Trump tropieza en el debate republicano, pero el ‘trumpismo' vence

Trump tropieza en el debate republicano, pero el ‘trumpismo' vence
Fecha de publicación: 
7 Agosto 2015
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Pase lo que pase con la candidatura de Donald Trump —después de su tropiezo como candidato en el debate del jueves por la noche— hay algunas cosas que deberían quedar claras, tanto para EEUU como para el resto del mundo, después del primer debate republicano:

El trumpismo va ganando terreno en un partido político que tiene una muy buena oportunidad de ganar la presidencia en las elecciones del año que viene.

Esto quiere decir que, si el Partido Republicano entra en la Casa Blanca en 2016, llegará con un líder que habrá sucumbido ante la feroz influencia de Trump y habrá asimilado, como mínimo, algunos aspectos del trumpismo, como los que enumero a continuación:

    La construcción de un muro (o de algo) para militarizar de forma efectiva la frontera entre EEUU y México.

    Una postura belicosa en relación a Irán, China y Rusia.

    Un virulento desprecio por el gobierno federal, por todo el gobierno y por la política tradicional que se ha venido practicando hasta ahora.

    Un rechazo inmediato al acuerdo sobre el control de armas nucleares con Irán, que ahora está en el aire.

    El reemplazo de la ley sanitaria de Barack Obama por un sistema privado de salud.

    Una actitud de confrontación arrogante e injuriosa, tanto en política como en los medios de comunicación y, en general, contra cualquiera que se le cruce.

Otros candidatos del Partido Republicano han reafirmado alguno o varios de los elementos de esta lista; sólo Trump los abandera todos, y lo hace con una fuerza beligerante nada común en las campañas nacionales.

El debate de dos horas, que presentó a diez de los diecisiete candidatos del Partido Republicano (los demás aparecieron en un programa matinal del mismo día), no fue en realidad un debate. Coordinado por el presentador Rupert Mudoch de Fox News, fue algo más parecido a un programa de entretenimiento.

Dispuestos en una larga fila, los diez candidatos ofrecieron respuestas de 90 segundos a la avalancha de preguntas de tres periodistas de la Fox, todos bien armados para crear tanta polémica dentro del partido como les fuera posible.

Según los estándares habituales, la actuación de Trump fue desastrosa. Se negó a disculparse por su largo historial de comentarios groseros y sexistas sobre las mujeres, incluso cuando las preguntas sobre este asunto venían, precisamente, de una de las periodistas más importantes de la Fox.

Redobló la intensidad de su retórica, ya de por sí bastante incendiaria, sobre los inmigrantes de México, a los que ha acusado de ser traficantes de droga y criminales.

Dio respuestas insulsas e insultantes a preguntas sustantivas. Declaró, aunque de forma poco convincente, que antes había sido demócrata porque beneficiaba a sus negocios inmobiliarios en Nueva York.

Rechazó incluso dar su apoyo a un candidato del Partido Republicano si él no ganaba, lo que le costó un sonoro abucheo, y se defendió diciendo que él iba a ganar y no tenía sentido ofrecer su apoyo a nadie más.

Trump causó la impresión de ser arrogante, susceptible y mezquino.

No obstante, una actuación que podría destruir a cualquier otro mortal, tal vez no acabe con Trump.

Primero, mucho de lo que dijo y la forma en que lo dijo funciona bien con la demografía de su nicho de votantes: hombres blancos jóvenes que apenas tienen una educación superior.

Segundo, la emoción que causan sus insensateces resulta atractiva para los votantes conservadores (y de hecho también para otros muchos estadounidenses) que no soportan la política.

Tercero, algunos votantes, por ahora, están dispuestos a aceptar la idea de que un empresario con una reputación de negociador despiadado pueda ser un buen líder para la nación.

Pero incluso si Trump se tambalea en las encuestas —y las apuestas dicen que lo hará, tarde o temprano— el caso es que su presencia ya ha tenido un gran impacto.

Sus rivales en el escenario, en su gran mayoría, evitaban enfrentarse a él. (Uno de ellos intentó colar un ataque ensayado, pero no causó daño alguno). Los candidatos rivales saben que Trump sabe tocar la fibra sensible y que ellos tienen que encontrar también la manera de hacer lo mismo.

El gobernador John Kasich, un hábil republicano relativamente moderado de Ohio, compartió el fondo y las formas de Trump.

Animó a sus compañeros contendientes a tomar a Trump y su mensaje con seriedad. Según él, los demás lo ignoran, a riesgo de verse perjudicados, y necesitan averiguar cómo llamar la atención de la misma forma que hace Trump.

“La gente quiere que se construya ese muro”, dijo Kasich sobre los votantes principales del Partido Republicano.

Otros, como el senador Ted Cruz de Texas y el antiguo gobernador de Arkansas Mike Huckabee, declararon que odian al Gobierno tanto como Trump, pero que conocen mejor sus puntos débiles porque ya tienen experiencia dentro de él.

El exgobernador de Florida, Jeb Bush, hijo y hermano de presidentes republicanos, hizo un llamamiento por un discurso más cívico y respetuoso.

Sonó como alguien que estaba en el escenario equivocado.

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