Moda tecnológica: Apagado o fuera del área de cobertura

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Moda tecnológica: Apagado o fuera del área de cobertura
Fecha de publicación: 
7 Junio 2016
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Fotos: Annaly Sánchez Díaz

No pudo suponer aquel que estrenó el primer servicio de telefonía móvil comercial, allá en la ciudad estadounidense de San Luis de 1946; y, más cercanos en el tiempo, ni Steve Jobs, fundador de Apple junto a un par de amigos, ni Bill Gates, cofundador de Microsoft, que con muchos años de antelación empezaban a condicionar el divorcio de Leyanis y Michel.

Cuando en 2004 la red social Facebook entró en funcionamiento solo como una discreta novedad en la Universidad de Harvard, nadie podía suponer que este acontecimiento, así como el surgimiento de Twitter, dos años después, quedarían enlazados al divorcio de este par de cubanos. Pero ya se dijo, el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tornado al otro lado del mundo. Es un concepto de la Teoría del Caos.

Y en un caos devino la vida de Michel y Leyanis cuando él no pudo más. Después de muchísimos intentos por atraer la atención de su esposa, se rindió ante la competencia que le hacían las nuevas tecnologías.

Es una historia real, aunque con los nombres cambiados. Probablemente, casi todo el mundo conoce de episodios sin final feliz asociados a las nuevas tecnologías, en particular a teléfonos móviles y tablets.

Más que etiquet@, respeto

Tantas veces se han erigido estos inalámbricos como breves pero infranqueables barreras a las relaciones interpersonales, que hasta hay quienes han acuñado los términos de "tecniqueta", etiqueta tecnológica y otros, para referirse a las normas de comportamiento en sociedad cuando se porta uno de esos equipos.

Pero más que etiqueta o protocolo, normas, o como se le quiera llamar, sería preferible comprender en primera instancia que el asunto no va por el camino de lo formal, lo epidérmico. La educación, para ser efectiva, tiene que pasar por los afectos, por el respeto a los demás y a uno mismo. Es una manera de querer.

Nótese también que no se trata de la educación en la red, esa es otra cosa; la que indica, por ejemplo, no escribir con mayúscula en los mensajes o diálogos porque equivale a gritar. Sugiere también no enviar spam o sumarse a cadenas de mensajes, además de otras recomendaciones.

En este caso no es para comportarse en el mundo virtual, sino en el cotidiano y tangible de todos los días.

Pero si hay quienes han olvidado dar los buenos días, decir por favor y gracias –lo más elemental-, quizá resulte complicado que esto se lleve a la práctica. De todos modos, es importante.

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Debería tenerse en cuenta, por ejemplo, que en la mesa, cuando se está consumiendo algo, sobre todo si es en compañía, no debe hacerse uso del teléfono móvil. Qué mal cae que quien está frente a ti compartiendo el almuerzo, se la pase conversando con alguien o enviando mensajes. Es más desolador que estar solo. Resulta el equivalente contemporáneo de aquellos que escogían leer el periódico justo en el momento de sentarse a la mesa.

Y si tal situación ocurre en un restaurante, cafetería, o en una casa a donde se ha sido invitado, es todavía más doloroso, porque hay testigos.

Lo correcto, si se espera una determina llamada o mensaje, es avisar a las otras personas sin dar detalles y, cuando por fin llega, pedir permiso y salir del comedor para responder. Lo mismo debe hacerse ante una llamada no esperada.

No lo oyó

Hace relativamente poco, leí o escuché sobre un suceso escalofriante ocurrido en esta ciudad. Una muchacha venía con sus audífonos puestos, abstraída en la música a todo volumen, y, al llegar al paso peatonal, no escuchó que todo el mundo le gritaba que venía el tren. Tampoco se percató del silbido de la bestia de hierro que se acercaba. Para qué redundar en el dramático final.

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Ese fue un hecho extremo, pero cuántos cubanos y cubanas, sobre todo jóvenes, no se han llevado sus buenos sustos por andar por la vía desconectados del mundo real. Lo mismo peatones que conductores. No solo se hace difícil oír un claxon o un grito de aviso, hasta atender al semáforo se complica cuando uno va concentrado en una conversación o un mensaje, o secuestrado por los altísimos decibeles de una canción.

También por las aceras, en los transportes y otros sitios públicos anda cierto tipo de cubano que, más que ver, quiere ser visto; más que escuchar, quiere ser escuchado. Es aquel que se pone a conversar a voz en cuello por su móvil sin tener en cuenta que a nadie interesa su charla. Ese, además de problemas de educación y buenas costumbres, tiene ciertos problemas de personalidad.

A veces ni atiende a lo que le están diciendo del otro lado de la línea, lo que quiere es que la gente que pasa vea que él tiene un celular y cuánto rato habla por él. Claro, lo que para una buena parte del mundo es pan comido hace muchas décadas, no hace tanto que se ha hecho sitio en Cuba como algo normal. Tanto es así, que al principio, muy al principio de estrenarse en la Isla la telefonía celular, quienes andaban con ellos hasta trataban de esconderlos y que nadie se enterara, se metían en el baño para hacer una llamada y siempre lo ponían en vibrador para que el timbrecito no delatara que él sí, él sí podía y tenía.

Hubo por entonces, dicen, algún que otro que se agenció un móvil de juguete, y cuando detenía su auto en la roja del semáforo, se reclinaba en la ventanilla a “conversar” animadamente con el cacharrito de mentira. Variante patética del quiero y no puedo.

