Vínculos que sanan

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A propósito de que recientemente se celebró uno más de los tantos días internacionales del gato y que las redes se repletaron de todas las formas de agasajo, se me ocurre que abordemos este tema de la convivencia afectiva con mascotas porque durante mucho tiempo se consideró exagerado que alguien dijera que sentía como un hijo u otro familiar a su animal de compañía. Y es cierto, habemos muchos que los tratamos con mimos, les hablamos con ñoñería, nos desesperamos cuando enferman, dormimos incómodos por no molestarlos, y nos endeudamos, si es preciso, por su salud y alimentación.
¿Quién ha dejado de comer por dejarle la única pieza de proteína a su gata majadera? ¿Quién ha llorado por ella en tantas situaciones? ¿Quién ha dejado de ir a tal lugar por no dejarla sola? ¿Quién siente que la vida es más bonita porque esa bolita de pelos la recibe siempre siempre con mil formas melódicas de miaus? Levanto la mano, y conmigo, tantos.
No, no es comportamiento excesivo de la loca de los gatos. Ni siquiera tiene que ver con el estereotipo de vivir en soledad o no tener familia. Hoy la psicología no solo comprende ese sentimiento, sino que explica por qué es completamente natural. Los expertos refieren que el vínculo que establecemos con una mascota no es una simple afición ni una moda contemporánea sino que responde a los mismos mecanismos emocionales y neurobiológicos que sustentan los grandes nexos afectivos de nuestra existencia.
Desde la teoría del apego sabemos que los seres humanos necesitamos figuras que representen seguridad, consuelo y compañía. Tradicionalmente pensamos en padres, pareja o hijos y otros, pero el cerebro, que es maravilloso, no limita esa capacidad de vincularnos únicamente a personas, como vemos. Resulta que siempre tendremos más y más espacio para querer.
Es lo que sucede cuando convivimos durante años con un perro o un gato (los ejemplos más comunes) de manera integrada, no aquellos casos que ni se preocupan si se escapan o los tienen tirados en el techo, a esos no nos referimos, sino a los otros que no solo nos acompañan y comparten rutinas, emociones, alegrías, pérdidas y momentos cotidianos que fortalecen un lazo auténtico.
Claro que son animales, pero los sentimos como —digamos— animales-familia, distinto del perro de la calle que nos es ajeno. Por eso bromeamos con ponerle parentesco. No resulta extraño que muchas personas hablemos con nuestras mascotas, celebremos sus cumpleaños, adaptemos nuestra cotidianidad para atenderlas mejor y hasta organicemos nuestras vacaciones pensando en ellas.
No es que nos empeñemos en humanizarlos, no somos tan ingenuos y sabemos que siempre serán animales por muy inteligentes, cariñosos y comunicativos nos parezcan. Es más simple que eso si reconocemos que solo se trata de una relación afectiva que aporta bienestar emocional, reduce el estrés, favorece la producción de oxitocina y en la práctica permanece en momentos importantes, y lo mejor, de manera sana, sin los vicios humanos.
Sin embargo, este vínculo no es unidireccional, ellos también sienten. Y quienes tengan una convivencia así de cercana seguramente tendrán alguna anécdota que sugieren que ellos parecen percibir nuestros estados emocionales y reaccionan apegándose más.
Además de los estudios están las leyendas populares y los cuentos familiares.
Investigaciones públicas sostienen que los perros detectan cambios en el olor corporal de sus humanos preferidos cuando están estresados o enfermos, además son capaces de interpretar expresiones faciales y responder al tono de voz. Mientras, los gatos, aunque tengan fama de ser más independientes comparados con aquellos, también pueden modificar su comportamiento cuando perciben que su persona de referencia está mal de salud o emocionalmente alterada. Y por experiencia propia aseguro que también responden al tono de voz, reconocen cuándo los regañamos, por ejemplo.
Historias para ilustrar tal cercanía hay muchísimas. Desde un perro que se coló en el hospital donde estaba ingresado su dueño y gatos que se quedaron más tranquilos que nunca cuando la abuelita agonizaba. Ni siquiera hace falta atribuirles capacidades sobrenaturales para reconocer la realidad de que viven conectados con quienes constituyen su grupo social, casi siempre una o dos personas que son el todo para en sus vidas y cuando les falta se sienten solos en el mundo.
Por eso también los notamos muy tristes, alterados y desesperados cuando muere el dueño, incluso cuando falta unas horas más de lo acostumbrado.
Algunas de las imágenes populares que circulan en la red nos muestran numerosas reseñas de este tipo. En primer lugar compartimos una donde podemos ver al legendario cantante Freddie Mercury que hacia su etapa final permaneció rodeado de sus mascotas. También, en otra fotografía no verificada aparece el actor Patrick Swayze acostado en su cama, dicen que en sus días finales, y ahí podemos observar al gato que de acuerdo con las referencias, no se le apartó.

