«Kast: La reencarnación de Pinochet»

Lo dijeron mil veces y nadie les creyó. "Kast es pinochetista", advirtieron las organizaciones de Derechos Humanos. "Va a traer de vuelta a los mismos de siempre", alertaron las mujeres, los pueblos originarios, los estudiantes. Pero Chile, ese país que hace apenas seis años se levantó en un estallido social para enterrar la Constitución de la dictadura, decidió ignorar la historia. Y aquí estamos: José Antonio Kast, hijo de un militante nazi, autoproclamado defensor de Pinochet, acaba de asumir la presidencia con el 58% de los votos.
Bienvenidos al Chile de 2026, donde el fascismo no llegó con tanques, sino con urnas.
El regreso de los mismos rostros
Hay imágenes que duelen más que otras. Ver a dos abogados de Augusto Pinochet jurar como ministros de un gobierno democrático debería ser una de ellas. Pero parece que en Chile la memoria es corta, o quizá selectiva.
El nuevo gabinete de Kast está compuesto mayoritariamente por figuras del mundo empresarial y la élite económica, gente que nunca ha tenido que preocuparse por llegar a fin de mes, pero que ahora decidirá el futuro de las pensiones, la salud y la educación de millones de chilenos. Francisco Pérez Mackenna, alto ejecutivo del grupo Luksic, en Relaciones Exteriores. Judith Marín, una evangélica ultraconservadora que se opone al aborto, la diversidad sexual y al propio ministerio que dirige, en Mujer y Equidad de Género.
No es casualidad. Es la reinstalación del pinochetismo en posiciones de poder, algo que hace una década parecía impensable en un país que había despertado.
El pueblo que votó contra sí mismo
Aquí viene lo más doloroso, lo que como periodista duele escribir, pero hay que decir: el pueblo chileno votó por esto.
Fueron más de 7 millones de personas las que depositaron su confianza en un hombre que ha justificado una dictadura que dejó 3 200 muertos y desaparecidos, y decenas de miles de torturados. Un hombre que dijo abiertamente que si Pinochet estuviera vivo, habría votado por él.
¿Qué pasa por la cabeza de alguien que, viviendo en un país con la herida de la dictadura todavía abierta, elige a quien la reivindica? La respuesta es incómoda: la izquierda perdió, pero el pueblo también fracasó. Fracasó en su capacidad de aprender de la historia, en su resistencia a la manipulación mediática, en su vulnerabilidad ante los discursos de odio disfrazados de "mano dura".
El discurso del miedo que funcionó
Kast construyó su campaña sobre una mentira repetida hasta el cansancio: que Chile "se cae a pedazos", que el país es un Estado fallido dominado por el narcotráfico, que la solución es mano dura, militares en las calles, expulsiones masivas. Los datos dicen otra cosa. Chile tiene una tasa de homicidios de 5,4 por cada 100 000 habitantes, una de las más bajas de Latinoamérica. Pero ¿a quién le importan los datos, cuando el miedo vende? La promesa de expulsar a 300 000 migrantes indocumentados, construir muros en la frontera, recortar 6 000 millones de dólares en gasto público, sonó a muchos como música celestial. No importaba que los expertos advirtieran que esas medidas son inviables, que los recortes afectarán a los más pobres, que la xenofobia no resuelve la inseguridad.
El pobre votó ultraderecha porque encontró en el discurso de Kast algo que la izquierda nunca supo darle: un relato simple, sin matices, donde siempre hay un culpable externo.
La izquierda también tiene su cuota de culpa
Pero no sería honesto cargar toda la responsabilidad sobre el electorado. La izquierda chilena, esa que gobernó durante los gobiernos de la Concertación y luego con Boric, tiene las manos manchadas de fracaso. El gobierno de Boric termina con 34% de aprobación, la peor calificación promedio de todos los gobiernos desde el retorno a la democracia. Prometió enterrar la Constitución de Pinochet y terminó gestionando su resurrección. Levantó expectativas de cambio y entregó continuidad a una reencarnación de Pinochet.
Cuando la izquierda dilapida su oportunidad, cuando traiciona sus promesas, cuando se vuelve irrelevante, la ultraderecha ocupa el espacio vacío. Así de simple. Así de trágico. Así de triste por lo que se viene.
¿Qué viene ahora?
Kast ha prometido un "gobierno de emergencia". En la práctica, eso significa militares en las calles, retroceso en derechos de las mujeres y diversidades, persecución migrante, y un modelo económico que profundizará la desigualdad que ya explotó en 2019, y además, DESAPARECIDOS.
Dos de sus ministros defendieron a Pinochet en los tribunales. El mensaje es claro: quienes violaron derechos humanos durante la dictadura, no solo no han sido derrotados, sino que vuelven a gobernar.
La historia no ha terminado
Y sin embargo, el análisis más lúcido viene de quienes recuerdan que el fascismo en el poder es peligroso, pero también transitorio. "Su llegada al poder por la vía electoral no lo hace menos peligroso, sino más eficaz. Pero como la historia lo demuestra, su hegemonía es necesariamente transitoria", escribe René Leal Hurtado. Las contradicciones que el discurso de Kast pretende ocultar terminarán reapareciendo. La violencia estructural, la desigualdad, la injusticia social no desaparecen porque un presidente ultraderechista diga que va a poner orden. La pregunta es cuánto daño se hará en el camino. Cuántos derechos retrocederán. Cuántas vidas se truncarán antes de que el pueblo chileno, ese mismo que hoy eligió el pinochetismo, vuelva a despertar.
Epílogo para quienes todavía creen
Chile votó. Chile se equivocó. Pero no podemos darnos el lujo de quedarnos en la queja. La ignorancia que llevó a millones a votar contra sus propios intereses no es un defecto individual: es el resultado de un sistema que destruyó la educación crítica, que convirtió la información en mercancía, que atomizó la sociedad hasta hacerla presa fácil del discurso de odio.
La tarea ahora es resistir. Organizarse. Explicar. Volver a tejer esa conciencia de clase que el neoliberalismo se empeñó en destruir. Porque Kast pasará. El pinochetismo, como el fascismo, es históricamente transitorio. Pero la dignidad de un pueblo no puede volver a ser derrotada por su propia desmemoria.
"La historia permanece abierta, y con ella, la posibilidad de disputar el futuro".
Hoy, cuando el imperio norteamericano vuelve a imperar sobre la América Latina, Chile se suma con su peor cara.
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