495 aniversario: ¿La Habana se deshabaniza?

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495 aniversario: ¿La Habana se deshabaniza?
Fecha de publicación: 
16 Noviembre 2014
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Sin embargo, este no es un Réquiem por la capital, ahora que anda de cumpleaños. Más bien se trata de un intento por actualizarle la foto de su carné de identidad con motivo del aniversario.

Sucede que La Habana se deshabaniza, se ruraliza, al decir del sociólogo Carlos García Pleyán en su artículo La Habana, ¿una ecuación imposible?, de octubre último. Es también un punto de vista que suscribiera el arquitecto Mario Coyula, recientemente fallecido y a quien esta ciudad le hacía borbotear amores y dolores como a pocos.

Ambrosia Mercedes Valdés llegó a esta ciudad procedente de Mayarí abajo, actual provincia de Holguín, hace cerca de cuatro décadas, y no más instalarse en casa del cuñado comentó lo incómodo que estaba aquel balance y que debían comprar cuanto antes un balde nuevo para la hervidura.

Hoy, Ámbar –como le dicen todos- te invita a sentarte en el sillón del portalito, y antes de empezar el diálogo, avisa al nieto que el agua caliente ya está en el cubo, que arreé a bañarse.

Le pregunto por la primera impresión que le causó La Habana y abre los brazos al cielo a la par que asegura “lo más grande del mundo, mi’ja: tanto edificio alto, tanta gente de aquí para allá, arregladito todo el mundo, las calles anchas, largas, con mucho carro… y las luces, muchas luces por todas partes.”

Hace apenas un par de semanas, Rosmary, sobrina- nieta de Ámbar, visitó por primera vez La Habana. Su edad, 26 años, es casi la misma que cuando la tía-abuela, encomendándose a todos los santos y aferrándose del brazo del marido, se aventuró a cruzar la avenida, recién saliendo de la terminal de trenes luego de un viaje sin regreso de más de 700 kilómetros.

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Pero a Rosmary, también de Mayarí, La Habana no la deslumbró como a su parienta. “Yo no veo que sea tan-tan como dicen por ahí. Claro, hay muchas construcciones, mucho tráfico, pero hay también carretones, gente en chancleta, y boniato con tierra, igualitico que en la placita de mi pueblo, vea.”

Además de sábanas blancas

Sábanas blancas, también jeans, camisetas, y hasta colchonetas hondeando en los balcones, y también en azoteas. Una mirada a lo alto entrega ese variopinto y ondulante panorama, donde también tienen su espacio palomares, jaulas de pollo, y objetos variadísimos, algunos rotos, otros inútiles, pero que uno nunca se decide a botar por si las moscas.

Ah, pero una contemplación a flor de tierra, si se hace con ojos de estreno –como los de Rosmary-, revela que junto a los vehículos que deslumbraron a la tía-abuela de la joven también luchan su espacio en el asfalto caballos, carretones y hasta manadas de animales.

No exagero. No hablo de zonas periféricas. En pleno corazón citadino, a escasas cuadras de la sede del Consejo de Estado y del Comité Central, he visto cruzar Boyeros por la calle San Pedro a un rebaño de cabras, ágilmente pastoreadas por un señor con cayado y todo.

En un placer yermo de Nuevo Vedado, habitualmente son llevados a pastar una pareja de caballos, mientras en el municipio Playa, por las inmediaciones de la avenida 19, también es usual encontrar a una señora que en su ¿jardín? pone a hervir ropa al fuego de la leña.

García Pleyán indica que escenas como estas y muchas otras evidencias se asocian a “la entrada de contingentes de población de otras provincias con un importante componente rural y más bajos niveles de instrucción, (que) hacen que la cultura urbana se haya contagiado de hábitos, conductas, gustos y patrones culturales propios de otro hábitat.”

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Su objetivo con tal afirmación no es criticar, sino interpretar. Y, sin duda, esta “ruralización” de “la capital de todos los cubanos” es un fenómeno que merece reflexión y estudio.

Pero, ojo, aun cuando el Censo de Población y Vivienda de 2012 reveló que el 41,6 por ciento del millón 246 mil emigrantes interprovinciales escogió a La Habana como destino para toda la vida, sería injusto, parcial, achacar esa deshabanización que ocurre a ojos vista solo a las migraciones internas.

                                                                               Si supieras el dolor que siento cuando te canto
                                                                                  Y no entiendes que este llanto es por amor.

                                                                                                      Gerardo Alfonso

Mario Coyula, ese sempiterno amante y guerrero por la ciudad, resumía lo antes descrito: “La Habana oficial pre-revolucionaria –relativamente rica para esta región, cosmopolita, terciaria, pequeñoburguesa, blanca o con pretensión de serlo-- ha sufrido una readecuación, planeada o no, que responde a cambios estructurales y a nuevos actores”.

Subraya cuánto de pernicioso dejó a la imagen y funcionamiento capitalino la crisis de los años 90, y comenta sobre subculturas y marginalidades que se han ido adueñados de la calle. Las causas de esas opacidades, valga puntualizarlo, sería de miope concentrarlas únicamente en las migraciones internas.

Pero lo cierto es que el glamour –que no tiene por qué ser antónimo de socialismo-, el encanto que históricamente distinguió a esta urbe, señora de las cuatro centurias, va tristemente desdibujándose. Malezas que rebasan la altura de un paseante, cual si anduviéramos por una guardarraya; pirámides de desperdicios, aguas albañales y potables corriéndole a la ciudad a flor de piel… son algunos de sus más evidentes achaques, y no todos debidos a carencias económicas.

A ello se agregan otros males, justamente el antónimo de precariedades, y es el mal gusto que en oportunidades acompaña el emerger de un estrato social que anhela mostrar a todos su florecimiento –que no es sinónimo de refinamiento- y hace gala del mismo también a expensas de la ciudad, endosándole fachadas, rejas y cuanto artilugio se ponga de moda –recuérdense los pórticos a la usanza de Tierra Brava-. Felizmente, en los últimos tiempos se tensan cuerdas para hacer cumplir las regulaciones urbanísticas, pero no siempre el mal gusto puede regularse.

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“La integración por contraste es más creativa que por analogía. Pero, ¿cuán chocante puede ser ese contraste? (…) La diversidad es fundamental para cualquier forma de vida. Pero, ¿cómo lograr que coexista con la homogeneidad, también necesaria para mantener una identidad auténtica? En un mundo globalizado tan cambiante, donde las influencias llegan en racimos, sin dar tiempo a decantarse, ¿podremos salvar lo bueno, y librarnos de lo malo? -preguntaba Coyula a propósito de esta Habana que se ruraliza y deshabaniza con 495 años ya en su costillar- ¿Cuánta variedad puede permitirse antes de zambullirnos en el caos, y cuánta coherencia sin volverse aburridos?”

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