Pérdida y recuperación de la espiga

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Pérdida y recuperación de la espiga
Fecha de publicación: 
23 Marzo 2017
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Cuando el excepcional Julio Cortázar terminó de poner el punto final en 1962 a su cuento Pérdida y recuperación del pelo, del volumen Historias de cronopios y de famas, nunca imaginó que 55 años después, la cubana Milagros B. protagonizaría en tiempo real una segunda temporada de esa narración fabulosa.

El comienzo fue como el de todos los días: hacer la coladita de café y, en lo que la cafetera ponía de su parte, ir a lavarse la boca.

Como cada uno de los 15 722 días de su vida de 43 años, Milagros tomó el tubo de pasta y lo apretó por el medio, como siempre, y a riesgo de escuchar luego a su marido protestando que él era el único en esa casa que usaba la pasta como había que hacerlo: apretando de abajo hacia arriba para aprovechar hasta lo último.

La repartió sobre las cerdas sin atender mucho a simetrías, humedeció el cepillo bajo el agua que salía por la llave —felizmente, era día de agua— y comenzó a limpiarse los dientes de un modo automático, pero a conciencia; aunque parezca paradójico.

Mientras pasaba las cerdas por muelas, colmillos y dientes, pensaba en que había que sacar de una vez copia a la llave, que el niño —de 21 años— había extraviado; que seguía pendiente lo del mando del televisor, y había que buscar los huevos en la bodega porque se iban a perder y…

Un ligero, ligerísimo clack, o crick, la sacó de sus meditaciones. Apenas fue audible, pero en el corazón de la cubana resonó como el cañonazo de las nueve puesto a detonar en su propio baño.

Era lo que durante meses había temido y tratado de espantar cruzando los dedos, según debe hacerse ante cualquier mal pensamiento.

El diente de espiga, el de alantico, el de la portada, se había vuelto a caer.

Ya le había pasado hacía cuatro meses, y en aquella oportunidad la solución fue medianamente fácil. Sintió, al morder un pan con tomate, que el dientecito plástico se había ido junto con la mordida y andaba evolucionando en el interior de su boca junto con la masa de pan y fragmentos del rojo vegetal.

Así que el camino fue extraer con precisión de cirujano el diente del bolo alimenticio, meterlo en un naylito de caja de Criollo y llevarlo esa misma mañana al dentista poniendo cara de asombro y súplica. La buena voluntad del profesional de bata blanca hizo el resto.

Pero ahora, ahora la cosa era diferente.

El sonido del diente plástico —adosado a su breve pedestal también de plástico— al chocar contra el lavamanos fue solo el indicio de que empezaba una tragedia, como cuando la campana avisa que se descorren las cortinas del teatro para comenzar la función.

Ocurrió en fracciones de segundo. Luego del primer golpe contra el cuenco del lavamanos, el diente, impulsado por una misteriosa fuerza centrífuga, giró violentamente entre la espuma y las burbujas de la pasta para dientes repartidas por la loza, para ir a caer dulce, indeteniblemente, tragante abajo.

A Milagros B. no le dio tiempo a nada. Con velocidad de centella había lanzado la mano tras el trocito de plástico, pero este había alcanzado en sus remolinos probablemente mayor velocidad que las partículas en el Gran Colisionador de Hadrones.

Cuando los dedos ávidos de la mujer llegaron junto al tragante, del diente solo quedaban las trazas de un breve relámpago blanco corriendo cañería abajo.

Permaneció inmóvil, congelada en la contemplación del desagüe, como quien se asoma a un abismo de perdición. Después, lívida, volvió la vista al espejito donde el esposo acostumbraba observarse mientras se afeitaba.

En contraste con la rapidísima huida del diente cañería abajo, la mujer fue entreabriendo muy, muy lentamente la boca hasta hacer visible el agujero, oscuro y aterrador, que se le había hecho a su sonrisa. Justo donde debían estar los dos primeros abanderados de la alegría, solo asomaba uno.

