Liborio Noval: «Mi destino era ser fotógrafo»

Liborio Noval: «Mi destino era ser fotógrafo»
Fecha de publicación: 
4 Octubre 2012
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Hace apenas unos días, Liborio Noval y yo nos encontramos en La Habana Vieja, en la inauguración de una muestra colectiva con motivo del evento Paisajes en la Oficina del Historiador.

El Palacio de Lombillo, en la capitalina Plaza de la Catedral, exhibe —hasta finales de octubre— tres instantáneas de ese artista del lente, uno de los cronistas de la historia de la Revolución cubana.

Su reciente desaparición física, el pasado 29 de septiembre, nos sorprendió a muchos, con dolor. Tenía, y tengo una deuda con él: la publicación de una extensa entrevista que incluiré en mi primer libro, ahora en preparación.

Para conocer a Liborio Noval Barberá hay que remontarse a enero de 1953, cuando comenzó como investigador de mercado en la agencia publicitaria Siboney. Tras diversos periplos por la Isla, a inicios de 1957 la empresa había crecido y necesitaban un ayudante con vistas al departamento de fotografía.

«Pusieron un negativo en la ampliadora, apagaron las luces y me mostraron la imagen lista para imprimir. Pregunté: ¿después de esto se botan los negativos? Tal vez ahí nació mi amor por la fotografía; es el amor que más me ha durado en la vida», sentenció.

Nuestra charla tuvo un orden cronológico. Conversamos durante algo más de dos horas, cómodamente sentados en su cuarto-estudio, aislados del ruido callejero e interrumpidos, a veces, por alguna llamada telefónica.

Tuvo la paciencia de contarme anécdotas y pasajes de su intensa carrera profesional, una suerte de confidencias que, aseguró, "desde que me gradué en los Escolapios de La Habana, nunca más me había confesado".

-¿De qué métodos, de qué herramientas te has valido para conformar esa crónica gráfica cubana en los últimos 50 años?

-Es una pregunta bastante difícil y abarcadora. A mediados de 1957 yo empecé a hacer lo más mínimo y básico de la fotografía. Nunca pensé ser fotógrafo de prensa. Ya en 1958 yo hacía algunos anuncios en colores y en blanco y negro, con los dibujantes, para los distintos periódicos y revistas existentes en aquel entonces, pero no tenía conciencia.

Triunfa la Revolución, y el compañero del Movimiento 26 de Julio que atendía una célula en Siboney, me preguntó si podía cooperar con ellos en el periódico Revolución; eso fue en los primeros días de enero de 1959. Empecé en Revolución como laboratorista. Yo le revelaba los rollos a Raúl Corrales y a un fotógrafo cubano que venía de Nueva York, que se llamaba Jessy Fernández.

Todo el trabajo lo hacía en Siboney, y lo llevaba a Revolución, y así me pasé casi todo el año 59. A principios de 1960 se cierran las publicitarias, y yo me quedo trabajando en Revolución como fotógrafo. Desde finales de 1958 tenía una cámara Nikon-S, con dos pequeños lentes: uno de 50 milímetros y otro de 35 milímetros; una cámara que en aquel momento era muy buena, pero no tenía para gatillar, había que darle vuelta para pasar los rollos, no tenía fotómetro, había que enfocar a mano, y con ella empezamos a hacer las cosas del periódico.

Empecé también a recorrer, otra vez, el país, que ya había recorrido desde 1953 hasta el 57, gracias a la publicitaria Siboney. Esta vez hacía reportajes y viendo cosas que, ya había visto, pero con otra mirada, otra concepción y otra conciencia que no tenía en el 53. Ya en 1959 tenía otra conciencia política, que la fui adquiriendo desde el 53, pero sin saberlo.

Por suerte para mí, nos reunimos en el periódico Revolución un grupo de fotógrafos que usábamos 35 milímetros. No eran los del periódico Alerta, que se quedaron en Revolución y usaban otro tipo de cámaras con películas más grandes, habituados a hacer otro tipo de trabajo.

Por suerte, nos reunimos un grupito, y siempre lo he dicho, éramos una familia: a Corrales ya lo conocía desde 1957, fue uno de los que me enseñó un poco a hacer las cosas.

