Identidades culturales en tiempos de IA

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Identidades culturales en tiempos de IA
Fecha de publicación: 
7 Julio 2025
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Imagen: tomada de esemanal.mx

En esta era de la inteligencia artificial (IA), las identidades culturales se han visto en un punto de inflexión porque, lejos de ser un mero añadido tecnológico, la IA está remodelando la manera en que los individuos y las comunidades entienden y expresan sus raíces, sus tradiciones, sus credos. 

Es así que lo mismo voces de entusiasmo que de recelo se alzan cuando se trata este tema de las identidades culturales, entendidas como la elaboración de narrativas, símbolos y prácticas que definen la pertenencia a un grupo determinado, integrando memorias, mitos fundacionales y referencias compartidas.


 Imagen: tomada de losmuros.org

Demasiado olor a academia pudieran tener estas letras, pero se está hablando aquí de anclajes y esencias que pueden estar en peligro.

Claro, no todo es absolutamente dramático. Sin dudas, la IA facilita el acceso a patrimonios culturales dispersos y poco documentados. Plataformas basadas en modelos generativos pueden traducir textos en lenguas aborígenes o simular reconstrucciones de sitios arqueológicos, propiciando el interés por tradiciones en riesgo de desaparición. 


Con ayuda de la IA, los papirólogos lograron descifrar pasajes de un pergamino carbonizado en la erupción del Vesubio, en el 79 d.C., que hasta hace poco se consideró ilegible. Foto: tomada de nationalgeographic.es

Además, desde la perspectiva de la antropología, estos recursos digitales amplían las posibilidades de investigación y participación comunitaria, permitiendo a descendientes de diásporas reconectarse con sus orígenes sin necesidad de desplazamientos costosos ni intermediarios externos.

Ello, sin olvidar que la IA aplicada a museos virtuales y experiencias inmersivas (realidad aumentada y virtual) potencia el aprendizaje intergeneracional y el orgullo identitario entre jóvenes que, de otro modo, podrían perder el vínculo con sus tradiciones.

Pero el color fresa empieza a diluirse en este lienzo cuando se detiene uno a reflexionar en lo que la IA tributa a la reproducción de estereotipos y asimetrías culturales. 

Un informe reciente liderado por la doctora Margaret Mitchell y su equipo en Hugging Face documenta (https://elpais.com/tecnologia/2025-06-24/la-ia-ayuda-a-diseminar-estereo...) cómo los grandes modelos lingüísticos replican y amplifican sesgos de género, etnia y nacionalidad en múltiples idiomas, especialmente en aquellos menos representados en internet.  


Imagen: tomada de contactforum.com.mx

La Dra. Mitchell, también con una Maestría en Lingüística Computacional en la Universidad de Washington y pionera en el binomio ética-IA, asegura que «La IA incorpora estereotipos sobre personas salidos de los que la gente dice en Internet, y luego los usa como si fueran parte del conocimiento general del mundo».

Se trata de perpetuar prejuicios, también en el mundo digital, que refuerzan jerarquías sociales y tienden a marginar aún más a comunidades vulnerables, dificultando su reconocimiento pleno en espacios virtuales y reales. 

Ello, a la vez que la uniformidad de los algoritmos de recomendación en redes sociales inclina la balanza  a homogeneizar gustos y narrativas, subestimando la necesaria diversidad cultural y fomentando una cierta conformidad global con lo preexistente.


Imagen: tomada de carballar.com

Los detractores del concepto de technoself o el yo tecnológico —sustentado en que la tecnología no solo media nuestras interacciones, sino que también forma parte de la construcción de nuestro yo, nuestra identidad— subrayan cómo la IA generativa toma parte en las mediaciones que modelan las subjetividades con los consiguientes riesgos éticos y sociales.

Porque modelar o remodelar formas de pensar y actuar a partir de sugerencias de la IA con sus algoritmos, consumir lo que esa entidad entiende por «adecuado» o «mejor» no solo puede anular autonomías, también desdibuja lo auténtico y lo genuino que cada quien podría aportar a los demás y a sí mismos.

