Elogio al joven lector

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Elogio al joven lector
Fecha de publicación: 
28 Febrero 2017
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Qué lamentable y reiterada es la escena de la «descarga» que por las ausencias a la reunión reciben, paradójicamente, los que sí asistieron. Quienes sí llegaron puntual y responsablemente tienen que soportar estoicos una reprimenda que no les toca.

Por eso, esta vez no voy a comentar sobre los que no leen, sino acerca de quienes sí lo hacen y que, usualmente, son precisamente quienes también se acercan a este portal.

Es verdad que en el presente no abundan los lectores jóvenes, pero aquellos que sí disfrutan de la lectura, sea en soportes digitales o en los convencionales, son quienes siguen motivando a repetir junto a Fito aquello de «quién dijo que todo está perdido…»

Estos muchachos que persisten en la costumbre de leer algunas páginas antes de dormir, que usualmente andan con algún libro en la mochila o bajo el brazo, que lo sienten entre sus mejores compañeros para sobrellevar largas esperas o, incluso, lo priorizan a otras alternativas para el tiempo libre, no son los extraños, aunque algún que otro coetáneo les vea así.

Ellos estuvieron entre los más de 415 mil visitantes que acudieron a la Feria del Libro habanera, y no precisamente porque fuera lo que estaba de moda, o para encontrarse con amigos y merendar sobre el césped de La Cabaña o comprar alguna que otra bisutería. Esos jóvenes fueron a comprar libros que no se llenarán de polvo en un librero o estante.

¿Pero por qué a ellos sí les gusta leer y a otros coetáneos —los más— no?

La familia parece tener en esto el papel decisivo. Si desde el nacimiento han visto a sus seres queridos más allegados convivir con libros como parte de su cotidianidad; si comentar sobre autores, personajes literarios o determinados títulos ha sido para ellos tan común como los otros temas que a diario se debaten en casa, es casi seguro que los libros y la lectura también formarán parte de sus vidas.

No digo que en este siglo XXI la familia cierre puertas a las nuevas tecnologías como supuestas enemigas de la lectura, pero, si en vez de diversificar las formas de entretenimiento, casi condicionan o propician que el niño, el adolescente o el joven permanezca horas frente a la computadora, la laptop, la tableta u otro soporte similar, para así garantizar «que se esté tranquilo» y, de paso, tenerlo controlado, pues entonces no lo tendrán realmente controlado, y su crecimiento intelectual, al menos en lo que a literatura se refiere, estará, sí, demasiado tranquilo, al punto de permanecer inerte, casi en estado vegetativo.

Entre interesantes comentarios, a propósito de un texto sobre la lectura y los jóvenes difundido en la red de redes, encontré este de un padre —se identificó como Gonzalo Morán— que muy bien explica cuánto puede influir el hogar en la inclinación a la lectura:  

«También tengo un hijo de casi diez años, adicto a la tecnología, que no para de enseñarme sus "logros" en los juegos digitales... hasta que se interesó por ese mueble que hay en casa de su papá, lleno de libros... y descubrió que en su interior están todos los libros de Harry Potter, varias ediciones de El hobbit y El señor de los anillos, una edición ilustrada de hace más de 60 años de La edad de oro, y casi todos los clásicos de aventuras de Salgari, Verne, Dumas, etc. Ahora se ha interesado en leer libros. Eso no significa que haya dejado el "maldito" aparatico electrónico, pero al menos se diversifica. Este tema es complejo. Involucra a la familia, que tiene que saber dosificar el tiempo dedicado a teléfonos, tabletas y computadoras. También involucra a la escuela, que debe incentivar la lectura proponiendo desafíos interesantes...»

Es verdad que algunas investigaciones recientes revelan que, como tendencia, los jóvenes cubanos no tienen a la lectura entre sus opciones preferidas, pero estas líneas van dedicadas a los que sí eligen la lectura y seguirán mereciendo el aplauso, aunque para algunos socios de la escuela o el barrio sean «los raros».

Ellos escogieron darle alimento a su espíritu, a sabiendas de que «La lectura está en la base de la cultura», como recientemente afirmara el ministro de Cultura, Abel Prieto, quien, a propósito del tema, abundó en que hoy se subvencionan más libros que antes, atendiendo a lo costoso de las materias primas.

Los jóvenes lectores son los convencidos de que, en medio de la chatarra seudocultural que abunda en soportes digitales a modo de audiovisuales, pueden encontrar en las páginas de un libro, en cualquiera de sus posibles formatos, no solo verdades que les harán más libres, sino también el incomparable disfrute de adentrarse en vidas y mundos, reales o de ficción, con la imaginación y la creatividad como intermediarios.

La motivación de los jóvenes cubanos que tienen entre sus hábitos y preferencias la lectura va de la mano de las ansias de superación y del respeto a sí mismos. Ellos saben que las ideas y el saber los hacen más valiosos que llevar unas zapatillas de marca o la billetera abultada proa a una popular discoteca o como anzuelo para una conquista. Se aferran a ese convencimiento, y lo defienden con su cotidiano volver al libro, aunque hoy, lamentablemente, no sean pocos quienes valoran más la riqueza que se lleva en las billeteras que la que va en las cabezas.

Esos jóvenes lectores, como tendencia, son también los que siguen apostando por seguir estudiando, ya sea en la universidad o en otra alternativa educacional, porque saben que, más temprano que tarde —y eso también lo leyeron en los libros—, quien más sepa, el más culto, el mejor preparado, deberá ocupar los espacios más altos de la pirámide social, aunque hoy esta ande trastocada y el que tiene se encuentra a veces ocupando espacios que le corresponden al que vale por lo que es.

Claro, se habla aquí de leer por el gusto de hacerlo y no por obligación, por un deber escolar o para quedar bien con alguien, pues solo por voluntad personal puede llegarse a lo enunciado por la antropóloga francesa Michèle Petit, destacada investigadora del ámbito de la lectura infantil y juvenil, cuando comenta sobre el papel que tiene leer en la construcción de uno mismo, y resalta lo notorio que es ese papel en la juventud. La lectura puede abrir posibilidades para elaborar un mundo propio o dar forma a la existencia, indica.

Es verdad que leer es un acto solitario y tal vez por eso haya quienes generalicen al afirmar que los jóvenes no leen, porque, desde una visión estereotipada, asocian juventud exclusivamente con la algarabía y la «manada». Pero, al hacerlo, están invisibilizando a aquellos muchachos y muchachas que, aun gustando de fiestas, de ser parte de un grupo, también disfrutan del placer de estar a solas con un libro.

Invisibilizan a esos que sí compran libros para leerlos y no por «el figura'o» o porque hacerlo es «lo que toca» en tal o cual momento. Ignorar a esos jóvenes, ahora que, al menos en La Habana, concluyó la Feria del Libro, sería no hacerles justicia, desconocer que ellos siguen votando porque a cabeza llena, corazón contento, y con alas.

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