Pero de un tiempo a esta parte, ocurre lo contrario. Y personajes como el descrito más arriba, el que gusta de especular, deriva en especímenes como uno que me contaron: programaba la alarma de su móvil para que timbrara cuando estaba rodeado de personas, y entonces hacía como que conversaba y contaba de sus abundancias bien alto, para que todo el mundo se enterara que él sí, que él también.

Si comer o andar por la calle no se llevan muy bien con las nuevas tecnologías, tampoco el diálogo, la comunicación frente a frente.

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A veces, ignorar a la persona con la que se habla, dejarla con la palabra en la boca o simplemente no atenderla lo suficiente para concentrarse en un display, duele más que un portazo o una mala contesta. También en esos casos es imprescindible pedir permiso para consultar el móvil si hacerlo fuera de verdad imprescindible.

Pero los hay que viven enganchados a esos aparatos como el bebé a la placenta. Aun cuando la conectividad en esta Isla diste todavía mucho de lo necesario, abundan los cubanos que igual permanecen prendidos a su celular, revisándolo cada minuto para ver si “le entró algo”. Eso sin hablar de los que se la pasan jugando.

No importa que la novia le esté comentando que cree estar embarazada, no importa si el padre le habla sobre un dolor o el amigo sobre un pasaje, toda la atención queda en la pantallita. Además de ser una completa mala educación, una grosería, es también un mal querer.

Y esto es válido lo mismo puertas adentro que fuera del hogar. Nada justifica que por estar en chancletas y short en la casa, se desatienda a lo que dice la pareja o un familiar. Ellos más que los amigos y los desconocidos, merecen lo mejor.

Shhhhhh

Tanto han molestado los timbres de celular en medio de una presentación de teatro, ballet o de una película, que algunos establecimientos ya han optado por solicitar en un cartel que se silencie el teléfono antes de comenzar la función.

Pero aun con cartelito o sin él, casi nunca falta que cuando más dramática o divertida está la cosa, reviente desde cualquier rincón de la sala oscura un reguetón, una vocecita, y hasta un rugido –son variadísimos y muy originales los tonos-, avisando de una llamada.

Lo mismo sucede en bibliotecas, museos, salas de conferencias o reuniones.

La profesora M. Isabel Castaño bien puede contar sobre lo originales que resultan por estos días los tonos de celulares. Aunque está cansada de pedirles a sus alumnos del politécnico que silencien sus teléfonos, siempre hay algún “olvidadizo” a quien lo llaman en medio de la clase. Al final de cada jornada, la profe tiene sobre su mesa en el aula unos tres o cuatro móviles indisciplinados.

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Lo comentado hasta aquí incluye no solo las llamadas telefónicas y mensajes de texto. También jugar, leer o escuchar música se puede convertir de algo simplemente entretenido y/o útil, en motivo de molestias a terceros y hasta en un conflicto. Por no hablar ya de los daños que podría ocasionar al sistema auditivo el altísimo volumen a que a veces se escucha música en esos dispositivos.

En los años 70 era lo más común aquí tropezarse por la calle o en la guagua con alguien portando un inmenso reproductor (grabadora se le decía), que mientras más grande fuera, mejor, no solo por los decibeles sino por aquellos del “figura’o”, que hoy se llama especulación.

En el presente, son dispositivos pequeños, a veces minúsculos, pero cómo molestan cuando quien los lleva decide ignorar los audífonos y ponerse a escuchar música “a todo lo que da”, en espacios públicos que van desde una guagua, almendrón o bicitaxi y un elevador, hasta la sala de espera del dentista o la notaría.

¿En el cepo?

Las nuevas tecnologías de las que aquí se habla son de lo mejor que se ha inventado en los dos últimos siglos. Que nadie piense que aquí se está denostando de ellas o pretendiendo emular con el asesino imaginado por Ray Bradbury, que decidió liquidar a cuanto aparato, propio o ajeno, lo rodeaba.

Pero de reconocer sus tantas virtudes a convertirse en sus esclavos, va un tramo, un bulto de terabytes.

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No parece razonable dedicar horas frente a la pantalla o la pantallita, cultivando amigos virtuales, por ejemplo, cuando son muy pocos o ninguno los de verdad y ni siquiera saludamos al vecino más cercano. Tampoco es conveniente sumergirse en un juego digital quién sabe cuánto tiempo, ganando puntos y vidas, cuando la vida real, finita por cierto, nos pasa por al lado sin darnos cuenta.

Conductas como esas fueron las que acabaron con el matrimonio de Leyanis y Michel. Él se cansó de que al invitarla a comer, ella se pasara prácticamente la mitad de la comida conversando con las amigas; de que al contarle alguna preocupación o deseo, ella apenas lo atendiera porque en ese momento le estaba entrando el horóscopo del día y no podía esperar a luego.

Michel se cansó de que Leyanis, cuando permanecía a su lado, no estuviera en realidad. O la aislaban de la vida unos audífonos que solo franqueaban el paso a la música de su IPhone, que se la pasaba revisando el aparatico a ver si no sé quién le había respondido.

Él no esperaba porque cumpliera una fría etiqueta, una estricta lista de normas de comportamiento o protocolo. El respeto, los afectos y el amor trascienden esos almidones. Pero ella quizás no podía comprenderlo. Se volvió una compañía fantasma, y los fantasmas -concluyó decepcionado pero convencido su esposo - hay que espantarlos.

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