolsillo o lo que sea que tenga que manifieste ventaja para la otra parte, sea palpable o abstracto.
Sin embargo, es común e inevitable, así como arraigado considerar como buen partido a la pareja que pueda proporcionar prosperidad o alguna prebenda, sea cual sea, y mucho más allá, en otro lugar —si acaso— se cuestiona antes el trato, los sentimientos, las intenciones y tantas variantes que se implican en una relación.
¿Será cuestión de educación, cultura, subdesarrollo? Como siempre, la respuesta es un mejunje y tiene que ver con todo eso, y con los valores, con lo que se considere como importante, con las necesidades propias. Me parece sumamente degradante, peligroso, cuando el interés económico domina y la relación se basa en un vínculo disfuncional y tóxico, insoportable, y al mismo tiempo la única alternativa que ven posible.
La verdad es que de ese modo, sin sentimientos, es la peor manera de vivir: cuando el amor se convierte en una simulación o está ausente por completo. No obstante, cada quien es libre de decidir, no estamos ya en época de bodas arregladas.
Sabemos que se trata de una trama complicada con muchísimas aristas, que siempre existirá el matrimonio por conveniencia, condicionado a cierto tipo de patrimonio; siempre entenderemos algunas uniones que creemos responden a la dependencia económica, al miedo a la inestabilidad financiera, en las que nos imaginamos el amor —si acaso— como rehén del sustento, evidentemente un sentimiento restringido porque si la ventaja se acaba, el “amor” también.
Y aunque si bien es cierto que toda relación necesita un mínimo de gestión económica porque el estrés puede mellar cualquier vínculo, también es verdad que basar la pareja solo en interés suele venir con una desconexión emocional marcada y no hay nada tan duro como compartir vida con una persona sin afecto ni deseo. Es un sacrificio que probablemente en muchas ocasiones no valdrá la pena.
La relación más sana, la que no supondrá una carga demasiado pesada, siempre será aquella que sea recíproca, es cierto, pero sobre todo en la que el amor sea el cimiento mientras la gestión económica solo sea un anexo, una herramienta a considerar como objetivo común para proteger y hacer crecer la unión, que permita construir un proyecto de vida en este mundo real abundante en desafíos y subversiones.












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