¿Por qué llorar por sus amigas?

¿Por qué llorar por sus amigas?
Fecha de publicación: 
9 Marzo 2018
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A muchas, y muchos, he interrogado sobre la película recién estrenada “¿Por qué lloran mis amigas?”, y prácticamente en todos los casos el saldo ha sido positivo.

El último de estos diálogos lo sostuve con una habanera que fuera directiva, décadas atrás, en la Editorial de la Mujer, y ella también me ratificaba cuánto le agradecía al largometraje por abrirle en estos tiempos al menos un espacio al tema femenino.

Sería interesante razonar hasta qué punto los abordados en la cinta son precisamente temas femeninos, no obstante tratarse de historias de cuatro mujeres. Además, ¿son las protagonistas en verdad representativas de las cubanas?, ¿viven, se alegran y sufren por motivos comunes o al menos semejantes a los de las mujeres que alentamos en esta Isla?

Está claro que ninguna obra de arte ha de ser un calco de la realidad, pero si la propia directora declara como su intención que la cinta “arroja luz sobre las problemáticas femeninas existentes en la sociedad cubana”, entonces sí habría que ver cómo conjuga lo cortés con lo valiente.

Los conflictos que aquejan a cada una de las cuatro mujeres de esta entrega coral pareciera resumirlos una de ellas (Gloria, interpretada por Luisa María Jiménez) del modo más sintetizado posible: “Irene, una invertida; Carmen, ladrona; y Yara, una loca idealista”. En igual tónica de síntesis a Gloria podrían endilgársele los cartelitos de intolerante e inflexible “in extremis”.

Pero si se mira bien, el haber robado y cumplido prisión no es asunto exclusivamente femenino, como tampoco lo son las conductas idealistas o intolerantes de las otras. La homosexualidad de la cuarta y su “salida del closet” sí se proyecta y aborda a partir de un enfoque de género. Ciertamente, en el resto de los casos también la condición de mujer marca cada una de las historias, pero, insisto, no son esas problemáticas específicamente femeninas.

De las cuatro, salvo una, todas residen en excelentes viviendas; todas son universitarias, ninguna es obrera o técnica, y, asombrosa, casi increíblemente, a ninguna se le ve “fajada” con esa doble jornada –laboral y doméstica- que es la que por sobre todas las cosas golpea hoy a la mujer cubana.

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Aun cuando la más reciente Encuesta Nacional sobre igualdad de género revela que el 81,4% de la población cubana identifica que se comete algún tipo de maltrato contra las cubanas, especialmente en el ámbito doméstico, en estas cuatro historias esas lamentables situaciones quedan descartadas.

Más bien se nos muestra un raro panorama hogareño donde el esposo –ni por asomo parecido a la media del hombre cubano- cocina, friega, lava, y le pregunta a su esposa si viene a almorzar con él porque se siente solo. “La película está al revés” escuché comentar a mis espaldas en el cine cuando Patricio Wood, en el personaje de Eduardo, esposo de Yara, pronunciaba tan increíble bocadillo, con ojos casi humedecidos y trapito de cocina en mano –le faltaba el delantal, pero ya sería demasiado.

Ello, mientras el otro esposo, Ramón, pareja de Irene, al escuchar por boca de su compañera la propuesta de terminar la relación porque ella ama a otra persona; él,del modo más paciente y civilizado del planeta la convoca, acariciándole tiernamente la mano, a pensárselo mejor, porque puede tratarse solo de una sublevación de las hormonas. No digo que no suceda así, ¿pero es esa la tendencia, son así los hombres cubanos?

Vale la interrogante porque la propia realizadora del filme había comentado durante conferencia de prensa en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC Fresa y Chocolate: “Esta no es una película solo para mujeres. Los hombres también tienen un papel fundamental en la lucha por la equidad de género. Funciona para todos los espectadores”.

Entonces, los señalados no parecen ser simples “detallitos”. Ese necesario enfoque de género, el cual, lo mismo para Ellas que para Ellos, queda desdibujado, borroso, y se sitúa en el centro de la diana lo que no son las principales problemáticas de las cubanas.

Resultan, sí, diversas las historias, las posturas ante la vida de los cuatro personajes, y en ese sentido sí se sugiere ese respeto a la diversidad que tanto se ha reiterado como virtud de este largometraje de 82 minutos.

