Concesiones

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Concesiones
Fecha de publicación: 
4 Octubre 2020
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Dos proyectos disputan la Cuba de hoy para la Cuba que avanza hacia el futuro. Una, la continuidad dialéctica del socialismo. Otra, la pusilánime entrega de la moderación desfalleciente y cobarde.

Una, la que brega desde siempre, desde el gesto de rebeldía  del 68, por ser libre y soberana. Otra, también desde aquella fecha, que no confía en sus fuerzas, y bajo el pretexto de la razón del más fuerte, invita a inclinar la cerviz.

Nada significan las palabras aisladas de los hechos. Los que invitan a la moderación olvidan la existencia de la moderación revolucionaria opuesta a la cobarde moderación. Desde sus inicios la revolución cubana en el poder no fue ajena a la diplomacia inteligente que comprende la correlación de las fuerzas y durante toda su trayectoria hasta hoy, ofreció el laurel del diálogo al césar del norte. Sólo bajo la condición del respeto a su libre determinación. Pero la América Cesárea, que odia y desprecia a los pueblos de cuyas riquezas no pueda disponer a su antojo, siempre rechazó la mano tendida. La Revolución radicalizó su perfil a golpe y al ritmo de las agresiones.

Hasta que un presidente, negro e inteligente, no menos ladino e imperialista, pero tan pragmático como todos, comprendió no sólo el fracaso de tan obstinada agresión, sino el peligro de aislar su país cada vez más del Sur que desean dominar.

Cuba hizo entonces la más insólita y valiente de las concesiones revolucionarias imaginables. Le permitió al César volar los aires, pisar el suelo y hablar al pueblo que tantas veces sus antecesores habían ensangrentado e intentado ahogar en hambre y desesperación con un bloqueo digno de los tiempos medievales. Habló para todos desde uno de sus teatros, caminó sus calles, conversó con sus gobernantes, creyó reír y hacer reír con sus humoristas. Otra enorme concesión hizo Cuba entonces, si es que alguien quiere un ejemplo de realismo y pragmatismo de estirpe: no exigió en las negociaciones la devolución de un pedazo de su tierra injustamente convertida en antro de torturas al oriente de la isla. El visitante habló sin cortapisas, peroró a sus anchas, adoctrinó con olvidar la historia y hacer un borrón indigno de sus eventos. Cuba jamás podría llevar a igual escenario en aquella, su tierra, a ninguno de sus  líderes. Otra concesión, pero de las que fortalecen y no debilitan. Jamás un país agredido había dado muestra de tan gran fortaleza moral y limpia dignidad.

Pero hay supuestas concesiones que no caben en ese significado. Porque conceder no es traicionar. Conceder por la razón del más fuerte hubiera paralizado la historia. No fue el gesto de Céspedes, ni de Maceo, ni de Martí, ni de Guiteras, ni de Bolívar, ni de Chávez, ni de Robespierre, ni de Babeuf, ni de Garibaldi, jamás fue el de Fidel, ni de los pueblos que siguieron a esos líderes, que no desconocieron las concesiones revolucionarias diplomáticas, pero tenían bien presente, como revolucionarios, qué diferencia la concesión de la cobardía, lo heroico de la apostasía, la oportunidad del oportunismo.

En un célebre pasaje de El Padrino, el mafioso patriarca advierte a su hijo que el que lo invite en ese momento a una conversación, es el traidor. De modo similar, el que confíe hoy, e invite a los cubanos a confiar, en concesiones imperialistas equivalentes y simultáneas a las cubanas, o es un ignorante ilustrado, o un larvado traidor que justifica la visión que sostiene su carrera por el mundo, lejos física y espiritualmente de su pueblo. La única concesión, que es además un derecho, que le exige Cuba a las administraciones de las élites millonarias de los EEUU, es que le respeten su libre determinación. Si Cuba ha refrendado su democracia, su modo político de vivir, aceptada por sus mayorías, ningún derecho tiene el Norte brutal a esperar una concesión, un cambio previo, o simultáneo, que les agrade, para entonces hacer las concesiones suyas.

Conviene en el debate actual comprender con claridad que quien acepta que los EEUU tienen derecho a esperar cambios "democráticos" en Cuba para variar sus políticas agresivas, es poco menos que un traidor, o un oportunista disfrazado de patriota. Primero, porque está aceptando explícitamente que el imperialismo, en razón de la asimetría de su fuerza, tiene derechos extraterritoriales. Y segundo, porque le está reconociendo a sus élites una virtud ética democrática que no tiene, ni su historia, ni su llamada democracia actual, ni su función de agresor perenne de cuanto le incomoda en cualquier rincón oscuro del mundo.

Si Cuba debe llegar a mayores cotas de participación popular en la conducción de su política interna, ello obedece a que es un objetivo en desarrollo del socialismo, y debe surgir de una voluntad propia en el despliegue del modo como entiende y puede implementar una democracia, que a la vez sea el valladar de las agresiones. Si los EEUU desean para Cuba "garantías democráticas sobre la  participación política de los ciudadanos", como aconsejara recientemente un cubano apóstata disfrazado de analista, ¿quién puede creer que es para el bien de sus ciudadanos y mucho menos de la democracia? ¿Cuál es la democracia que han llevado a Irak, a Libia, a Siria, todas tierras y pueblos devastados por guerras en nombre de la libertad? ¿Cuál es la que respetan en Venezuela, en Brasil, en Argentina, en Bolivia? Para Cuba, el objetivo de esas exigencias es abrir la brecha, horadar el escudo que les impide domeñarla. Quien invite a ello, es, o funciona, como un traidor o como un cómplice. Nosotros debemos seguir aprendiendo a detectar a los traidores, a los cómplices, a los falsos moderados. Nuestras concesiones deben ser las revolucionarias, inteligentes, diplomáticas, oportunas, independientes. Las que llevaron una vez a un presidente de los EEUU a nuestro suelo a reconocer su fracaso.

 

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