Historias del Clásico: el rugido de Moncada

Yoan Moncada.
Yoan Moncada encendió hoy la esperanza de Cuba con un cuadrangular decisivo en la victoria 3-1 ante Panamá en el debut de ambos equipos en el VI Clásico Mundial de Béisbol.
En el estadio Hiram Bithorn de San Juan, Puerto Rico, donde el aire caribeño parecía latir con cada lanzamiento, Cuba salió al diamante con la presión clavada en la espalda como un hierro candente, consciente de que en el Grupo A cada victoria es un salvavidas y cada derrota una grieta en el sueño de los cuartos de final.
Entre ese murmullo de ansiedad y fe caminaba Moncada, el único jugador de posición del equipo activo en las Grandes Ligas, un pelotero de 30 años nacido en Cienfuegos que cargaba sobre sus hombros el peso ofensivo de una nación que no siempre perdona y que siempre espera.
No venía en su mejor momento, porque los juegos de preparación lo habían dejado en silencio y en los entrenamientos de primavera con su franquicia de los Angelinos había fallado en diez turnos consecutivos, una sequía que alimentó las dudas y las preguntas que viajan rápido por la isla cuando se trata del béisbol.
La incertidumbre creció cuando en su primer turno al bate el ambidextro, curtido en diez campañas en la Gran Carpa, fue dominado por la recta del zurdo Logan Allen y regresó al banco con el eco del ponche flotando en el estadio como un presagio incómodo.
Pero el béisbol, ese teatro donde el destino cambia en un segundo, ofreció su primer giro cuando Yoelquis Guibert desapareció la pelota por encima de la cerca del jardín derecho en el segundo episodio, y Moncada saltó desde el banco como si quisiera sacudirse de un golpe todos los fantasmas, golpeándose el pecho con una mezcla de rabia y alivio.
Aquel gesto fue más que celebración: fue una especie de juramento, y cuando llegó el tercer capítulo y Yiddi Cappé se colocó en circulación, el cienfueguero caminó hacia el plato con el paso sereno de quien sabe que el tiempo del béisbol es también el tiempo de las redenciones.
Allen lanzó, Moncada sacudió el madero, y la pelota salió disparada hacia la tarde de San Juan como un cometa incendiado.
El cuadrangular viajó largo y limpio sobre las gradas del Hiram Bithorn, y durante unos segundos el estadio pareció quedarse suspendido en un silencio breve antes de estallar en el rugido de los aficionados cubanos que habían cruzado mares para acompañar a su equipo.
Aquella conexión, con un compañero a bordo, puso a Cuba delante en la pizarra y terminó siendo la ventaja definitiva en un duelo donde cada carrera pesó como una piedra en el río.
A partir de ahí el partido se convirtió en una batalla de nervios. Mientras Liván Moinelo y cinco relevistas levantaban una muralla de lanzamientos para preservar la diferencia, Moncada se adueñó de la antesala con la elegancia de los grandes guardianes del diamante, cortando rodados, lanzando con precisión y recordando que el béisbol también se gana con el guante.
Cada out caía como una campanada, cada inning parecía más largo que el anterior. Panamá apretó, buscó grietas, arañó una carrera y mantuvo el suspenso flotando en el aire húmedo de Puerto Rico, pero el bullpen cubano cerró filas y la pizarra terminó congelada en ese 3-1 que hoy vale más que una simple victoria.
Porque Cuba llegó al Clásico con la presión de su historia y la urgencia de su presente, con un camino estrecho hacia los cuartos de final y con un país entero mirando cada lanzamiento como si fuera un latido.
En medio de ese escenario de tensión, dudas y esperanza, Moncada volvió a responder como ya lo había hecho en la pasada edición, como lo hacen los peloteros que saben convivir con el peso del uniforme.
Cuando cayó el último out y el equipo celebró sobre la hierba del mítico recinto, el nombre del cubano quedó flotando sobre el diamante como un eco poderoso.
Porque en las tardes en que el béisbol se vuelve épica, siempre hay un héroe, y esta vez, el rugido salió del bate de Yoan Moncada.
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