Que opinen todos «libremente» (solo si hay negocio)

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Que opinen todos «libremente» (solo si hay negocio)
Fecha de publicación: 
26 Noviembre 2020
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Ahora resulta que lo «neutral» es «progre», que puede decirse cualquier cosa como homenaje al «derecho» (aparentemente democrático) de permitir que cualquiera diga lo que se le antoje, en cualquier lugar y a cualquier hora. Que, bajo el argumento, siempre en abstracto, de la «libre expresión» (¿de quiénes?) hay que darles palestra a los dichos (y hechos) que le salgan de las amígdalas a quien consiga, gratis o pagado, un altavoz. En suma, parece muy «pluralista» ser copartícipe de la neocolonización ideológica que habíamos acordado no volver a permitir en nuestras vidas. Resulta que ahora es de gente «abierta», reducir la democracia al oficio-rentable- de quedar bien con todos.

En auxilio de semejante mascarada, «ni tardos ni perezosos» los mercenarios disfrazados de periodistas se procuran un «punto medio» (inexistente por otra parte) para granjearse «audiencias plurales» y no exactamente porque respeten las diferencias tanto como adoran los puntos del rating. Ya aprendimos lo suficiente del mercado de la «opinión pública» como para creer en la buena voluntad pluralista de esos que, en realidad, inclinan todas las balanzas de sus intereses al lado del negocio, sea este mercantil o político… o todas sus combinaciones. No compremos emboscadas del liberalismo mediático de comerciantes equilibristas.

Convencidos de que pontifican argumentos incontestables, algunos pícaros de los mass media han encontrado un camino «verosímil» para garantizarse amplitud de clientelas. Dan lugar a unos y otros por «igual» con un zopenco «sentido común» hijo del desparpajo y disfrazado de «librepensador»: «todos pueden decir lo que se les dé la gana»; que se es «libre de opinar» y que, al amparo del subjetivismo y el individualismo («todo es según el color del cristal con que se mire»). Sueltan la lengua bajo el capricho de conspiraciones o compulsiones. Vivimos bajo el imperio de un verdadero torneo de irresponsabilidades lenguaraces. Aunque parezca muy «educadito», haciéndose pasar por democrático el oficio de vender publicidades o propagandas, a tirios y troyanos.

Nuestra historia es la de una especie que asume decisiones y las desarrolla de manera dialéctica... superadora. No habría civilizaciones sin una estructura y superestructura, enormes, descansadas en compromisos irrenunciables.

Algunos ahora (no sin hacerse sospechosos) vociferan la defensa de espacios para escuchar lo «diferente» que, ya de-senmascarado, no es sino dar micrófono a criminales imperdonables, aunque algunos gocen de libertades, arropados por el jet set de la impunidad y la impudicia. Son corifeos retrógrados que, en nombre de un liberalismo (de los negocios), pavimentan la libre circulación de ofensivas ideológicas contra la especie humana toda y contra sectores específicos, víctimas de las canalladas del sistema. Y ganan fortunas con eso. Hay ejemplos a raudales. Tal estrategia, que no es nueva, se renueva según las urgencias de las derechas que no encuentran cuadros nuevos y se ven obligadas a resucitar a sus muertos vivientes envueltos en celofanes demagógicos. Levantan a sus cadáveres ideológicos para que den conferencias, seminarios y ruedas de prensa. Los insertan en todo tipo de programaciones televisivas o radiofónicas, de prensa escrita o de redes sociales. Sacan a pasear a sus difuntos intelectuales para que esparzan las pestes (que creímos superadas) como si fuesen baluartes filosóficos o «tesoro de la juventud». Y hay charlatanes mercenarios, que limosnean rating a cualquier precio, muy prestos a bajarse los pantalones para hacer de «patiños» ideales al portavoz de las canalladas que lavarán la cara de sus crímenes… ante públicos «pluralistas». Dicen que tienen «todo el derecho». Y no lo tienen. Que lo decidan las víctimas.

No es aceptable decir cualquier sandez y menos aceptable es su defensa desvergonzada. Aunque se tengan títulos o licencias. Aunque se digan en tono «culto» o con histrionismo de erudito. Es imperativo sostener mucha firmeza en este terreno. Nos han asfixiado con su verborrea estiércol. No se trata de prohibir las ideas ni el derecho a sostenerlas libremente, de lo que se trata es de asegurarse de que, tales ideas, no trafiquen impúdicamente para infligir más penurias a los más débiles, ni más opresión a los históricamente oprimidos.

Ofende la inteligencia de los pueblos que han debido fumarse, hasta el hartazgo, las justificaciones más obscenas del capitalismo en todas sus variedades. Hay que dejar en el mausoleo de la manipulación la «buena voluntad» volteriana y, a cambio, «con los pobres de la tierra la suerte echar». Y más que ocuparse de dar micrófono a los canallas, hay que expropiarlo desde las luchas sociales que realmente tienen cosas nuevas para decirle a la Historia toda.

Hay que democratizar las herramientas de comunicación y de producción de sentido. No más emboscadas plañideras defensoras de la libertad burguesa. Hay que democratizar la palabra. Ponerles a los micrófonos la semántica emancipadora de pueblos en combate contra la dictadura eterna del discurso de los mismos. Los de siempre.

Tomado de Granma

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