El Tío Sam cree que somos bizcos

El Tío Sam cree que somos bizcos
Fecha de publicación: 
10 Julio 2013
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Pobre señor ese. Lleva tantos años como emperador que le creyó, al parecer a alguno de sus más cercanos colaboradores, que el mundo aún era el mismo de hace algunas décadas, cuando él decía: «todos viren los ojos», y la gente obedecía ciegamente.

Su más reciente torpeza (o sutileza descubierta) lo ha obligado a intentar el mismo guion de querer cambiarle el centro de gravedad a los problemas a su antojo. Mira que se ha empecinado en ocultar lo importante (que espiaba a todo el mundo, incluidos sus amigos) para concentrar la atención en el destino del culpable de que se supiera la existencia de ese poderoso dispositivo de espionaje. Pero no ha podido.

Pareciera que al Tío Sam lo asesoran ahora expertos de Hollywood: cómo armar una película entretenida, que hipnotice, y de paso, sirva de narcótico para que la gente olvide rápido el «desliz». A fin de cuentas, dice el emperador que tiene que defenderse de tantos envidiosos y terroristas. Los mismos terroristas que él ayudó a formar.

Edward Snowden es el protagonista del show mediático. Pero no lo que dijo, sino él. Su destino. Mientras, desde el imperio vociferan, sin un hálito de diplomacia siquiera, amenazas para quien lo acoja. Aún el Tío Sam apela al chantaje económico, «que si revisaremos ciertos privilegios, que si dejaremos de comprarles, que si dejaremos de venderles, que si dejaremos de invertir…»

Todo eso para que los días pasen y la gente se olvide de lo que relató ese muchacho (Snowden) y los amigos de la Casa Blanca no les sigan pidiendo explicaciones por semejante acto de espionaje, ni sea afectada la imagen «democrática» de Washington.

Todo había empezado en 2006 contra Hugo Chávez, un hombre que se le había vuelto incómodo al diablo mayor de entonces: George W. Bush. Ahí, durante una visita del líder venezolano a Roma, se ensayaron los mecanismos del Datagate (así se conoce al escándalo que por estos días sacude a los Estados Unidos)

Después, lo volvieron a montar en 2009 para estar al tanto de todo lo que conversaban, incluso en espacios privados, los líderes del G-20. Nada quedó fuera de las grabaciones. Una sofisticada tecnología que no necesitaba, como antes, de micrófonos ocultos.

Y entonces llegó Snowden y lo «echó todo a perder». Reveló el secreto. El Tío Sam ha quedado muy mal parado, ni siquiera sus acólitos europeos han dejado de preguntarle por qué. Y responde con balbuceos, palabras inconexas, excusas pueriles, mientras exige que le devuelvan al delator. Y amenaza para que le denieguen el asilo político.

Si sigue hablando, será un escándalo como el de WikiLeaks. O mayor. Hay que amordazarlo, descubrir cuánto más sabe. Y cambiarle el presunto final a esta historia. La gente tiene que mirar para otro lado.
Así, nadie descarta que desde Washington hayan diseñado el guion del ultraje la semana pasada al presidente de Bolivia, Evo Morales, cuando España, Francia, Italia y Portugal le negaron el derecho a pasar por sus corredores aéreos.

Alguien llegó a decir que porque trasladaba en su avión a Snowden. Tamaña mentira fue rápidamente descalificada por la cancillería de La Paz. Y luego por el propio Evo.

Fue una coartada de muy mal talante para intentar desviar la atención de los medios, y de paso, humillar al «indio presidente». Nada más alejado de lo que realmente sucedió. América Latina y el Caribe se unieron aún más, sintieron como suya esta afrenta, y respondieron con dignidad y energía.

Incluso, al interior de Bolivia tuvo un efecto aglutinador en torno a Evo. Una prueba más de que los pueblos de América no toleran ya las ofensas de quien durante muchos años fuera su amo.

Los tiempos han cambiado, pero el Tío Sam no parece asimilarlo. Si acaso, modifica sus estrategias colonizadoras. De la fuerza bruta, al poder inteligente. Diferente maquillaje, pero las mismas esencias imperiales.

Aún no se sabe cómo terminará Snowden. Pero lo que sí es cierto es que el Tío Sam se está hundiendo cada vez más en el descrédito. Su poderoso Complejo Mediático Industrial se devana los sesos, infructuosamente, buscándole una salida «elegante, limpia, decorosa» a un escándalo de talla XXL.

Por suerte, ya buena parte del mundo sabe que lo auténtico de la historia no está dónde los medios dicen. Sino al otro lado.

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