VOCABLOS: erístico

Imagen tomada de https://www.lavanguardia.com
Esta vez hablaremos de una palabra que parece esconder, en sus pocas sílabas, toda una historia del pensamiento.
No es un término de uso cotidiano, pero su significado nos resulta familiar, por eso está aquí, porque es interesante y permite nombrar una actitud que reconocemos enseguida, pero con un antecedente antiguo. Tiene que ver con cuando alguien mantiene una discusión no tanto para comprender, demostrar o encontrar una solución, sino para vencer al adversario.
¿Cuántas personas no conocemos así que se aferran a una idea porque no quieren perder aunque no tengan razón ni conocimiento? Se denominan erísticos esos hablantes tozudos que con uñas y dientes defienden un tema aunque estén equivocados y para ello emplean las estratégicas que sean necesarias.
Decir que un argumento es erístico no es que solo sea polémico. La palabra indica un concepto más preciso todavía porque no refiere una simple conversación acalorada sino una discusión que llega a ser contienda y que se sirve de cualquier elemento mientras el procedimiento dialéctico termina subordinado al afán de imponerse.
Ya sabemos. Hablar con una persona así es mas que incómodo, un sinsentido. Y es bastante común.
Algunas fuentes consultadas hacen alusión a este vocablo como nacido de la querella. Nuestro idioma lo incluye como sustantivo apropiado del mundo filosófico y distingue, entre sus acepciones, la referencia a una escuela socrática, lo relativo a ella y, en particular, aquello que abusa del procedimiento dialéctico hasta convertirlo en una disputa estéril.
Cuentan que su historia comienza en la antigua Grecia, que procede de verbos que en esa lengua designaban acciones como discutir, contender o disputar. Por si fuera poco, su raíz etimológica tiene además una resonancia mitológica que no necesita demasiada explicación: Eris era, según tradición griega, la personificación de la discordia. Por tanto, ni falta hace profundizar en el mito para comprender la palabra y resulta revelador que detrás del término filosófico aparezca precisamente una idea de enfrentamiento.
Así surgió erística, nombre que, dicho con mucho cariño porque suena hasta bonito, fue dado al arte o al procedimiento de disputar.
Al respecto estudiosos agregan que en la historia de la filosofía antigua, erístico se vinculó en particular con formas de argumentación en las que la controversia podía convertirse en un fin en sí misma. Y, claro, pensando en dos partes tratando de explicarse y una de ellas enfocada más en ganar que en la verdad, es lógico que su contrario, si no se cansa de intentar que razone, no ceje en su empeño y sea interminable.
Ahora, si hablamos del hecho como tal para, de paso, analizar el comportamiento humano, ¿tiene sentido discutir para descubrir o para ganar? ¿Cuáles son sus diferencias?
El acto de discutir puede ser riguroso y apasionado sin ser erístico. Puede llegar a ser acalorado porque los seres humanos podemos ser volátiles y perder la compostura. Podemos enfrentarnos a una idea, cuestionarla, aportar pruebas, pero también cambiar de opinión durante el intercambio, admitir un error, un vacío de información. Ese es un episodio normal, y en ese caso el desacuerdo puede ser una herramienta para acercarnos a una conclusión mejor fundamentada.
Pero a muchos no les gusta perder. Ven derrota cuando no tienen la razón y se niegan a encontrar lo positivo en aprender de una diferencia. Por eso ahí aparece lo erístico, cuando para esa persona la prioridad deja de ser el debate y a toda costa quiere la derrota de su interlocutor. Es muy inmaduro y agotador, la verdad.
Es erístico cuando el razonamiento pierde sentido y se convierte entonces en un combate verbal que no lleva a ningún sitio. Ojalá no tengamos que hablar nunca con un individuo así de impertinente que desconozca si el argumento conduce a una conclusión válida y evidente. Y si sucede, convendría percatarnos rápido para dejar de perder el tiempo y de inmediato abandonar la contienda, recordemos que tener la última palabra no siempre significa tener la razón. Y esta debería ser una máxima que enseñemos a los niños para que crezcan sabiendo que está bien equivocarse y que en todo se encuentra enseñanza, que hay que ser humilde y polemizar con razones.
Conocer este vocablo es muy apropiado. A partir de ahora podemos emplear esta palabrita que dejará a más de uno preguntándose qué quisimos decir. Con el primer ejemplo de uso provechemos —introducir aquí risa burlona de narrador— la probable ignorancia de la próxima persona erística con quien nos toque conversar y quizás la mandemos directo a buscar el diccionario.
¡Tú siempre tan erístico!
El debate descubrió la postura erística de ambos candidatos y parecía no terminar.
Me respondió con erística, no me dio ni un argumento coherente.
Lo dejé por loco cuando se puso erístico, ahí supe que no tiene razón conversar.
Su actitud siempre erística habla de los traumas de su infancia.
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