Con guión y producción de Hannah Imbert Morell, y las actuaciones de Luisa María Jiménez, Edith Massola, Yazmín Gómez y Amarilys Núñez, la cinta, coproducida por RTV Comercial y el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), narra el encuentro, 23 años después, de cuatro amigas que hacen catárticos recuentos a sus vidas, abundantes lágrimas mediante.

Muy bien logrado el manejo de los tiempos, la alternancia de presente y pasado con la edición a cargo de Celia Suárez y la dirección de fotografía en manos de Roberto Otero. Sin dudas, es una estructura dramatúrgica poco novedosa, pero funciona bien para historias corales como estas. A pesar de discurrir prácticamente en una sola locación, por demás un espacio cerrado –la casa de Irene-, la película consigue buen ritmo, un tempo loable.

La propia Magda en declaraciones a la prensa había comentado “utilizamos los interiores para identificarnos con los problemas íntimos de los personajes”.

Otro tanto a favor se anota el desempeño actoral. Eso sí, en la medida en que el guión lo permite, y hay ciertamente parlamentos que no podrían quedarle bien a nadie, como aquel que textualmente indica: “la sexualidad es algo muy personal y no tiene que estarse enarbolando por ahí como bandera”. Más que nacida de una alumna de preuniversitario, parece copiada de una conferencia de la doctora Mariela Castro.

Y qué decir del intercambio entre Irene y el esposo cuando la primera le confiesa: “A ti te quise lo mejor que pude; pero amar, solo a ella”. ¡Alabaooo!

El personaje de Gloria –bien por los nombres de cada una, que en algunos casos las retratan, así como el vestuario y el maquillaje-, supuestamente el de más matices y que más margen deja para un desborde de talento, aun cuando Luisa María Jiménez, de vuelta, claramente se entrega y desdobla, por momentos frisa con lo caricaturesco por tanta exageración y extremo.

Sin embargo, la propia Jiménez justifica a su personaje, presentado además como profesora universitaria: “Es una mujer frustrada porque su esposo la ha abandonado. Es muy conservadora, religiosa, llena de ataduras familiares e impuestas por ella. En el mundo existen muchas personas así, que se resisten a cambiar su modo de pensar y actuar porque piensan que es el modelo que debe seguir toda la humanidad”.

En cuanto al guión, mucho de lo que acontece resulta predecible desde los primeros minutos de película. Basta el primer intercambio entre Irene –estudiante de preuniversitario- con la amiga, para saber que devendrá en relación lésbica. Lo mismo puede intuirse de la reacción de Yara al conocer que Carmen acaba de salir de prisión: era obvio que sería ella y no otra quien le tendería la mano buscándole trabajo, “como Juana de Arco”.

No siempre se percibe una conveniente progresión dramática; las agresiones y la violencia verbal se desencadenan demasiado rápidas y sin justificaciones sólidas. En igual cuerda es recibido el encuentro de las amigas luego de 23 años de separación, quizás faltó esa sentida sorpresa y curiosidad que abre las puertas a las expectativas del público.

Según González Grau, destacada particularmente en el ámbito televisivo, la cinta enarbola la tesis de que todos, aunque pensemos de manera diferente y tengamos diversas orientaciones sexuales, podemos lograr una comunión de intereses y ayudar a nuestro país. En realidad, no a pesar de ello, sino solo a partir de pensamientos y orientaciones diferentes es que puede construirse un país con todos y para todos.

Es verdad que no es una película llena de marginales, de ciudadelas, de seres en franco desmoronamiento como últimamente nos acosan las entregas cinematográficas desde y/o sobre Cuba, y eso habría que agradecérselo también: el no ser más de lo mismo.

Pero en los agradecimientos o créditos no se leía nada referido al Centro de Estudios de la Mujer o a otra institución cualquiera que les hubiese ayudado a avanzar de la mano de la ciencia por el camino que declaradamente se propusieron.

De haberlo hecho, quizás  podrían haberse escuchado más alto los aplausos, y tal vez hubieran hasta alcanzado la ovación, si en realidad las amigas lloraran por los más acuciantes problemas de las mujeres cubanas invitando a reflexionar a propósito.

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