EN EL FESTIVAL: El ardor, un western en la selva argentina

EN EL FESTIVAL: El ardor, un western en la selva argentina
Fecha de publicación: 
11 Diciembre 2014
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Algunos rasgos dramatúrgicos como el antagonismo entre dos grupos de personajes, la música intensa en determinados momentos y las miradas que se retan antes de atacar, nos sugieren el western, pero a mí El ardor me parece más un cine de autor que de género. De hecho, el tempo en que se mueve la historia es bastante lento.

 

Un joven (Gael García Bernal) que sufrió el arrase de su casa y perdió todo llega al asentamiento de una pequeña familia emigrante de Brasil en la selva argentina. Ese mismo día los deforestadores que acosan a los habitantes de esta zona para que abandonen sus tierras matan al padre de la casa y secuestran a la hija (Alice Braga).

 

A partir de este momento se desata una guerra entre este hombre que sobrevive al asalto y los sicarios que pretenden violentar a la joven, de la cual ya nuestro protagonista se enamoró a primera vista.

 

El ardor es un ejemplo de poética de la resistencia. Los personajes habitan en un ambiente hostil a pesar de que ellos lo han convertido en hogar donde no siempre tienen la cena que quisieran, donde sufren los incendios de los deforestadores y la presencia de un jaguar.

 

En el filme la naturaleza exuberante convive con el misticismo. Lo fabuloso está dado por los rezos que fortalecen el espíritu de los que luchan y las apariciones de un felino que ataca a los malos y se rinde ante los pies de los buenos.

 

Hay peligros evidentes en el entorno, la selva los inunda, en ocasiones da miedo, pero el mayor peligro no está dado por la naturaleza que parece casi violenta, sino por la agresión de otros humanos como ellos.

 

A pesar de todos estos inconvenientes, los personajes «buenos» de la historia defienden su pedazo de tierra. El interés de permanecer allí es mucho más profundo que una decisión obstinada al no vender a quienes presionan, es la lucha por la subsistencia, es aferrarse a un espacio que les pertenece a ellos y a las criaturas salvajes que ahí coexisten.

 

Pablo Fendrik hizo un filme que responde a los presupuestos del Nuevo Cine en su estética y contenido, y a ratos nos recuerda algunos clásicos de Glauber Rocha.

 

Hay más disparos o sonidos de susto en medio del monte que diálogos entre los personajes, pero a ellos no les hace falta la charla, conocen bien el poder de la mirada y a través de ella se comunican. No necesitan decirse mucho.

 

De hecho, desde que Gael llegó, intercambió miradas con la mujer de la casa. Fue fácil imaginar lo que sucedería entre ellos, y después no es muy difícil adivinar una venganza de «los buenos hacia los malos». Pero a pesar de ser El ardor un filme que nos entrega diáfanamente las señales, esto no limita nuestro interés y nos mantiene en la luneta aguardando el final.

 

Lo que sí atenta contra la historia casi épica de Fendrik es la carencia de sustancia narrativa que se siente por momentos, lo cual nos da la idea de que el argumento pudo haber sido muy buen pretexto para un mediometraje y no un largo. La verdad, es un filme denso.

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