ARCHIVOS PARLANCHINES: El rapazuelo del parque Vidal

ARCHIVOS PARLANCHINES: El rapazuelo del parque Vidal
Fecha de publicación: 
2 Marzo 2020
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Francisco Antonio Ramos García, uno de los autores del libro inédito Guiños a Santa Clara, narra que cuando empieza, en 1923, la remodelación de la vieja Plaza de Armas, se decide crear un lugar donde los herederos más diminutos de las familias pudieran realizar sus habituales juegos, rodeados, casi siempre, de globeros, carameleros y payasos.
 

El coronel mambí Francisco López Leiva, escritor costumbrista, diseña una sencilla y hermosa fuente y, sin darle vueltas al asunto, encuentra en un catálogo de la casa de ventas The J. L. Mott Iron Works Company, de New York, la reproducción de una estatuilla hecha en Italia que lo seduce al momento.

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El hombrecillo, con una humilde gorra, una bota calzada y la otra lluviosa en la mano, es colocado el 15 de julio de 1925 en el ahora parque republicano —con una fuerte prominencia del estilo ecléctico— y traza una línea recta con la pérgola, el monumento a Martha Abreu, la antigua glorieta, y el obelisco en homenaje a los presbíteros Juan de Conyedo y Hurtado de Mendoza, conocido como La Raspadura. A su alrededor se pueden apreciar noventa farolas y los bustos del Padre Chau, un filántropo, y del coronel Leoncio Vidal Caro, que se yergue en el mismo lugar donde el libertador cae herido en 1896.

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El Niño de la Bota de 1925.

 

¿Quién es ese personajillo? Para algunos, se trata de un pícaro que se oculta tras sus rasgos afrancesados, y para otros, de un harapiento con su singular zapato roto y más hambre que un comején a la intemperie.
 

No obstante, la realidad es bien distinta. Según indica el historiador Ariel Lemes Batista en el artículo «El niño de la bota infortunada: mitos y realidades», del boletín cultural Cartacuba, esta suerte de monolito de calamina representa a uno de los jovencitos que acompañan con sus tambores a las tropas del ejército norteño durante la Guerra de Secesión que se libra en los Estados Unidos en el siglo XIX.
 

Tales infantes, denominados «niños tamborileros», al terminar las batallas llenan sus botines de agua y se los llevan a los sedientos heridos, a quienes, además, ayudan en sus primeras curaciones como ángeles sin alas dispuestos a vencer a toda costa el odio y la muerte.
 

Lo cierto es que el Niño de la Bota cala muy profundo en el sentir de los santaclareños de los años veinte y treinta, para convertirse en un emblema de una urbe siempre pendiente de sus estampas pintorescas y coloquiales. En especial, los menores la ven como el punto culminante de sus tardes de aventuras, recreos y unas carcajadas que les hacen trampitas al futuro.
 

Ello no impide que, a principios de los cuarenta, el rapazuelo sea retirado por los oportunistas funcionarios municipales a cargo del ornato, y sustituido por un busto de José Martí que debió colocarse en un espacio cercano y más propicio. El Apóstol ocupa la misma fuente donde había permanecido la estatua neoyorkina.
 

Por fortuna, y tras varios virulentos debates, en 1951 las autoridades locales acuerdan colocar a Martí en el área juvenil de la Sociedad Leones Rotarios, y vuelven a situar al mozalbete en el lugar que nunca deja de pertenecerle. En un artículo firmado por Tomás Pedrosa Raimundo en el periódico El Pueblo, en su edición del 19 de febrero de ese año, se lee:
 

«Ahora se hace regresar a ese sitio prominente de nuestra ciudad al Niño de la Bota, la fuente preciosa, risueña, de arte convencional que acostumbró a los villaclareños a verla con sus aguas cantarinas llenas de poesía pueblerina…».
 

Guillermo Jesús Pérez Alonso, director de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos provincial, asegura que en 1959, tras el triunfo de la Revolución, el nuevo gobierno provincial decide eliminar con una buldócer los paseos para blancos y negros que existen en el parque, y de paso, descarta la pérgola que está detrás de la figura de Martha Abreu y cambia de lugar el busto del coronel Leoncio Vidal Caro.
 

El Niño de la Bota se mantiene en su sitio, pero ahora es colocado en una especie de botecito de granito gris y verde, de escasos valores ornamentales, que no cuenta con la aceptación popular.
 

Aun así, lo peor está por llegar: en 1969 nuestro gitanillo travieso, muy afectado por la contaminación ambiental y el lógico desgaste de los años, es agredido por un demente que le arranca varias de sus partes, y termina sus días de gloria en los fondos del Museo Provincial de Santa Clara.
 

De todas formas, el Niño de la Bota nunca es olvidado por el ciudadano común, nostálgico por la pérdida de una valiosa reliquia. En 1989, con motivo del tricentenario de la ciudad, se coloca en el Leoncio Vidal Caro, gran pulmón citadino, una réplica de bronce hecha por José Delarra, el creador del Che que puede verse en la plaza del Guerrillero Heroico. El escultor utiliza el molde de la vieja figurilla de calamina y, como novedad, coloca la bota de manera paralela al mozuelo, un poco inclinada hacia delante. El basamento de fuente copia con exactitud al de 1925.

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En la actualidad tiene un atractivo casi ferial…

 

En la actualidad, el Niño de la Bota es un símbolo de la ciudad: se le puede ver en los logotipos en los anuncios comerciales, en los cristales de los ómnibus, estampado en aluminio en los bancos del estío, y en varias cubiertas de libros que tratan temáticas santaclareñas. Luis Cabrera Delgado escribe una obra infantil llamada Con el Niño de la Bota, y en la Síntesis histórica de Santa Clara, dada a conocer en 2010, se reproduce su imagen a todo color y se le da el tratamiento de ícono.
 

Asimismo, existe un concurso nacional de canciones para los menores con el nombre El Niño de la Bota, un manadero que llama permanentemente la atención de los más soñadores y amantes de las novedades.
 

Es bueno advertir que este guerrero no es patrimonio exclusivo de los cubanos del centro del país. El estudioso local Ángel Cristóbal García afirma que la J. L. Mott Iron Works Company, de New York, hace alrededor de 23 copias gemelas que hoy se pueden apreciar en Caracas, Venezuela; Estocolmo, Suecia; Winnipeg, Canadá; Stevens Points, en el estado norteamericano de Wisconsin; y en otros centros urbanos de varias partes del mundo, sin contar, por supuesto, las colecciones privadas.

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La copia de la Mott colocada en Caracas.

 

Estas estatuas pueden ser de hierro, bronce, yeso, cerámica, y hasta de cemento; gozar de buena salud o estar ya listas para el retiro; sin embargo, todas tienen un alto valor patrimonial y se han ganado durante décadas las sonrisas de los fiñes.
 

La conocida investigadora Martha Anido, en una entrevista que le hace este cronista, se queja por los lamentables disparates que dicen los guías turísticos cuando se acercan al Niño de la Bota con grupos de viajeros (algunos juran que se trata de un mambí). No obstante, a este talismán no hay viento que lo despeine. Allí está, y seguirá estando, para contagiarnos con su alegría mundana y regalarles a los muchachitos lecciones de vida con sabor a caramelo.

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