La maestra que Nathaly quiere ser
especiales

Desde que comenzó a aprender los primeros sonidos, Nathaly descubrió que para ella las letras no eran símbolos quietos, sino hormigas en constante movimiento. En sus cuadernos, la "b" y la "d" jugaban a las escondidas, y los números a veces decidían girar sobre su propio eje y un 3 podía convertirse en E o el 2 convertirse en el patico feo.
Su maestra de 2do grado comprendió enseguida que debía cambiar las reglas del juego y, por ejemplo, en lugar de mandarla a leer párrafos en voz alta, le pedía estudiarlos en casa y comentar luego las ideas esenciales con sus compañeros, porque en eso de analizar Nathaly sí que era “un lince”.
Sin embargo, cuando llegó a la secundaria “se acabaron los paños tibios”, le explicó una maestra con voz dura, muy dura. Sus años de adolescencia estuvieron marcados por frases que se clavaban como espinas: "tienes que esforzarte más", "eres muy vaga, no quieres copiar en clases", “esta niña tiene problemas”, “a ella no le importa nada”... Y de tanto escucharlo, de tanto sentir que no encajaba, decidió seguir el juego y continuar como si nada le importara, era eso o renunciar completamente a su amor propio.
Lo que nadie vio detrás de su aparente desidia, fue el dolor: la falta total de empatía le amarró a Nathaly un nudo en la garganta que duró años. Se sentía atrapada en un sistema que evaluaba su capacidad basándose únicamente en su velocidad para decodificar un texto, ignorando su brillante imaginación y su capacidad para resolver problemas complejos. ¡Ella sabía tantas cosas! Pero nadie se preocupaba por descubrirlas, lo único que parecía importante era llenar las hojas de las libretas.
Una tarde, tras ser ridiculizada por una de sus profesoras frente a toda la clase, Nathaly llegó a casa y cerró sus libros. Estalló en llanto, pero no lloraba solo por ella, pensaba en todos los niños que, en ese mismo momento, estarían sintiendo igual vacío en el estómago, entonces ocurrió un giro inesperado en su historia: "Si nadie me entiende a mí", se dijo frente al espejo, "yo seré quien los entienda a ellos". Nathaly decidió estudiar Magisterio.
Al día siguiente volvió a su antigua escuela porque estaba segura de que solo aquella maestra la iba a apoyar, y así fue: “Muy bien, tendrás que desarrollar tus propios métodos de estudio, usar grabadoras, mapas mentales llenos de color y tecnología de apoyo. Pero cada obstáculo superado será una lección de pedagogía que no vas a encontrar en ningún libro, solo en la vida”.
Actualmente, Nathaly está en noveno grado y cada mes repite la primera opción en los “ensayos” para llenar la boleta: profesora de Historia. Aunque todos la miran como si fuera un desatino, ella no solo sabe que quiere ser maestra, sabe exactamente qué tipo de maestra quiere ser: su futura aula no tendrá filas rígidas, ni un ambiente de miedo. No evaluará solo la ortografía, sino la profundidad de las ideas. Sus alumnos sabrán que equivocarse es una señal de que están intentando algo nuevo, no un motivo de vergüenza. Enseñará con música, con las manos, con historias y con movimiento, porque nadie mejor que ella conoce que el cerebro humano tiene mil puertas distintas para aprender.












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