El Club Antiglobalista: Los jinetes apocalípticos del transhumanismo

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El Club Antiglobalista: Los jinetes apocalípticos del transhumanismo
Fecha de publicación: 
3 Septiembre 2020
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Una de las ideas más peligrosas, dentro de las tantas que contiene la agenda globalista, es el transhumanismo. Los que sostienen este plan, tanto los firmantes de la declaración que inicia el movimiento en 1998 como quienes lo financian y promueven, quieren un mundo en el cual se renuncia al hombre y se aspira a otra cosa, con el pretexto de que solo las tecnologías nos darán aquello que tanto anhelamos. Este pensamiento puede rastrearse en la historia humana, desde el poema del Gilgamesh hasta el mito de Fausto recreado por Goethe en su famosa obra. De hecho, fue Julian Huxley, famoso biólogo evolucionista, quien estableció las bases del transhumanismo al proponer que no tenemos por qué estar sujetos a la lotería genética de la naturaleza, sino que pudiéramos apostar por un diseño inteligente con base en la ciencia y las cualidades humanas. 

En el plano de la propaganda, el transhumanismo se propone tres grandes metas que en apariencia son beneficiosas para todos: súper longevidad, súper inteligencia y súper bienestar. Y es que para ellos el proceso de degradación natural es una enfermedad que se podrá eliminar, en la medida en que se manipule la genética. También, los mecanismos cognitivos estarán sujetos a cambios mediante el uso de microchips y procesadores anexos a los cerebros darwinianos de manera que se erradiquen vicios morales, como la envidia, el odio, la venganza, la violencia. A simple vista, las declaraciones de este movimiento son muy positivas e incluso pudieran mejorar el tratamiento de enfermedades como el cáncer, cuya base está en la misma lotería genética. Pero a nivel político, del uso social de estas herramientas y metas científicas, entran otras implicaciones morales, éticas, relativas a la construcción del poder y del sentido. 

Dejar de ser humanos

Todo comienza a variar cuando nos enteramos de que el proyecto científico tiene como finalidad la disolución de las condicionantes que nos definen como especie, para apostar por algo que no conocemos, cuya existencia dependerá excesivamente de la tecnología y de quienes la manejen. En un mundo regido por la propiedad privada y la desigualdad, es obvio que los dueños del capital decidirán cuál es la vida ética, correcta y de qué manera llevarla a cabo, pues la fuente de dicho universo no es la democracia, sino el mercado. 

Dejar de ser humanos nos llevará entonces a renunciar a la condición que, si bien limitada, nos impulsó en el pasado a superarnos como especie, buscando los caminos de la libertad y de los derechos. En cambio, una máquina pudiera programarse perfectamente para que sea sumisa, sin tener en cuenta que técnicamente no está viva y se la puede desconectar o enviarla a la chatarra de forma arbitraria. El proyecto transhumanista es, así, deshumanizador y hegemónico, orgánico a quienes intentan despojar a la gente de la doctrina del derecho natural o sea de esas reivindicaciones que se adquieren solo con nacer como un humano. ¿Cómo quieren llevar adelante estas metas?

Existe algo llamado tecnologías de la convergencia, las cuales según el filósofo transhumano David Pierce se acercarán hasta encontrar un punto en común en el cuerpo actual del hombre, para deconstruirlo y hacerlo otra cosa de sí mismo. Se trata de la biotecnología, la nanotecnología, y la inteligencia artificial. 

La primera gran revolución en tal sentido es la técnica de la edición genética CRISPR descubierta por las microbiólogas Jennifer Doudna y Emanuelle Charpentier. Ello consiste en mutar a una persona a través de la introducción de genes perfeccionados que sustituyan a aquellos que no se desean o que causan enfermedades, así por ejemplo, se pueden crear las llamadas quimeras, o sea humanos que tienen cualidades de otras especies. De este modo, trabajando a ratas de laboratorio, se logró que los animales que viven apenas unas semanas, lo hicieran por 24 meses. El equivalente para un humano seria 300 años, cosa que ya se podría, de no ser por los permisos éticos. Un avance de este tipo requiere, obvio, reducir la población mundial, tal y como lo está pregonando la agenda globalista, pues no habría espacio y recursos para tanta gente.