Yo era una esponjita en aquel momento. Vino Osvaldo Salas de Nueva York, me adoptó como hijo y yo lo adopté como padre. Vino después Roberto Salas, el hijo, y somos como hermanos. Estaba Korda -que ya lo había conocido antes, pero no tenía relaciones de trabajo con él-; Ernesto Fernández, Mario García Joya, y nos nucleamos todos en Revolución, haciendo cosas.

-Tú me hiciste una anécdota graciosa de aquella etapa.

-Sí, lo sé. A veces, cuando había una concentración, nos dividíamos en la Plaza (de la Revolución), nos movíamos por todos lados; yo no sabía lo que estaba haciendo Korda, ni lo que estaba haciendo Salas, ni Corrales, ni ellos sabían lo que estaba haciendo yo.

Después imprimíamos -había que imprimir en el laboratorio, a veces nos ayudábamos nosotros mismos; el viejo Salas imprimía, y yo revelaba, o viceversa, todo era un gran corre-corre porque había que presentarle al director del periódico 200 o 300 fotos encima de la mesa cuando se hacían cuatro, o cinco, o seis páginas de las concentraciones-, y entonces evaluábamos nuestro trabajo.

Así empezamos; siempre se va pegando algo. Teníamos algunos fotógrafos de más edad, con algo más de experiencia. Había un jefe de fotografía, el viejo Tejeiro, que tuvo una especie de cooperativa fotográfica y era una especie de "brujo", preparando reveladores y haciendo cosas de laboratorio. Había periodistas que tenían años de trabajo, y tomaban una foto y la doblaban, ¡era increíble!

Uno de ellos, el viejo Figueroa, nos aportaba una serie de clases de composición fotográfica impresa. Y aquello fue dándome un barniz de cómo debía ser la fotografía de prensa.

Hoy, mirando las fotos de aquella época, hechas con la película que le sobraba al ICAIC, con los reveladores que preparábamos, a veces me pregunto cómo fue posible que tirando una o dos fotos solamente, en aquel momento, con las condiciones de iluminación, con los lentes que teníamos, salieran esas imágenes que son buenas. Tú no podías tirar 10 o 15 fotos, porque no había un motor, no había gatillo, y salían. Pero eso lo ves al cabo de 50 años de experiencia.

A lo mejor -lo he dicho en varias ocasiones-, mi destino era ser fotógrafo. No sé. Hay veces que yo, muy íntimamente, acostado en la cama, me pongo a pensar: por qué hago estas cosas; por qué veo estas cosas; por qué las cosas que hago -que no tienen que ser fotos políticas, ni fotos de la Revolución, sino otro tipo de cosas que estoy haciendo-; personas que saben más, específicamente del arte, me preguntan cómo lo he hecho, y no sé qué responder.

Fuimos conociendo artistas, fuimos viendo exposiciones. Tampoco teníamos relación con ningún otro fotógrafo fuera de Cuba. O sea, yo no puedo decir que conocí a Cartier Bresson, porque vine a ver sus cosas 30 años después. Y las cosas de René Burri, a él lo conocí en el 2002.

Es que nunca pensé ser un fotógrafo de prensa, ni ser lo que dicen que soy ahora. No creo que soy el ombligo del mundo. Nos tocó hacer algo sin saber que éramos históricos -y no me gusta la palabrita esa, como tampoco me gusta la palabrita épica-; nos tocó hacer eso, estábamos allí, tuvimos las facilidades, la suerte de podernos mover.
Tuvimos las facilidades y la suerte de retratar al Che, de retratar a Fidel y a los dirigentes de la Revolución como nos dio la gana. Nadie nos dijo nunca cómo teníamos que retratarlos.

-Pero me contaste una vez que Celia (Sánchez Manduley) se les acercó...

-Celia iba mucho al periódico Revolución, y después iba mucho al periódico Granma. A veces llegaba a la una o las dos de la madrugada; nosotros empezábamos a las 9:00 de la mañana y nos íbamos a las tres o las cuatro de la mañana del siguiente día; así sucedía todos los días.

Al principio nos quedábamos a ver el periódico en la rotativa, impreso, para ver las fotos nuestras; esa era nuestra inmodestia, nuestro orgullo. Ver una foto en primera plana, o en un reportaje, con el nombre tuyo, y en aquel momento, con 25, 26 o 27 años, ver una foto tuya en el periódico más importante del país, Âíera tremendo!

