Paradojas geopolíticas

Paradojas geopolíticas
Fecha de publicación: 
1 Febrero 2012
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Afortunadamente cuando los europeos llegaron a América y a lo largo de  los siguientes tres siglos cuando a escala del Nuevo Mundo se realizó una operación de saqueo de magnitudes incalculables, el petróleo no era conocido, carecía de valor comercial y estaba a buen recaudo en las entrañas de la tierra; de otra manera hubiera corrido la misma suerte que el oro de México, Perú y Centro América, la plata de Potosí, las maderas preciosas, las plantas y las plumas de los pájaros, incluso los pueblos originarios.  

 

Conocido desde tiempos inmemoriales cuando brotaba espontáneamente de la tierra o era artesanalmente extraído de los esquistos (aceite de piedra), el petróleo que se  utilizó como medicina, elemento ceremonial o para alimentar el fuego, a partir del siglo XIX se convirtió en sostén del progreso industrial, condición en la que debutó en 1859 en los Estados Unidos.

 

Para fortuna del pueblo y de los empresarios norteamericanos, al asociarse con el liberalismo económico, una innovación introducida en el Nuevo Mundo por los revolucionarios que fundaron los Estados Unidos, el petróleo permitió potenciar los enormes recursos naturales de América del Norte, poblada por masas de emigrantes europeos, caracterizados por cierta ilustración, dominio de oficios y capacidad de innovación; así como con  ambiciones y afanes de progreso ilimitados, aportando un dinamismo al desarrollo industrial norteamericano que hasta hoy se sostiene en los hidrocarburos, cosa que no ocurrió en ninguna otra parte.

 

La paradoja es casi increíble: el petróleo que enriqueció a los Estados Unidos y les permitió convertirse prácticamente en la civilización del acero, el automóvil, el nylon, los plásticos y los polímeros, no tuvo esos efectos en ninguna otra parte y en algunos lugares ha llegado a mencionarse como una maldición. El petróleo que enriqueció a los estadounidenses, empobreció a Venezuela, complicó a México y con dinero fácil corrompió a las oligarquías del Oriente Cercano.

 

La explicación de semejante aberración sólo puede ser una: así como para los elefantes, por su tamaño y su fuerza no existen depredadores, tampoco los hay para Estados Unidos, un país al que nadie ha ocupado, explotado ni saqueado nunca. Los paquidermos, demasiado grandes para ser comidos, tampoco se comen a ninguna otra criatura, cosa que no puede decirse de los capitalistas norteamericanos. Hace años, cuando realicé el descubrimiento quedé perplejo: excepto Estados Unidos, ningún país petrolero se ha desarrollado.   

    

La historia petrolera de los Estados Unidos está ligada a una impactante cadena de éxitos que en poco más de 100 años le permitieron transitar de colonia a superpotencia, mientras la misma sustancia en Venezuela, México, Arabia Saudita, Irán, Irak, Kuwait y otros estados del golfo Pérsico, todos explotados por transnacionales norteamericanas y europeas, se vincula con interminables tragedias, saqueo, invasiones, guerras, ostentación, dilapidación  y pobreza, luchas internas y con el entreguismo y el encumbramiento de envilecidas oligarquías nativas.

 

Con el petróleo ocurre como a los alimentos: hay de sobra mas no alcanza. También Marx mencionó la paradoja de las crisis de sobreproducción: “Se sufre frío porque se produjo mucho carbón”. Por mucho que sean las existencias de petróleo y comida, las ambiciones son más y, aunque no intento probarlo ni trataré de  abrumar a los lectores con cifras, estoy convencido de que con el petróleo ocurrirá como con el carbón: será sustituido antes de que se termine.

Hay mucho más petróleo que el que la humanidad puede consumir antes de que, en los próximos cincuenta años, las energías sustitutivas, principalmente la electricidad y el calor generados gratuitamente por el sol, el viento, las mareas y otras formas ahora no convencionales lo hagan obsoleto.

 

Bastaría un ejemplo. En los esquistos (en griego significa “escindido” rocas o piedras laminares entre cuyos espacios se filtra (y se almacena) el aire y el agua pero también petróleo y el gas), en las arenas alquitranadas, en la turba y en ciertos lodos, hoy poco explotados por su alto costo y efectos contaminantes, hay reservas de petróleo 500 veces mayores que todas las de crudos actualmente comprobadas, sin contar que el carbón, existente en casi todo el mundo también puede ser convertido en petróleo.

 

A la capacidad de producir combustibles a partir de los vegetales, incluso del pasto y de los desechos de cosecha, habría que añadir las posibilidades que abren las tecnologías actuales las cuales permiten extraer petróleo de sitios antes inaccesibles, entre otros, las profundidades marinas y bajo los hielos.  

 

Tampoco albergo la menor duda de que existen o pueden crearse tecnologías suficientemente eficientes para atenuar, reducir e incluso suprimir los desastrosos efectos que para el medio natural y el clima tienen los gases de efecto invernadero emitidos por el petróleo, el gas y el carbón.

 

De lo que se trata no es de incapacidad técnica para hacerlo como de la renuencia a asumir los costos que ello conlleva. Para contaminar menos hay que gastar más y no existe ningún capitalista dispuesto a  hacerlo, excepto que los estados se lo impongan, cosa que muchos no hacen. El afán de ganancias y la codicia y no el azufre o el CO² son los responsables de la situación actual.

 

No hace mucho disfruté de un documental científico referido a  investigaciones destinadas a prever la hipótesis de que en algún momento  futuro, la tierra pudiera ser amenazada por el impacto de un asteroide gigantesco, en cuyo caso, además de tratar de destruir el objeto agresor, existe la opción de modificar la órbita de la tierra y apartar el planeta de la ruta de colisión. Obviamente, quien puede hacer eso también puede poner filtros a las chimeneas y reciclar los gases. 
 
Cierta vez Fidel Castro, que a sus meritos políticos suma los de ser uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo, fue lapidario al decir: “Cese la filosofía del despojo y cesará la filosofía de la guerra.” Dan deseos de parafrasearlo para decir que con un “tilín” menos de egoísmo no habría hambre ni contaminación y por supuesto tampoco crisis energéticas ni guerras por el petróleo.

 

En la confrontación generada por la geopolítica del petróleo hay de todo, incluso filosofía. Allá nos vemos.

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