Las anécdotas de Ana: Cuando un niño se pierde en la playa

Las anécdotas de Ana: Cuando un niño se pierde en la playa
Fecha de publicación: 
20 Julio 2018
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Era verano y el período especial en Cuba estaba en “sus mejores momentos”. En ese entonces la diversión “idónea” era la playa. La gente hablaba de “alumbrones”, porque las horas de electricidad, en verdad, eran muy pocas. Permanecer en casa no era buena idea. 

Mi amiga Ana —voy a llamarla así— cuenta que por aquellos tiempos en los barrios se organizaban “expediciones” a la playa, en camiones fundamentalmente. El combustible escaseaba, pero los niños estaban de vacaciones y disfrutar del mar era una opción popular.

Llegaron muy temprano a la conocida playa Mar Azul, al este de La Habana. Ella con la niña en brazos y el esposo con el niño tomado de la mano. Disfrutaron de las bondades de la playa hasta que el sol empezó a hacer de las suyas.

El matrimonio arropó a la bebé de seis meses y dejó que el varoncito permaneciera un poco más en la orilla.

Caminaron unos pasos en busca de una sombra, instantes después al volver la mirada no encontraron al pequeño, y ahí empezó la odisea.

Caminaron ese tramo decenas de veces, desesperados tenían la esperanza de que alguien les brindara alguna señal. Pero todo en vano. El esposo buscó ayuda; en unos montículos de arena, distribuidos por toda la orilla, se resguardaban personas que con una especie de aparatos profesionales miraban continuamente el mar previendo los ahogos o alguna otra emergencia.

Una hora, dos, y el niño continuaba perdido. Jamás Ana había visto a su esposo Adrián tan desesperado. Se trataba de un pequeño de cinco años, cuya distracción lo llevó a desorientarse y, como consecuencia, a perderse.

Desconsolados por una búsqueda sin resultado alguno, le informaron que en la estación de policía ubicada en Guanabo, una playa cercana, había un niño retenido. La alegría volvió al rostro de los padres que en esos momentos ya habian pensado lo peor.

Mas otra angustia se abría paso. ¿Cómo trasladarse hasta allá? —recordó Ana— si tener combustible era cosa seria. Pero dicen que la sangre nunca llega al río y así fue. El dueño de un Moskvitch (un automóvil de procedencia rusa)  vio tanta desesperación en aquellos dos seres humanos que enseguida les brindó apoyo.

“No sé si la gasolina me alcance, pero haremos el intento”, tales fueron las palabras del hombre, según comentó Ana. Minutos después la decepción se adueñó de los rostros. El pequeño que allí estaba no era el hijo de ambos. 

De regreso a Mar Azul iban todos conmocionados, incluyendo al chofer, pues la ayuda había sido en vano. Las ventanillas del automóvil parecían pequeñas ante las miradas inquisitivas de los padres.  Cuando de pronto les llamó la atención una patrulla de la policía, parqueada en la vía de manera contraria. 

¡Y la luz se hizo! Adentro, temeroso, estaba el pequeño, con su trusita de dos colores y sus cacheticos rojos del sol y de tanto llorar. Se abrazó a los padres y contó que al ellos alejarse de la orilla él los perdió de vista y empezó a caminar. Una muchacha lo resguardó y le brindó comida hasta que después lo entregó a la policía.

Pese al paso del tiempo, la anécdota es imborrable. A Ana le cuesta hablar del tema. Solo recomienda "no perder de vista a los niños en la playa, pues cuando eso ocurre queda un malísimo recuerdo".

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