Un día, estábamos un grupo -Roberto Salas y yo, entre ellos- hablando con Celia, eso fue en el año 1960 o 61. Ella se puso a ver fotos, y nos dijo: «¿Ustedes no saben que están haciendo la historia gráfica de la Revolución?»

Celia era una mujer muy afable, muy amable, muy cariñosa, se llevaba muy bien con todos nosotros, y sabíamos que a veces teníamos un manto protector en algunos lugares con Celia.

O sea, no teníamos a nadie que nos estorbara porque -mi opinión personal- Celia nos abría un camino, o a lo mejor decía: «Dejen trabajar a esta gente». No sé por qué tengo esa intuición, por algunas cositas que sucedieron.

-Nunca fue manifiesto...

-No, pero tú lo notabas, por muchas razones. Siempre que me iba a mover, lo informaba; no pedía permiso. O me llamaban a determinada posición; o los quitaba (a los escoltas), para que no salieran en la foto, pa' no achicharrarlos. Esa serie de cosas que vas aprendiendo, sobre todo sabiendo que tienes que llegar a una línea, y no puedes pasarla.

Fidel (Castro) podía estar hablando con cualquier persona, muy importante; yo tiraba la foto, y me iba. Yo aseguraba mi trabajo, y me iba. Me iba para otro lugar que sabía que estaría Fidel, pero para estar adentro, poder hacer la foto y salir otra vez.

Todo eso te lo va dando la experiencia; a lo mejor no te lo dice nadie, pero tú lo vas intuyendo, por eso te digo -te lo dije al principio- a lo mejor mi destino era ser fotógrafo. No un gran fotógrafo, ni el fotógrafo más importante de Cuba -porque no lo soy-, me ha tocado hacer cosas que no han hecho los demás.

Creo que siempre que se va a contar la historia de la Revolución, hay que recurrir a un grupo grande de fotógrafos, porque yo no tengo la historia de la Revolución; ningún fotógrafo tiene la historia de la Revolución. Tienes que reunir a 20, 30 o 40 fotógrafos para hacer la historia gráfica de la Revolución. Eso para mí es muy importante.

-Una vez me dijiste que no eras el fotógrafo de Fidel Castro, pero sí quien más fotos le ha tomado durante 44 años...

-Eso no lo dije yo; eso lo dijo Fidel el 12 de octubre del 2000, en una reunión que sostuvimos cuatro fotógrafos con él y con un documentalista chicano, que estaba haciendo una película sobre Korda.

En una ocasión, en el estudio televisivo de la Mesa Redonda, a raíz del conflicto con el niño Elián González, le presentan el documentalista a Fidel. Yo trabajé todas las Mesas Redondas sobre Elián, desde la primera hasta la última, y Fidel iba todos los días.

Aquel día se había acabado el programa, yo había tomado algunas fotos, y el chicano le pidió una entrevista a Fidel. Ya este nos conocía a Korda, a Corrales, a Salas y a mí, y quería incluirnos en el documental sobre Korda.

Fidel le dijo en varias ocasiones que no le podía dar la entrevista, que estaba muy ocupado, y allí estuvieron conversando unos 20 minutos. Al final, Fidel le preguntó cuándo se iba, y dejó abierta la posibilidad de la entrevista.

Al otro día, cuando Fidel llegó al estudio -a eso de las 5:30 de la tarde-, me llamó y me preguntó: «¿Tú crees que la entrevista pueda ser esta noche?». Le pregunté si podía ser en el propio estudio, pero le advertí que había que localizar a los demás (aunque yo tenía a todo el mundo aguantao en sus casas previendo).

Fidel me respondió que podía ser en su despacho, en la noche, 15 minutos; allí, en la parte de afuera, Roberto Chile le montó un set con luces. Llamé a la gente y los cité a las 8:30 de la noche al Consejo de Estado, o sea, adelanté media hora, como el caballo del General, porque la cita era a las 9:00.

Yo vine a casa, me cambié de ropa, y me llevé una cámara. Llegaron Korda, Corrales, Salas, el chicano, y también estaban Chile, Álvarez Tabío, y Fidel empieza a conversar sobre cuándo conoció a todos los fotógrafos, comenzando por Osvaldo Salas, a quien encontró en Nueva York, en 1955, cuando estuvo solo tres días.

