ARCHIVOS PARLANCHINES: Aventuras aéreas de Potaje

ARCHIVOS PARLANCHINES: Aventuras aéreas de Potaje
Fecha de publicación: 
21 Julio 2017
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La historia de Emilio Solórzano, Potaje, me la contó un sobrino de Soloni, uno de los más fieles cultores del anecdotario capitalino, quien, a su vez, se ocupó del tipo en un apunte que hizo público en una edición de El Mundo de agosto de 1964.
 

En verdad, este fanático de las alturas entra en la historia por una razón muy válida: cuando los cubanos parecen caer presa de la frustración que provoca el régimen de Gerardo Machado, él se las arregla para añadir nuevos atractivos a los cielos del occidente de la Isla pilotando un avión que se cae a pedazos y provoca vértigos en el gentío, siempre ávido de novedades y hechos rocambolescos. A la hora de generar adrenalina… ¡nadie le pone un pie delante!
 

En las tres primeras décadas del siglo anterior, tienen lugar importantes acontecimientos en la vida nacional: en lo social se produce un renacer de la conciencia ciudadana con figuras como Rubén Martínez Villena y Julio Antonio Mella, uno de los fundadores del primer Partido Comunista de Cuba; en lo económico las ventas del azúcar van de una crisis a otra y el país se llena de «vacas flacas»; y en lo político estalla el polvorín de la Revolución de 1933, decisiva para la historia del país.
 

Por añadidura, en aquellos años no faltan tampoco las crónicas de varias proezas aéreas, entre las que se destaca el vuelo del Plus Ultra, uno de los grandes raids de la navegación aérea española y mundial. Este es protagonizado por Ramón Franco, Julio Ruiz de Alda y Juan Manuel Durán (Pablo Rada asume el rol de mecánico), pilotos que a principios de 1926 unen la localidad peninsular de Palos de la Frontera con Buenos Aires, la capital de Argentina, a la que arriban después de aterrizar de manera exitosa su hidroavión en Las Palmas de Gran Canaria, Río de Jainero, Recife y Montevideo.
 

El alboroto mediático es continuado un año más tarde por Charles Lindbergh, quien se traga el Océano Atlántico en un recorrido sin escalas entre Nueva York y París a bordo de su monoplano, el Espíritu de San Luis. Para fortuna de las almas más bizarras, el piloto norteamericano aterriza en La Habana en 1928 en una visita oficial que muchos aún no han olvidado, a pesar de que el aviador demuestra en sus presentaciones y entrevistas ser más frío que un témpano de hielo.
 

Para ponerse a todo con los nuevos tiempos, El País, de cobertura nacional, decide comprar un viejo avión Waco, descubierto, a fin de llevar hacia Santa Clara, en el centro de la Isla, las matrices del diario, imprimir allí la versión perteneciente a las provincias orientales y adelantarse al Heraldo de Cuba, su rival más feroz. Por esta razón, el rotativo incorpora a su logotipo un aeroplano que compagina muy bien con su nombre trazado en letras góticas y, tras varias indagaciones, contrata como piloto al hiperbólico Potaje, gallego corredor de automóviles y motocicletas y vendedor de autos de lujo. ¡En mala hora!

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Como es de esperarse, Potaje y su aparato se hacen enseguida populares: todas las tardes el artefacto sale de un céntrico aeropuerto habanero y cruza tres provincias rumbo a la villa de Martha Abreu, en una travesía donde sobran los alardes y las jocosidades: en el barrio de Colón el maniobrero realiza vuelcos y picadas escalofriantes para saludar a sus muchos amigos, y en Jovellanos ejecuta muy a menudo un looping the loope, destinado a atrapar a cierta doncella con hambre de España.
 

Soloni apunta en su artículo que el episodio del avión y la tirada indómita no resulta rentable; en consecuencia, El País desiste de la idea tras intentar lo imposible. Eso sí, la aeronave jamás se borrará de su distintivo y el vocinglero citadino inscribe un nuevo y simpático nombre en su galería de «héroes»: Potaje. ¿Qué más podemos ambicionar?

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