Trump, Rubio y el declive de Estados Unidos
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El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, susurra algo al oído del presidente Trump tras haberle pasado una nota en medio de una mesa redonda en la Casa Blanca. Imagen: Evan Vucci / AP
Cada rúbrica de Trump conlleva el mal común para una amplia gama de la sociedad a nivel mundial, y tal como papel secante, para que no se corra la tinta, está su asesor predilecto, el más querido por toda la familia trumpista, Marco Rubio, su canciller que lo defiende a troche y moche, asegurando futura presencia en planos más estelares, esos donde se santifica la corrupción.
Su decisión de retirarse de las entidades del sistema de las Naciones Unidas dedicadas a apoyar a las niñas y a las mujeres víctimas de guerras civiles, del cambio climático y de otras crisis raya en la venganza y la vergüenza, eliminando parte de la financiación adecuada, solo defendida por su nada blondo Secretario de Estado, quien trató de hacer creer que EE.UU. era la víctima, no el victimario:
«Ya no es aceptable enviar a estas instituciones la sangre, el sudor y el tesoro del pueblo estadounidense, sin obtener nada o casi nada a cambio».
Pero afirmar que los ciudadanos estadounidenses son quienes sufren a manos de agencias dedicadas a aliviar el sufrimiento de niñas y mujeres en países de bajos ingresos es totalmente falso. Da a entender que el reconocimiento de la Declaración de Independencia de «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad como derechos inalienables» sigue aplicándose solo a los hombres.
Estas agencias financian refugios, ofrecen asistencia jurídica y brindan apoyo psicosocial a mujeres vulnerables. Trabajan para poner fin al matrimonio infantil y a la mutilación genital forzada. En muchas de las zonas de conflicto del mundo, las mujeres desplazadas ahora perderán el acceso a espacios seguros, en un momento en que los informes muestran que la violencia sexual relacionada con los conflictos aumentó un 25%.
Considerando que la protección infantil es fundamental para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas para el 2030, esas agencias colaboran con la Organización Mundial de la Salud (OMS) para mejorar la salud de las mujeres y los niños. Del mismo modo, financian iniciativas destinadas a reducir la transmisión del VIH, una de las principales causas de muerte entre las mujeres y las niñas en edad reproductiva.
Este ataque a los derechos va más allá de la protección de la seguridad y la salud de las mujeres. La educación de las niñas sufrirá uno de los golpes más importantes y más severos. El número de niñas sin escolarizar -que ya asciende a 122 millones en todo el mundo- aumentará, lo que tendrá consecuencias en cadena. Por ejemplo, EducationCannotWait colabora con Naciones Unidas para garantizar la escolarización de las niñas en estados frágiles, no solo para ofrecerles más oportunidades de prosperar, sino también para prevenir el matrimonio precoz forzado.
Sin escrúpulos
La administración Trump asume erróneamente que los estadounidenses y los extranjeros apoyan el desmantelamiento de las organizaciones internacionales.
Sin embargo, la gran mayoría de la población quiere que los países colaboren para abordar los problemas comunes. En una encuesta de opinión pública reciente realizada en 34 países de todas las regiones, más del 90% de los encuestados afirmó que la cooperación internacional era esencial para la salud global, la protección de los derechos humanos y la prevención de conflictos.
Solo entre el 5% y el 6% de los encuestados, y no más del 7% en ninguna región, cree —como parece creer la administración Trump— que dicha colaboración es “en general una pérdida de tiempo y recursos”.
Asimismo, contrariamente a los informes que hablan de un creciente escepticismo respecto del multilateralismo, los encuestados suelen manifestar una mayor confianza en las organizaciones internacionales que en sus propios gobiernos. La confianza en la OMS se sitúa en el 60% a nivel global (y alcanza el 85% en el África subsahariana).
Los resultados serían casi con seguridad similares si se les preguntara a los encuestados sobre el valor de las organizaciones internacionales que promueven las oportunidades de las niñas y las mujeres, que son la base de un mundo mejor. Abandonar a las niñas y a las mujeres, especialmente en contextos de crisis, no es prudencia financiera; los costos económicos se asumirán durante años, si no décadas y generaciones. Es un fracaso moral escandaloso que avergüenza a todos.