El propio CharGPT apuntó en este sentido a CubaSí que «Las plataformas digitales no solo almacenan recuerdos, también los reinterpretan. Al subir fotos, etiquetar amistades y recibir likes, las redes sociales validan unas versiones de nosotros mismos y descartan otras. En este sentido, la tecnología aporta un guion —un marco narrativo— en el que aprendemos a contarnos y mostrarnos. Este guion no surge de nosotros, sino del diseño algorítmico: qué historias se promueven, qué discursos se silencian, qué símbolos se vuelven populares».

Pudiera semejar, en el peor de los casos, al Doctor Jeikel y Mister Hide tironeando de un alma, pero lo cierto es que, rebasando cualquier distopía, la construcción de identidades no parece ser ya un fruto exclusivamente humano. 


Imagen: Guetty Images

Una brecha que rebasa lo tecnológico  

A lo arriba descrito e incluso también a la promesa de la IA como herramienta de revitalización cultural se agrega la profunda brecha tecnológica que hoy marca al mundo.

Según el informe «El estado de la banda ancha 2024» de la Unesco (actualizado el 4 de marzo de 2025), aún 2 600 millones de personas permanecen desconectadas, cifra que equivale al 65% de la población de los países menos adelantados, donde solo el 35% está en línea.


Imagen: tomada de médium.com

Y la exclusión digital no solo priva a esas comunidades de las plataformas de documentación y difusión de su patrimonio, sino que también les limita el acceso a herramientas de IA necesarias para generar contenidos propios y así, tributar a su propia construcción identitaria. 

Cuando, según Unesco, solo un 36% de la población africana cuenta con banda ancha y menos de una cuarta parte de las lenguas del mundo tienen presencia en el ciberespacio, se refuerza una jerarquía cultural en la que las voces dominantes monopolizan la narrativa global.


Foto: tomada de aecid.es

Además, la IA tiende a concentrar poder y recursos en manos de grandes corporaciones tecnológicas —y viceversa—, profundizando así la polarización económica. Y nada aquí es en sentido figurado: recientes estimaciones indican que la economía digital global podría alcanzar este año los 20 billones de dólares.

Si no se posibilita la inclusión digital a los 2 600 millones de personas ahora desconectadas, permanecerán cada vez más al margen de la economía del conocimiento y de la producción cultural digital, reforzándose un «colonialismo tecnológico» donde el diseño de algoritmos y las licencias de uso seguirán dictando qué narrativas son válidas y cuáles han de mantenerse silenciadas. 


También en este ámbito la desigualdad de género es notable: Hay 264 millones menos de mujeres conectadas en línea que de hombres. Foto: tomada de auara.org

En los últimos meses, diversos foros académicos y cumbres de alto nivel han situado al centro de la diana la manera en que la IA redefine la construcción y preservación de identidades culturales.

El pasado febrero tuvo lugar en el Grand Palais de París la Cumbre de Acción sobre la Inteligencia Artificial, copresidida por Francia e India, donde más de mil representantes de gobiernos, organizaciones internacionales, sector privado y sociedad civil debatieron la necesidad de una «IA inclusiva y sostenible».

Allí insistieron en la superación de la brecha digital que pone en riesgo la voz de comunidades subrepresentadas y su capacidad para construir narrativas propias de identidad cultural.

Y a finales del último marzo, Hong Kong acogió el II Simposio Internacional de Humanidades y Cultura: Visiones de un Futuro Digital, que, entre otros tópicos, analizó el papel de la IA en la transformación de la memoria colectiva, y alertó sobre el peligro de que las narrativas digitales queden secuestradas por visiones hegemónicas.

Estos y otros eventos recientes evidencian que, más allá de la tecnología, sus novedades y también bondades, la IA se ha convertido en un campo de batalla por el control de las narrativas e identidades culturales, tan sutil e intangible como un bit; tan peligroso como cortarnos las raíces.


Foto: 123rf.com

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