«Eran tu padre, y tú; yo conocí primero a tu padre, y después te conocí a ti», le dijo Fidel a Roberto Salas. Después conoció a Korda, y luego a Corrales. Yo estoy sentado al lado de Fidel -tengo una foto de ese encuentro en mi cuarto-, y de repente dice: «El último que conocí -y me da unas palmadas en el hombro- fue a Liborio, este que está aquí, que es el que lleva 44 años haciéndome fotos». Eso está recogido en un video.

íImagínate! ¡Eso es una medalla! ¿Qué iba a pensar yo que Fidel, la figura internacional que es, dijera semejante cosa? Además, yo nunca he sido el fotógrafo oficial de Fidel; siempre me lo preguntan, y siempre lo digo. Éramos muchos fotógrafos que lo retratábamos, son muchos los nombres.

-Pero todos te reconocen como el fotógrafo de Fidel...

-Bueno, puede que yo sea el fotógrafo que más fotos le ha hecho a Fidel pero, por ejemplo, estuve muchos años sin salir al exterior con el jefe; iba Oller, Pablo Caballero, Mayajigüa, Arnaldo Santos, Mario Ferrer y Salas les hicieron fotos, pero me tocó ese tiempo, porque desde 1990 hasta el 2002 yo iba a todos los viajes con Fidel, y no porque quisiera sino porque me llamaban, como también lo hacían con otros camarógrafos de la televisión y otros periodistas. ¡Nos tocó! Y nunca pregunté por qué.

-¿Hay alguna obra que esté pendiente, alguna foto que hayas querido hacer y esté pendiente en el subconsciente, o en tu conciencia?

-Mira, al viejo Osvaldo Salas le hicieron esa pregunta una vez, y dijo que la foto que tenía pendiente es la que haría mañana. Eso lo dijo en la década de 1960, y lo repitió un montón de veces.

Yo no sé lo que voy a hacer mañana. El 23 de marzo de este año (2012) no sabía cómo iba a retratar al Papa (Benedicto XVI). A lo mejor mañana salgo y encuentro un colibrí volando, no sé.

¿Pendiente? Creo que ya hice todo lo que nos tocó hacer, en el momento que nos tocó hacerlo, y lo hicimos con la convicción de que debíamos hacerlo -y no quiero caer en el politicismo-; teníamos una convicción revolucionaria para hacer las cosas en el momento que se debía, y sabíamos por qué motivos estábamos haciéndolo, para qué lo estábamos haciendo.

Ahora estoy haciendo exposiciones con temas artísticos, y las hago con un motivo, si se quiere político: decir todas las cosas que veo y puedo hacer. ¿Por qué Liborio hace fotos de paisajes? Porque la Revolución me lo enseñó. A lo mejor no hubiera sido fotógrafo, y lo soy gracias a la Revolución.

Si aquí no hubiera existido una Revolución, tú no estarías haciéndome esta entrevista ahora. Si aquí no hubiera existido una Revolución, a lo mejor tú no fueras periodista. No vamos a hablar de las cosas buenas ni de las malas, ni de las que hay que arreglar. íVamos a hacer!

-¿Cómo te definirías?

-Como un cubano común y corriente, habanero reyoyo, nacido en La Habana Vieja, porque nací en una casa, no en un hospital. Cuando tengo que ser jodedor, lo soy; cuando tengo que ser serio, lo soy; cuando me tengo que explotar, me exploto. Así soy yo.

-¿Qué haces en estos tiempos?

-Sigo haciendo fotografía, soy demasiado intranquilo para quedarme cruzado de brazos. He admitido, sin creérmelo mucho, que tengo visión para ciertas cosas que quizás otra persona no ve. Ahí estoy de acuerdo con el francés Cartier Bresson, cuando dijo: «Son muchos los que miran, y pocos los que ven».

Para hacer una foto hay que verla primero. Los ojos envían la imagen al cerebro y, este, a su vez, la envía al dedo índice de mi mano derecha. No quiero que este último padezca de artritis; tengo que seguir ejercitándolo.

*Periodista de la Redacción Cultural de Prensa Latina

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