Estado de emergencia
No hay la menor duda de que Estados Unidos se encuentra, en los hechos, en una situación de emergencia, y Donald Trump tenía sobrados motivos para declararla, como lo hizo el viernes.
No es para menos: la economía cruje por todos lados como efecto de la inflación, la incertidumbre financiera y los incendios en distintos ámbitos del comercio internacional; es patente el deterioro de las condiciones de vida de sectores crecientes de la sociedad.
Hay una inocultable corrupción galopante, practicada y alentada por el círculo presidencial donde se encuentra Marco Rubio; se erosiona la Organización del Tratado del Atlántico Norte, punta de lanza estratégica estadunidense en Europa, pero también en el Medio Oriente, Asia Central y África; los vínculos de Washington con sus aliados y socios históricos están severamente debilitados; se vive un conjunto de confrontaciones interinstitucionales y exaspera y polariza a la opinión pública el espectáculo de grupos paramilitares que asesinan, hieren, golpean y secuestran a personas en las calles de diversas ciudades con la bendición de la Casa Blanca.
La evaluación de la gravedad de la circunstancia es acertada; lo equivocado es el diagnóstico de su causa. La “amenaza inusual y extraordinaria” es el desbarajuste interno y externo provocado desde la cúpula del régimen, encabezada por el único dictador en el mundo que se reconoce como tal, y decir que todo el mal proviene de Cuba es un mal chiste que sólo se le pudo ocurrir a Marco Rubio y que nadie más que su jefe podría expresar en público sin sonrojarse.
Loco y peligroso
La afirmación de que “las políticas, prácticas y acciones del gobierno de Cuba están diseñadas para perjudicar a Estados Unidos y apoyar a países hostiles, grupos terroristas transnacionales y agentes malignos que buscan destruir a Estados Unidos” lleva a imaginar un poderoso Estado caribeño que trata de aplastar a una pobre nación desamparada e inerme situada al norte.
Algo parecidamente estúpido arguye el autor de bestsellers fascistas Peter Schweizser en su libro The Invisible Coup: How American Elites and Foreign Powers Use Immigration as a Weapon, en el que afirma que México promueve, por medio de sus consulados, un golpe de Estado en la nación vecina y que procura “afectar las elecciones presidenciales” estadounidenses.
En ambos casos, la realidad es exactamente la contraria: son las prácticas y acciones de Washington las que están diseñadas para perjudicar a Cuba y para financiar y promover “grupos terroristas internacionales y agentes malignos” que buscan la destrucción del gobierno cubano. Y es Estados Unidos el que ha practicado una sistemática intromisión en la política interna de México, ya sea con la anuencia de presidentes serviles, como todos los del periodo neoliberal, o con la oposición explícita de los gobiernos de López Obrador y Sheinbaum, y ya fuera con Trump, con Biden o nuevamente, con Trump. Recuérdese cómo el ex embajador Ken Salazar se creía con derecho a opinar sobre la Reforma Judicial aprobada en México a fines del sexenio pasado.
Más allá
Pero más allá de las colisiones entre los dichos del trumpismo y la realidad, el hecho es que los primeros exhiben, además de posibles condiciones clínicas por parte del dictador —oportunamente aprovechadas por sus subordinados para impulsar intereses propios—, intentos de huida hacia adelante y ensayos para construir molinos de viento externos que le permitan eludir la cada vez más angustiosa situación interna y la disfuncionalidad inocultable de su gobierno.
El factor que ha desencadenado esa debacle no es China, ni Irán, ni Europa, ni Venezuela, ni Cuba, ni México. La crisis aguda de la superpotencia tiene una firma inmediata y clara: un garabato furioso de líneas gruesas, angulosas y agresivas que corresponden a la rúbrica del presidente de Estados Unidos, en la que, como dijimos al principio, actúa como papel secante Marco Rubio, simbolizando ambos, amo y su seguro servidor, el declive de Estados Unidos.












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