Estrenos de cine: Puro vicio

Estrenos de cine: Puro vicio
Fecha de publicación: 
23 Septiembre 2015
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Hay películas que escapan de una definición. Resulta quimérico clasificarlas; son películas que, para entenderlas se necesitaría estudiar los cinco tomos completos, aún no escritos, sobre la metafísica cinematográfica. Cintas que conforman un cine sin excusas, sin trampas argumentales, sin más pretensión que la de existir.

Puro vicio, la última realización del director norteamericano Paul Thomas Anderson, es una de estas películas. Adaptación de la novela de Thomas Pynchon Vicio propio, la cinta cuenta de forma minuciosa los accidentes de un mundo que no existe. Y no es que no exista porque ya, en este preciso instante del siglo XXI, haya desaparecido, sino porque el universo en el que el detective Doc Sportello se empeña en vivir dejó de tener sentido ya en 1970, que es el año en el que se ambienta el filme.

Es en estas circunstancias en las que nuestro héroe, interpretado por Joaquín Phoenix (Her, 2014), se desempeña como detective en un laberinto de drogadictos que recuerdan el legado del escritor de novelas negras Raymond Chandler en sus imperecederas El sueño eterno o El largo adiós.

Puro vicio navega entre el thriller, la parodia, la desesperación y el drama. La idea no es otra que componer el mapa detallado de un mundo que se diluye. Aun en su condición de inclasificable, Puro Vicio no necesita llevar de la mano una linealidad narrativa para dejar una impresión emocional en las retinas que toca. El matiz, aunque ligeramente hermético, cuenta.

Decía el filósofo Friedrich Nietzsche, siempre tan categórico en su furor, que la grandeza del ser humano consistía no solo en soportar lo necesario, sino en amarlo: “No querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad”. Lo llamó Amor fati o “amor del destino”. Así, los personajes de Puro vicio son, si se quiere, nietzschianos. Aceptan lo que les toca, no como un castigo del destino, sino como la expresión necesaria de lo que son.

Cuando Katherine Waterston -en Puro vicio, Shasta, la femme fatale que lleva a la perdición al protagonista; esa chica vulnerable y desnuda (que no son necesariamente la misma cosa) que toda trama negra necesita-, confiesa, literalmente despojada de toda ropa, la angustia de su propio drama ante un Joaquín Phoenix drogado y vulnerable, se siente, aun a pesar de lo anacrónico e incoherente de la escena dentro del engranaje narrativo total de la película, que se está delante de una de las escenas más intensas, profundas y dolorosas que ha visto el cine reciente.

En realidad, Puro vicio es más que una película. Es… si se quiere, un espacio liberado en el que quedarse, para siempre, a vivir. Y una vez que el espectador lo sabe, no le queda más que, como diría Nietzsche, amar su propio destino de mero público que no tiene influencia sobre la obra que admira. Y quizás, tratar de demorar lo más posible el instante de levantarse de su respectiva butaca y salirse del mundo fatuo de Puro vicio. Y es que, quizás, el abandono no valga la pena; fuera hay otro mundo.

 

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