No terminó de enjuagarse la boca. Con los espumarajos de pasta resbalándole por barbilla y cuello se plantó ante el marido, que hacía por acabar de despertarse sentado al borde del colchón.

Tal vez fue por lo impresionante de contemplar a Milagros con la cara pálida, aún sin lavar después del sueño nocturno, el pelo enmarañado y chorreando espuma de pasta dental, o porque sencillamente logró leer la urgencia en sus ojos desorbitados. Pero lo cierto es que Octavio, en contra de todo lo previsible de acuerdo a su conducta de años, se tiró de la cama como bombero ante alarma de incendio y la sujetó por los hombros, zarandeándola: “¡¿Qué pasa, vieja, qué pasa?!”

Ella, con la misma lentitud con que se había detenido ante el espejo, le dibujó con los labios la mueca de una sonrisa. Él lo comprendió todo… o casi todo.

Inmediatamente supo que se habían ido por el caño varios meses de idas y vueltas al dentista, incluyendo regalitos, meriendas y más, para garantizar que, por fin —después de la plaquita que hubo que resolver con una amiga de la clínica cercana, luego de sortear un apagón justo en el momento en que le iban a tirar la plaquita, y de otros sinsabores y entregas— Milagros tuviera su dientecito de espiga.

Qué menos podía aspirarse. Su mujer, su esforzada y amorosa esposa, tenía que enfrentarse al mundo, hablarle, pelearle, chistarle e incluso morder al mundo, con sus dos, dos, dientes delanteros.

Pero ahora eso ya no sería más. A Milagros, la tierna y luchadora, la sufrida y valerosa, se le había escapado la mitad de esa posibilidad por el tragante del lavamanos.

El esposo ya se disponía a abrazarla consoladoramente, a darle su protección de papito, el de los viajes largos, cuando ella lo apartó enérgica.

“¡¿Pero qué tú haces, mi’jo?! ¡Ve y busca el picoloro, corre; a ver si se quedó en la sifa!”

Octavio, que ese día tenía avisado un control municipal en el taller, que debía entregar al terminar la semana todos los soportes que faltaban por pasar a tornería, y que se había levantado con un repunte de sacrolumbalgia que pa'qué, se encaminó diligente a la caja de herramientas.

También diligente y sintiéndose responsable por la estabilidad de su esposa, se hincó de rodillas frente al lavamanos y empezó a zafar.

Mas a la quinta vuelta de picoloro, el antiguo metal no pudo más. Impúdica, amaneradamente, se quebró bajo la presión, dejando escapar junto al crujido una moderada catarata de aguas negras que se esparció por los azulejos del piso.

Milagros y Octavio se doblaron sobre el charco como quien reza de apuro una extraña plegaria, y empezaron a hurgar en el montoncito.

Porque, además del charco, había caído al suelo un montoncito inespecífico formado por pelos de muy diversa procedencia, costras de grasas, masitas amorfas de algo como el corcho, así como otros componentes indescriptibles por el idioma español.

No olía bien, no se veía bien, no se sentía bien por ser grasiento, pegajoso; pero de todos modos la pareja empezó a picotear denodadamente en el montoncito tratando de palpar el diente prófugo.

Encontraron la tuerquita del arete que se le había caído al “niño” durante las vacaciones, la tapa de un tubo de pasta, una de las piedras -falsas todas- desaparecida del anillo de compromiso de la tía. Pero no apareció el diente de espiga.

El cuello de cisne de la sifa desembocaba en el tubo de barro del desagüe del edificio, sepultado tras la pared. Y no voy a decir que no lo pensaron, pero, en verdad, no se atrevieron a continuar como en el cuento de Cortázar.

Además, la llave de paso del apartamento estaba defectuosa y ya comenzaba a correr un riachuelo de agua, esta vez limpia, que amenazaba con conquistarles el cuarto, luego la sala, toda la jornada laboral y los ahorros de dos meses, que probablemente invertirían pagándole al plomero.

Si lo encontraban.

Porque lo que es el dientecito de espiga… Milagros tendría que pasársela sin sonreír un buen tiempo. De todas formas, por ahora, no tenía motivos.

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