Geopolítica: Globalistas contra ultraglobalistas

El globalismo está en crisis. Ahora mismo de hecho las guerras identitarias dentro de Occidente son entre globalistas (conservadores) y ultraglobalistas (liberales).
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Trump, Ormuz y la Guerra contra Irán
Fuente:
CubaSí

La más reciente comunicación de la administración de Trump al poder legislativo de que se declaran alcanzados los objetivos en Irán suena más a un deseo que una realidad geopolítica. Y es que, como se ha dicho tantas veces, se está más ante la pujanza de las narrativas que ante el realismo de un gobierno con un mínimo de objetividad. Sin el Estrecho de Ormuz controlado, sin el sistema de Irán bajo poder norteamericano, sin los precios del petróleo estables, sin las bases en las naciones del Golfo Pérsico, sin los aliados de la OTAN acompañándolos en la aventura militar, sin poder contener los servicios y la colaboración de inteligencia de potencias adversas; la presidencia norteamericana se empeña en declarar victoria. Los objetivos geoestratégicos no solo no están vencidos, sino que la situación en la región es más complicada para los occidentales y los países que les son funcionales. El principal saldo de todo es el cuestionamiento a la protección de intereses que significarían las desaparecidas bases estadounidenses, las cuales no soportaron el fuego iraní.

Si comparamos estos Estados Unidos con los de 2002 —y en aquel entonces pensamos que la dirigencia de ese país estaba mal enfocada geoestratégicamente en cuanto al manejo de los conflictos en la región del Medio Oriente— la caída en cuanto a inteligencia política y control de los activos es inmensa. El globalismo por entonces poderoso e incontestable podía darse incluso el lujo de cometer grandes errores y hacer que otros pagaran. La invasión fue un error que tuvo un rebote terrible hacia la sociedad norteamericana. De esa decisión surgió la crisis del 2008, que dio paso al ascenso de Obama y la reconfiguración de buena parte del enfoque de relaciones internacionales de los Estados Unidos y, de ahí, apareció Trump como efecto rebote en la élite de poder dura de los magnates financieros y especuladores. En ese punto estamos. 

Los bandazos de la política exterior y doméstica no han logrado configurar un rostro coherente de cara a los aliados y han sido el correlato de la decadencia económica. En un país acosado por una deuda brutal, el gasto militar se ha tragado al gasto público, haciendo la vida del ciudadano más difícil para pagar las guerras de expansión de la élite. Todo imperio tiene una primera fase de crecimiento y acumulación de poder, luego de estabilidad y relajamiento, de soledad en ese puesto cimero, pero al final sobreviene la angustia de la caída en la cual por lo general la clase política sufre de ceguera y se aferra. Nos hallamos en la fase de la deuda y de la desaparición del petrodólar, dos caras de una misma crisis estructural a la cual no se le da paliativos desde la administración actual. Sencillamente la cura ha sido ignorarla, colocar narrativas de poder y hacer que suenen mediáticamente para apuntalar los intereses particulares y electorales.

En 2002 el globalismo sin rival cometió errores. De hecho, los venia llevando a cabo desde la Primera Guerra del Golfo, luego Yugoslavia, Afganistán. La soledad en el poder del imperio le daba sensación de impunidad, pero la cuota política se agota con rapidez si no se juega al contrapeso y el equilibrio. Sacar de la arena internacional a gobiernos sin tener clara qué transición se llevaría a cabo ha creado zonas donde el riesgo país sube y es imposible pensar en inversiones. No se realizaron guerras de expansión, como las hiciera el Imperio Británico, sino choques en los cuales hubo un perder/perder y cuyos resultados fueron a un cortísimo plazo. La salida de Afganistán, por ejemplo, dista mucho de lo que se le prometió a la opinión pública hace décadas atrás acerca de una supuesta transformación, una occidentalización de dicho país hacia las normas liberales. Todo sigue en manos del Talibán. El quiebre de Libia no dio paso a nada, solo a una sociedad en destrozo y sin opciones.

Occidente es en estos momentos más que un punto cardinal, es un punto en la historia y como tal se comporta. La deriva hacia otra cosa incluye remover cimientos que por siglos funcionaron como una maquinaria a la par del desarrollo de la modernidad capitalista. Las guerras ideológicas que tienen lugar hacia el interior del globalismo entre conservadores y liberales son un signo de la dificultad para recomponer la identidad de Occidente. La disparidad en cuanto a visiones religiosas, étnicas, de género, raza o procedencia hacen de los países de Europa y de Estados Unidos hervideros de problemas. Gran Bretaña por ejemplo no acudió a ayudar en la guerra de Irán porque su gasto militar y su deuda no van de la mano y porque existe una crisis interna con respecto a su posición como potencia luego de la salida de Europa. Crisis que se agrava con la decadencia de la OTAN. Francia, entretanto, se debate entre lograr una geopolítica sostenible y propia y seguir a Occidente. Ambos caminos se miran como puntos irreconocibles entre sí. Alemania vuelve a observar a Rusia como adversario, pero no posee ni la fuerza, ni la red de poder de antaño ni el apoyo popular para una guerra frontal que arrasaría con el país germano. Este quiebre de Occidente es el caldo de cultivo del outsider Trump y de las declaraciones post liberales de los líderes republicanos, un enfoque que ha tenido un costo en cuanto a alianzas.

No es fácil cuando se trata de un periodo de transición y quien tenga dudas que vaya hasta el año 476 de Nuestra Era, cuando la caída del Imperio Romano de Occidente dio paso a siglos de inestabilidad, vacío de poder, invasiones, destrucción institucional y reconformación de identidades culturales. Fue en buena medida un regreso a la barbarie que le costó a la humanidad un alto porcentaje de lo que ya había alcanzado. Y todo por el agotamiento del paradigma de poder que hasta entonces había dominado.

La era de cambios ya está y es un tiempo de conmociones, un verdadero terremoto en el cual se cae casi todo lo que pareció sólido. Las demostraciones de fuerza con naciones más débiles o con potencias regionales no retrotraen el equilibrio hacia 1991. El globalismo está en crisis. Ahora mismo de hecho las guerras identitarias dentro de Occidente son entre globalistas (conservadores) y ultraglobalistas (liberales). Los primeros creen en la maquinaria de poder económico y corporativista del sistema y en rescatar lo que fuera el mercado con Occidente como motor. Los segundos ya saben que eso no es posible y apuestan por el poder cultural, la manipulación del relato, el equilibrio de alianzas y el chantaje financiero como condicionamiento. Ambas posiciones dependen del petrodólar, no sobreviven a la caída de la moneda como valor de cambio universal. La deuda es una consecuencia de esa crisis estructural y no se soluciona con posicionamientos en torno al globalismo. De hecho, no posee solución alguna, ya que es un ciclo de contracción global del capital que halló en otra región y condiciones su posibilidad de expansión. Contradictoriamente la globalización le ha pasado factura al globalismo occidental, que se ha quedado con la añoranza, pero que fue víctima de la volatilidad de capitales que instauró.

Dicho de otra manera, las narrativas pueden funcionar como herramienta electoral, pero no como pivote geopolítico. Y ahora mismo solo vemos narrativas, nada de políticas estructurales ni restablecimiento de alianzas con influencia real. El aislacionismo pasará factura y el quiebre sistémico se ahondará. 
 

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