En cuanto a la inteligencia artificial existen las más grandes ambiciones de corte político y filosófico por parte del movimiento transhumanista, ya que este campo no solo destruiría la vida, sino que generará las condiciones para las bases de un poder absoluto, muy cercano a las peores distopías de la literatura y el cine. Según la teoría, el objetivo es que las máquinas puedan pensar por sí mismas e incluso forjar su propio destino, cosa que cae en saco roto cuando sabemos que en un mundo desigual, no habrá tal liberación del robot en tanto el humano no ha sido nunca libre. Pero lo peor es que, mediante la fusión con la inteligencia artificial, vendrá el posthumano, o sea un sujeto que no tiene que existir en el universo físico, sino que pasa a ser un programa informático, con conciencia en sí mismo y que vive eternamente en un mundo llamado metaverso. 

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Para el responsable de ingeniería de la trasnacional Google Ray Kurzweil, uno de los prometen esta transición hacia algo que es exactamente lo que nos muestra el filme The Matrix, el metaverso es la solución a todos los problemas de la limitada existencia humana ya que se tratará de un mundo donde, literalmente, lo imposible será posible. De esta manera, el transhumanismo se convierte casi en una religión. Según Kurzweil ya hemos llegado al punto de ruptura de la mejora tal y como la conocemos y tenemos que reiventarnos nuevos espacios donde no dependamos de las dimensiones físicas sino de la infinidad de dimensiones. El transhumanismo es, de esta manera, el hombre que se hace a sí mismo Dios y dueño de una capacidad ilimitada de vida. No obstante, volvemos a señalar que en un mundo donde prima la propiedad privada, dicha existencia dependerá de los soportes tecnológicos, ya informáticos, ya físicos, con lo cual moriría la democracia. La trama quedaría sujeta a los intereses de los amos y propietarios. 

Los posthumanos, por otro lado, no estarán técnicamente vivos y se los puede tratar como objetos desechables o apagarlos temporal o eternamente, en dependencia de la voluntad de quienes ostentan el cableado y el soporte tecnológico. El metaverso es de esta manera el sueño distópico de los dictadores, el control absoluto y el fin de la política, ya que no habrá resistencia alguna ni a la hegemonía ni a la dominación. 

Control mental

¿Qué tan cerca estamos de esa dictadura electrónica?, existen proyectos que ya a un corto plazo prefiguran lo que será una realidad transhumanista. Uno de ellos es el neuralink del magnate de la tecnología Elon Musk. Este proyecto ya se prueba en animales y se trata de un procesador accesorio al cerebro cuyo control estará en una aplicación en el teléfono celular. El objetivo, según aclara Musk, es ayudar a personas con trastornos neuronales y otras discapacidades así como controlar los niveles de hormonas y por ende el comportamiento social y las emociones. 

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Neuralink ya se implantó en un cerdo llamado Gertrude, que obedece a las acciones que se le ordenan vía control remoto. El creador espera lanzarlo pronto al mercado, ya que ningún gobierno ha presentado hasta ahora objeciones a su uso humano, aun cuando se hace evidente que abrir esa caja de pandora traerá muchos monstruos y problemas. Elon Musk es un hombre que además hace lobby en la vida cultural y política de los Estados Unidos, para marcar una nueva forma de conducta basada en el uso de la tecnología y el cambio de paradigmas humanos. 

Como bien lo dice la narrativa de los filósofos transhumanistas, la relación entre las personas y los celulares es ya una realidad del nuevo sistema. A partir de ahí, de ese grillete electrónico, se construyen formas de pensar el poder y la dominación. En los países asiáticos altamente tecnificados la pandemia del coronavirus ha servido de pretexto para el aumento del uso de sistemas de vigilancia. Así ocurre en sociedades como Singapur, Malasia y Surcorea.  

Más allá de si conviene o no que la tecnología lidere un cambio social hacia un nuevo paradigma, está en qué tipo de hombre controla el proceso: ¿el capitalista o la humanidad consciente de que nuevas formas de distribución de la riqueza y gestión del poder son posibles? Lo que resulta lamentable es que el debate en torno al impacto sociológico de las tecnologías convergentes no tiene en cuenta una visión realmente emancipatoria, al ocurrir en el entorno del capital y la propiedad privada. El transhumanismo, tal y como lo conocemos, lejos de liberarnos, se usa entonces como un proyecto hegemónico tanto en lo político como en lo cultural y habrá que estar atentos a la evolución de dicho movimiento si queremos mantener las banderas de la libertad. Un humano distinto es necesario, posible, pero solo si sigue siendo total y profundamente humano. 

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