Trump: ¿Anomalía? ¡Síntoma!

La hipocresía es asombrosa. Mientras predica la democracia, Estados Unidos arma a dictaduras regionales que aplastan la disidencia con armas estadounidenses. Mientras condena las violaciones de soberanía, lanza ataques ilegales sobre Irán, para complacer a Israel los magnates del petróleo y sus fines de lucro. Mientras se presenta como campeón de los derechos humanos, impone sanciones sobre Irán y Yemen que hacen morir de hambre a los niños y les niegan medicamentos, sin contar su saqueo de Venezuela y tratar de rendir por hambre a la pequeña Cuba, bajo el ridículo argumento de que es un peligro pára la seguridad nacional de Estados Unidos. Esto no es mantenimiento de la paz, es incendiario.
Y es que los presidentes cambian; la lógica imperial no. Obama expandió las guerras con drones, mientras aceptaba el Premio Nobel de la Paz. Biden financió la guerra genocida de Israel en Gaza. Trump simplemente operó esta máquina de manera más grosera, abandonando la diplomacia multilateral, abrazando a autócratas y tratando las relaciones internacionales como un enfrentamiento televisivo.
Y es que la verdadera estabilidad nunca llegará desde Washington. La solución es la autodeterminación regional.
Asia Occidental no necesita un “policía”. Cuando se libera de la interferencia extranjera, sus naciones han demostrado ser capaces de resolver conflictos sin la intervención externa. Torpedeó la reconciliación entre Arabia Saudita e Irán, porque demostraba que la seguridad emerge del diálogo, no de la intimidación y hostilidad estadounidense.
Las fantasías del fracasado Premio Nobel de Trump son delirantes y grotescas. Sus políticas destructivas, sanciones, acuerdos de armas y respaldos a la “limpieza étnica” lo desenmascaran no como un pacificador, sino como un beneficiario de la guerra, que, además, la traduce en la persecución a migrantes ilegales o no.
Sin embargo, el problema trasciende a Trump. Ningún presidente estadounidense puede ser un pacificador, porque la presencia de Estados Unidos es la raíz del caos y la desestabilización. Sus bases son puestos de ocupación. Sus ventas de armas alimentan el genocidio. Sus sanciones son armas de sufrimiento masivo.
Trump no es una anomalía, sino un síntoma. El problema central es el diseño del Imperio de Estados Unidos: su presencia en Asia Occidental existe para controlar los recursos petroleros, proteger a los regímenes clientelistas y mantener bases militares ilegales.
Ahora hablamos de las más recientes agresiones de Israel a Irán y a otros países de la zona, como El Líbano, Iraq y Siria, así como la sistemática e impune matanza de los palestinos en Gaza, todo lo cual solo sería posible por el apoyo militar económico e irrestricto de la principal potencia en el mundo y con ella el permanente chantaje nuclear, sostenido por un veto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, toda una burla.
Ello se aviva, toma especial relieve con la presencia de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, desde la cual quiere presentarse como un pacificador, de tal manera que el genocida primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, a quien el colorado de la Casa Blanca denomina Bibi, el Guerrero, se hace eco de la megalomanía trumpista en cualquier ámbito.
Su lema de campaña para el 2024, “poner fin a las guerras interminables”, resonó con un público estadounidense cansado de los enredos en Asia Occidental. Sin embargo, esta imagen cuidadosamente elaborada resultó ser un espejismo.
Lejos de extinguir las llamas, Trump echó gasolina sobre los conflictos latentes. Su presidencia, como las de sus predecesores, ha revelado una brutal continuidad: Estados Unidos no está interesado en traer la paz, sino en seguir avivando las llamas de los conflictos para servir a sus intereses imperiales.
La invasión de Afganistán en 2001, lanzada bajo falsos pretextos de lucha contra el terrorismo, dejó un rastro de cadáveres civiles, infraestructura destruida y pobreza profundizada en el país del sur de Asia.
La agresión e invasión de Iraq en el 2003, vendida bajo la premisa de armas de destrucción masiva fabricadas, mató a más de un millón de personas, dio origen a Daesh e incendió la violencia sectaria. En Libia, el bombardeo “humanitario” de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en el 2011 redujo a escombros un estado funcional, desatando una crisis de refugiados que desestabilizó Europa.
En Siria, los envíos de armas de Estados Unidos avivaron a entidades practicantes del terrorismo respaldadas por extranjeros -muchos de ellos agentes de la inteligencia occidental y el MOSSAD israelí- que desplazaron a la mitad de la población. En Yemen, las bombas estadounidenses y el apoyo logístico facilitaron la campaña de muerte de Arabia Saudita, creando la peor crisis humanitaria provocada por el hombre en ese momento.
Washington se beneficia de la guerra: sus vendedores de armas abastecen a los déspotas, sus sanciones estrangulan economías y su complejo industrial-militar se alimenta de la carnicería.
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