Geopolítica: La guerra asimétrica como horizonte
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¿Para qué sirve el derecho internacional? Su carácter no vinculante y su fundamento basado en el consenso de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial han colocado en crisis sus elementos funcionales. Ahora, cuando el mundo de Yalta hace aguas y los Estados Unidos ve en peligro su hegemonía comercial y estratégica, los círculos gobernantes le dieron una patada a la mesa y han actuado en consecuencia. Las leyes están hechas para los débiles, pareciera que dicen los hegemones. El pragmatismo más llano, incluso el más primitivo, de pronto toma sentido. No es que haya que validar esas posiciones, no es que de pronto se tenga que desconocer el derecho civilizatorio de millones de personas que no forman parte de los círculos centrales anglosajones; los análisis no deben hacerse con las emociones, sino con hechos. En esta redada solo se han salvado aquellos estados que poseen armas de disuasión nuclear y que representan una amenaza existencial.
Los escenarios son diversos, pero sobre todo hay que analizar las movidas geoestratégicas. Estados Unidos quiere sellar en las tres regiones que componen las Américas. Ya en el sur, los tratados hechos con Javier Milei y el cambio de gobierno en Bolivia y Chile hablan de las jugadas maestras del ajedrez desde Washington. No es necesario allí llevar adelante otra agenda que la que está instaurada desde la oficialidad. Trump se lo dijo a Milei, que lo apoyaría solo si ganaba las elecciones, como en efecto sucedió en la Argentina. En el centro, Estados Unidos realiza las operaciones contra las tres naciones socialistas. En el norte, las acciones se centran en Groenlandia. La pinza perfecta aseguraría que las tres entradas al continente queden bajo control norteamericano, por la vía armada o por la de los tratados, ya sean formales o no, de facto o de jure. No se trata de una guerra ideológica, es una confrontación entre superpotencias por la geopolítica del último bastión que le queda a Estados Unidos: su hemisferio occidental. Ya no pudieron sostener otros escenarios e incluso, allí donde aún sostienen alianzas, como el Medio Oriente, el poder es más inestable y las fronteras entre lo controlado y el caos se tornan difusas.
¿Dónde está el error de Trump y su corolario? El mundo vive una transformación hacia lo líquido desde lo sólido llevado de la mano por la modernidad globalizada. El mismo mecanismo que dio paso a la desindustrialización actúa sobre el concepto de fronteras y de guerra y hace difuso cada término de enfrentamiento. Se está hablando aquí de una guerra asimétrica en la cual no siempre lo importante es ganar una batalla o tener mejores armas, sino golpear con mayor precisión y tecnología o hacer la movida diplomática geopolítica exacta. Una guerra asimétrica elige el escenario peor para el adversario y el mejor para uno, potenciando las diferencias en detrimento del otro. En la era de la digitalización, se usa una mezcla de inteligencia + tecnología que otorga la superioridad en materia de iniciativas bélicas. Lo importante pasa de ser la estrategia tradicional de posiciones y se sitúa en manos de visiones más rápidas y voraces de los avances en forma de comando tal y como se vio en Venezuela contra Maduro. La frontera entre lo real y lo irreal, en materia de infocomunicación, también queda dañada, y lo que se impone es una especie de realidad moldeable por los intereses, la cual se construye y deconstruye a favor del poder. Entonces, los avances del corolario pueden ser momentáneos, pero se pagan a precio de rey a mediano y largo plazo. La inestabilidad que se genera hoy para crear condiciones efímeras de ventaja, mañana puede resultar de peso en términos de calculadoras de riesgo para los inversionistas.
Pongámonos a pensar de qué le sirve a una superpotencia adueñarse de un territorio al cual haya arrasado y dejado sin infraestructura. Por eso la guerra asimétrica se aplica allí donde además se va a ejercer cierto dominio posterior. En el caso de Gaza, se evidenció la terrible crisis post arrasamiento creada por Israel, lo cual devino un problema mayor tanto para aliados como para la propia Tel Aviv. La guerra asimétrica impide todo eso, lo reacomoda y consiste en golpes quirúrgicos que restauran un equilibrio favorable a negociaciones en torno a quién posee más ventaja.
¿Es una guerra asimétrica la que lleva a cabo Trump para establecer las tres cabezas de control en las Américas? Sí y no. En materia diplomática la asimetría ha obviado los tratados que le daban influencia a Estados Unidos, quebrando importantes alianzas y deshaciendo la ventaja en materia de derecho internacional que ganaron tras la segunda guerra mundial. Lo asimétrico hubiera sido instrumentalizar el derecho internacional, que es la agenda que hasta el momento se había seguido, con lo cual se quiebra el bloque adversario y se le obliga a aceptar condiciones. Al usar la fuerza o amenazar con eso a antiguos aliados como Dinamarca, la asimetría en materia diplomática y de poder inteligente decrece y se coloca de parte de la porción agredida. Es asimétrica en tanto las acciones concretas pudieran usar elementos variados y no solo la fuerza, pero en cuanto a su peso geopolítico se trata de poder duro. Los adversarios —desde su postura diplomática de comunicados— mientras tanto pueden mostrar una actitud más conciliadora y marcar las líneas rojas a partir de los compromisos reales en materia de relaciones internacionales. Eso, aunque parezca debilidad, en realidad es poder real y utilizable en el momento necesario, ya que crea alianzas, otorga legitimidad y le roba espacio en el relato de la democracia a los Estados Unidos.
La estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos se sigue basando en las nociones de Samuel Huntington en torno al choque de civilizaciones y el resguardo de las fronteras; cuando en realidad la modernidad líquida con su fuga de capitales y sus procesos de deslocalización ha deconstruido esa visión arcaica. El imperio —en caso de existir— tendría que ser un imperio líquido cuyas fronteras no estén en forma física, sino mental, usando la persuasión y la ideología del mercado a su favor. Sin embargo, persiste la mentalidad analógica del siglo XX, en la cual se construyen fronteras físicas y se las asume —ya que son tangibles— como la realidad, cuando realmente la virtualidad va más allá del entorno digital en un mundo líquido, globalizado, de capitales corrientes y fugaces y de dinero instantáneo. Todo lo que se cree sólido en realidad puede construirse como ficción en dependencia de cómo lo mira el poder y ahí tenemos la política de fronteras abiertas de los últimos años que se sirvió de los emigrantes para engrosar las fábricas y los famélicos sistemas de producción de occidente, ahora mismo colapsados por el mundo caótico postliberal.
El orden en el cual dejaron de ser importantes los tratados, las organizaciones y los consensos es también líquido, pero fuera de control. Es una política de perder perder donde ni siquiera la guerra asimétrica asegura una ventaja. Ahí hay que pasar a hacer análisis más basados en la virtualidad del poder y en cómo puede adaptarse a los nuevos entornos sin deconstruir su esencia de clase. Trump obviamente no es ese proyecto de poder inteligente que requieren ahora mismo las élites para autoconservarse y los errores en materia de política real serán quizás irreversibles.
Lo asimétrico de los conflictos entre los tres polos puede remarcar un nuevo equilibrio. Alexander Duguin dijo hace poco —cuando se produjeron los hechos en Venezuela— que Rusia estaba obligada a hacer algo terrible para buscar veracidad en sus acciones, pero lo cierto es que el comportamiento de rusos y chinos responde a usar la energía de agresión del adversario en su contra. Es como la filosofía del jiujitsu, un golpe regresa en la dirección contraria y se transforma en una trampa para el agresor. Por supuesto, hay consecuencias, hay un precio que pagar para todas las partes, pero la caída del mundo post Yalta no tiene que ser agradable, se está hablando de choques entre países con áreas de influencia. En este tablero Europa no cuenta, Occidente la está sacrificando con el precio de las sanciones y de la guerra en Ucrania mientras Rusia simplemente no les vende combustible. Todo lo que era del viejo mundo está en crisis y todo lo que es del mundo nuevo emerge con dolor, zozobra y terror para los más vulnerables. Ese es el verdadero drama, el de la hegemonía, que no es lo mismo que la dominación total. Siempre es algo variable, inconstante, con idas y venidas. Existen bajas colaterales, hay peones que caen y que se asumen como pérdidas menores. Eso es lo asimétrico de la batalla global, ahí reside la consecuencia de vivir en un cambio de era en el cual tendrá que haber posicionamientos.
En los análisis geopolíticos lo importante es no opinar con las emociones, sino ceñirse al tablero, hacer aseveraciones que vayan unidas a los sucesos y su deconstrucción. Confundir lo que se idealiza con lo que existe pudiera conducir a errores garrafales. Quizás algo de esto está pasando ahora mismo con Trump al ver lo físico donde tendría que ver lo líquido y lo gaseoso. Esa confusión tiene mucha relación con el desfase generacional y con la asunción demodés de variables de análisis que están en el siglo XX, con cuarenta años de atraso en relación con la estrategia china. Beijing se prepara para una pelea de jiujitsu no para un ring de boxeo, cuando los chinos vayan a golpear, usarán el golpe que ya les fue dado. De hecho, su doctrina nuclear se basa en no lanzar el primer golpe, sino ir a la defensiva. Eso difiere de los ataques preventivos que han sido tan centrales en el pensamiento militar de Occidente. Lo que le falta a Estados Unidos es la resiliencia de China, su flexibilidad, la flexibilidad del bambú ante el viento arrasador.
¿Qué pasará en el mundo si esta guerra asimétrica se desborda de las fronteras actuales y establece una nueva Yalta? No solo se trata de fronteras físicas, sino mentales. El nuevo orden postliberal no solo proviene de las decisiones de la élite de poder de Estados Unidos, sino de sus adversarios. En ese punto, se está definiendo no solo lo territorial, sino lo metafísico, la construcción de sentido.












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