DE CUBA, SU GENTE: Sin que yo supiera por cuál arte

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DE CUBA, SU GENTE: Sin que yo supiera por cuál arte
Fecha de publicación: 
9 Agosto 2016
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Sin que yo supiera por cuál arte
Había en tu cuerpo la fruta necesaria
Para nombrar al mundo,
Para avergonzar al mundo.

Jorge Castro Vega/Poeta uruguayo

Quedamos en vernos en el lobby de cierto hotel de La Habana. Me reconoció al momento, a pesar de que no sale mi foto en esta columna.

—Es que eres la única aquí que se ve como suele verse una escritora —se explicó y me ofreció un jugo de mango, que acepté, porque siempre creo en la bondad de los desconocidos.

Me habló de sus padres. Se habían divorciado desde antes de que él naciera. La madre y el padre, con visiones políticas diferentes, que lo único que tenían en común era él, hacían que su casa fuera escenario de discusiones interminables, en las cuales él trataba de no juzgar ni a uno ni a otro.

Un día, me cuenta Carlos, sus padres se fueron del país, cada uno por razones distintas…

—Allá —continúa Carlos— siguieron separados.

Carlos parece tener unos cuarenta años. Tiene la mirada triste. Me anuncia, mirando, no sé si a los cristales del hotel, o si al mar que está más allá de ellos, que no quiere que escriba sobre sus padres, ni sobre política, mucho menos sobre «la eterna diatriba Cuba-Estados Unidos». Ni siquiera quiere, asume, defender ningún tipo de conciencia social.

Me cuenta que ya ha exorcizado en obras de teatro que él mismo ha escrito todo lo que no juzgó cuando era adolescente. Todo menos una sola cosa. Una historia que lo tiene marcado y que aún no sale a la luz.

—¿Qué historia? —le pregunto, ávida—. ¿Y por qué no puede escribirla usted mismo?

Carlos saca de entre sus brazos una maleta que había tenido medio abrazada durante todo nuestro encuentro. La pone encima de la mesa, al lado del jugo de mango, para entonces ya casi terminado, y extrae de ella, con sumo cuidado, una agenda maltrecha.

—Este —me indica— es mi diario de la adolescencia. Tiene cosas que nunca he podido decir, ni cuando mi madre era comunista en Cuba, ni ahora, que es del Partido Demócrata de los Estados Unidos. Es que ni siquiera he tenido el valor de volver a leer estas páginas… Pero necesito que alguien las lea… y las revele…

—¿Cómo sé qué parte de este diario es la que quiere contar? —le pregunto.

—Créame. Se va a dar cuenta —asume.

Saca una tarjeta con su nombre y la pone sobre la mesa, junto a par de billetes en cuc, que pagan el jugo. Entonces me hace una brevísima reverencia con la cabeza y se voltea, dispuesto a irse.

—¡Espere! —lo llamo—. ¿No querrá el diario suyo de vuelta?

—No —sentenció—. Lo que yo quiero ya se lo dije. Ahora depende de usted.

Y se va sin mirar atrás, sin saber si yo publicaría o no fragmentos de su diario de adolescente.

Fragmentos del diario de un adolescente llamado Carlos:

«… al principio le robaban la comida, le embarraban de mierda las sábanas… y le explotaban en la cara los globos que le enviaba su familia de afuera. Siempre tenía olor a champú antipiojos y a luz brillante. Siempre tenía liendras. Usaba aparatos y espejuelos, porque era bizco. Sabía bien quién le orinaba las sábanas, pero nunca lo decía. En la beca nadie delata a nadie. Yo lo miraba sin parar; algo tenía de diferente ese muchacho, algo que me atraía, que me llenaba. Pero lo evitaba porque no me atrevía a defenderlo: no lo ayudaba a quitar la mierda de las sábanas».

«Este año él vino diferente. Vino pelado bajito y trajo la mirada correcta. Juega a la pelota y sonríe y se le ve la sonrisa limpia. Sigue teniendo piojos en el pubis, pero nadie lo sabe. Yo lo sé porque lo descubro un día, sin querer, untándose en el baño. Me pide que no lo comente. Entonces nace entre nosotros la complicidad, una amistad, si se quiere. Una complicidad que va creciendo, que va germinando junto a algo que no sé definir. Hasta que sí lo sé. Hasta un día: ayer».

«—¿Qué lees? —me pregunta.

Crimen y castigo.

—¿Por qué lees?

—Porque me gusta.

—¿Por qué te gusta?

—No sé.

—Tú sí sabes. Tú sabes mucho —Y me besa».

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