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Parecido ocurrió con el escritor Ernest Hemingway, un apasionado por los gatos que como parte de su legado dejó el cuidado de una gran familia gatuna que aún permanece en la que fuera su casa en Key West, Florida, Estados Unidos, y que hoy es un museo muy llamativo no solo por la historia del intelectual de El viejo y el mar sino por albergar a los descendientes de sus famosos gatos polidáctilos.
Asimismo, sin ir más lejos aquí en Cuba también tenemos la Finca Vigía, donde el escritor vivió durante más de 20 años y también con cuantiosas mascotas.
Como estas muchas son las historias que no hablan únicamente del afecto que sentimos hacia los animales domésticos con los que logramos un elevado lazo de intimidad, también indican la extraordinaria capacidad que desarrollan ellos para permanecer de una manera única cuando el resto del mundo desaparece.
Tengamos en cuenta que para un perro o gato criado así con tal compenetración, su cuidador representa el todo, su universo entero. No es solo quien lo alimenta, el vínculo puede ser de compañía solo por el placer y la costumbre de tenerlo a la mano, por eso nunca podrán entender un diagnóstico médico ni el significado de la muerte, pero por supuesto sí perciben la ausencia, el cambio de rutinas, el sufrimiento y la pérdida.
No falta quien afirma sentir taciturno a la mascota cuando muere su persona favorita, notan cambios en el ánimo, inapetencia, quejidos como lloriqueos o llamados insistentes. Lo evidente es que no logran adaptarse, les cuesta superar la situación de soledad en la que se encuentren, aunque existan otros individuos a cargo. Dicen que ellos también experimentan su propio duelo.
Aunque lento, la sociedad comienza a reconocer esta realidad desde entidades y grupos que velan por el cuidado de todo ser vivo. Muchas son las campañas que llaman a mantener el bienestar de los animales, existen legislaciones y mecanismos para garantizarlo, no solo para preservar la vida sino para ofrecerles calidad. Y en ese camino se encuentra la idea cada vez más presente de que son seres "sintientes" y todo lo que ello significa.
No solo se impulsan reformas, se toman en cuenta medidas para reconocerlos, incluso mucho se debate sobre permisos laborales para atender emergencias veterinarias o afrontar el duelo por una mascota. Iniciativas así, aún en discusión, reflejan un cambio de mentalidad social impensable hace poco tiempo.
El arte, como reflejo de la realidad, cuenta también con diversas expresiones que apoyan este texto. Por ejemplo, la escultura Greyfriars Bobby, en Edimburgo, Escocia, es famosa porque inmortaliza a un perro que en la vida real permaneció durante años junto a la tumba de su dueño. En pintura, el francés Pierre Bonnard (1867-1947) convirtió a sus mascotas en personajes habituales de sus obras; mientras el alemán Franz Marc (1880-1916) es conocido por haber retratado animales con suma sensibilidad, color y protagonismo, uno de ellos aquí.

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De igual manera la literatura y el cine cuentan con muchas historias de valor sentimental hacia perros, gatos y otros animales. A través de las letras o la pantalla millones de personas se han emocionado. Un caso que ha estado presente en varias formas del arte como la escultura, la pintura, la literatura, el cine y la televisión, es un perro japonés llamado Hachiko que evidentemente permanece en el imaginario popular por su fuerte muestra de lealtad y amor hacia su dueño a quien esperó durante años en la estación de trenes que solía utilizar para ir a trabajar, hasta que murió.
Todas estas recreaciones basadas en vidas reales solo demuestran que la sensibilidad puede ser mutua e importante para los implicados, y que no por no vivirlo en carne propia debemos creer menor el sentimiento ajeno si proporciona seguridad emocional y mejor salud mental para unos y el todo para otros que, aunque no se pueden expresar con palabras, se comportan con lo que creemos afecto y solo eso ya es suficiente.
No es alocado construir vínculos con un animal que cada día, invariablemente, nos recibe con euforia, permanece en momentos complejos y recibe nuestra presencia como el centro de su mundo, y, además, sin pedir mucho a cambio, sin malas conductas más allá de un desorden infantil, pero sin los sentimientos negativos que nos ofrece la humanidad, con un amor incondicional que no entiende de especies.
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