CRÍTICA DE CINE: Son relatos y salvajes
especiales

Escrita y dirigida por el argentino Damián Szifrón en el pasado año, Relatos Salvajes se puede aún disfrutar en algunos cines de la capital. La película está constituida por media docena de cortos cuyo principal punto en común es la minuciosa descripción del agolpamiento de adrenalina y su desenlace en un estallido de furia.
Cada historia de Relatos Salvajes es superada por la siguiente, obligando al espectador, que asiste perplejo a la manifestación de los lados más oscuros del ser humano, a controlar (o a rectificar) la inevitable empatía que le producen instantáneamente los protagonistas de cada historia, por lo que termina, de alguna manera, equilibrando la risa con el espanto y la emoción con la conmoción.
Por orden de aparición: Pasternak, con la actuación del eternamente atractivo Darío Grandinetti, Las Ratas, con Rita Cortese y Julieta Zylberberg, El más fuerte, con Leonardo Sbaraglia, Bombita, con Ricardo Darín, La propuesta, con Oscar Martínez y Hasta que la muerte nos separe, con Érica Rivas. Estos cortos son independientes unos de otros, y comparten una única premisa: “Todos podemos perder el control”.
El autocontrol, y lo que implica su opuesto, o sea, sucumbir a las –bajas- pasiones humanas es el punto del cual parte cada uno de los seis argumentos que constituyen la cinta. Ya sea una novia que se entera en su casamiento de la infidelidad de su esposo; un ciudadano que se siente atropellado en sus derechos civiles y pone bombas para protestar contra ello; o una cocinera que piensa si envenenar o no al hombre que provocó el suicidio de su padre… Todos son personajes que están obligados a tomar decisiones trascendentes en sus vidas, y lo hacen movidos por fuertes emociones, que le sirven tanto de incentivo como de catarsis. La repercusión moral de estas elecciones es lo que le otorga la densidad ideológica del filme.
¿Qué nos separa de los animales sino nuestra capacidad de controlar los actos, y con ello a nosotros mismos? Y si no fuésemos capaces de contener nuestro odio, nuestra rabia, dolor y demás propulsores nefastos, ¿qué pasaría? Violencia y más violencia, como si viviéramos en una selva y fuésemos todos bestias, parece decir Szifrón, y quizás para subrayarlo acompaña, en los créditos, cada nombre de actor/actriz con una foto de un animal salvaje.
Cuando la cotidianidad -con su manto maquiavélico- tiende sobre nosotros el abismo, hay cierto placer –admitámoslo; innegable- en dejarse llevar por las emociones. Es justo entonces, cuando los seres humanos dejan de controlar sus acciones para ser controlados por ellas, que se cruza la delgada línea que separa la civilización de la barbarie.
Atravesada de principio a fin por este arranque de placer liberador, los divertidísimos Relatos Salvajes de Damián Szifrón hacen uso de un elegante tono de humor negro, tan equilibrado y exacto, que logra colocar al espectador ante sus peores flaquezas, le muestra sus crueldades y sus sentimientos más inconfesables, y aun así le deja el gusto de haber visto un compendio endemoniadamente delicioso.
No hace falta decir mucho más. El nombre Damián Szifrón –que había tenido ciertos despertares cinematográficos con El fondo del mar (2003) y Tiempo de valientes (2005)- ya se inserta con esta cinta entre los grandes directores de la historia del cine latinoamericano. Relatos Salvajes es una película exquisita, que logra, en sus brevísimas dos horas, una identificación irrefutable con el espectador, y el enorme atributo de la invisibilidad narrativa, rítmica y técnica. (Es admirable como Szifrón hace funcionar a semejante engranaje de modo tan silencioso).
Cada uno de los damnificados de Relatos Salvajes, pese a su acento marcadamente argentino, somos nosotros. Y cada insulto proferido, y no siempre entendido, es nuestro, en algún momento ha salido de nuestra boca. O saldrá.
Vocacionalmente violenta, humanamente salvaje, pero, y sobre todo, deslumbrante en su claridad, -Szifrón ha dicho que no le gustan las películas en clave, destinadas a los eruditos- Relatos Salvajes conquistará a todo el que vaya a verla.
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