Una tradición de consumo

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Una tradición de consumo
Fecha de publicación: 
10 Enero 2026
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Imagen tomada de https://okdiario.com

El mes de enero comienza con una celebración muy popular, la de los Reyes Magos, que para muchos ha pasado de ser motivo religioso, un festejo de libertad simbólica a una tradición que impulsa el consumo, un reflejo de las desigualdades económicas en un mundo a veces marcado por la presión social que puede opacar su esencia.

La fecha tiene su esencia en el relato evangélico y su posterior desarrollo en la leyenda medieval, es de las más antiguas que aún perduran, y en realidad tiene su mística e ilusión, es bonita si pensamos en la emoción de los niños cuando reciben regalos de su agrado. Pero también tiene otra cara, la de la frustración para las familias que no pueden complacer, la competencia y comparación entre unos y otros.

Durante siglos se erigió como una fiesta de carácter comunitario y devoto, su núcleo era la revelación de la divinidad en un contexto pagano bajo el símbolo de tres figuras: Melchor, Gaspar y Baltazar, sabios y sacerdotes pudientes de Oriente que quisieron, según cuentan, festejar con regalías el nacimiento de Jesús. No obstante, con los siglos la iniciativa se adaptó y adquirió un matiz familiar e íntimo, no solo para entornos creyentes. Usualmente le precedían días de comidas típicas y era el instante perfecto para que los niños escribieran sus deseos en cartas que imaginaban serían correspondidas por seres especiales.

De modo que en muchas regiones del mundo el seis de enero era esperado con expectación, y también era el momento de desmotar los adornos navideños. Los regalos eran sorpresa y los padres trataban de mantener el ensueño de que eran los Reyes Magos, y no ellos, quienes dejaban los obsequios con misterio. Podían ser modestos y alegóricos, presentes prácticos como un útil escolar, un juguete, una golosina. También estaban quienes se desbocaban y tiraban la casa por la ventana.

Precisamente ahí se comenzó a desvirtuar porque asimilar la tradición con el empuje de la sociedad de consumo impuso una transformación profunda de su génesis y por eso para muchos genera tensión porque contradice el espíritu original y las exigencias del mercado. ¿Qué sucedió? En algún momento llegó la mercantilización de la ilusión. La publicidad de los personajes como capaces de todo han hecho que sean asociados a un evento trascendente para un sector sino como un catálogo interminable de productos.
 

 

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Imagen tomada de https://www.interflora.es

 

Las cartas de los niños se convirtieron en listas de deseos con lo más presuntuoso, lo más popular, desde juguetes sofisticados que siempre son costosos o lo que sea que esté de moda. No olvidemos que también existen influencers infantiles que posicionan y publicitan contenidos. Todo esto ha formado un falso pensamiento que a veces hace medir el cariño por la cantidad de regalos, por su precio o novedad. Por tanto la presión es tanto para adultos como para niños.

Esta tendencia es más marcada en unos países que en otros, en Cuba no es común celebrarlo salvo casos muy puntuales. El fenómeno social se vive con mayor escala en naciones como España, Estados Unidos o México, donde muchas familias lo viven con tensión. Una celebración que pudiera ser divertida y noble puede ser asumida con estrés económico y ansiedad social porque los niños tienen altos estándares y a veces los padres tampoco quieren ser menos, aunque eso cree distorsión.

Por eso suele suceder que la dinámica se convierte en una carga financiera adicional y transforma una tradición en un marcador de estatus y, lógicamente, de desigualdad, de examen público al punto de fomentar juicios desmedidos y materialistas. Esto responde al laberinto de consumo que vivimos en todos los sentidos, impuesto por las grandes marcas y seguido por todas las demás. 

Es posible rescatar el carácter íntimo y de detalle de antaño, sin sucumbir a su magnificación consumista. Todo parte desde la casa aunque la presión externa sea fuerte, y es difícil, lleva batalla, pero traerá tranquilidad y fiestas desinteresadas. La cuestión está en priorizar la experiencia familiar, el encuentro, la reunión, por encima del objeto. Se puede fomentar el gusto por lo práctico, lo modesto, lo artesanal, y entregar obsequios simbólicos más allá de su precio o si está de moda para desvincular la demostración de afecto de la capacidad de gasto. Se puede recordar la historia de la leyenda, que no tiene que ver con opulencia ni mercado sino con autenticidad en el buen sentido. 

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