El Niño: las infancias ante un clima que amplifica desigualdades

Más de 25 millones de niñas y niños en Latinoamérica y El Caribe podrían sufrir los embates de ese fenómeno climático
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Niños en un panorama anegado por lluvias

Foto: @uniceflac

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CubaSí

Al menos 25,8 millones de niños, niñas y adolescentes de América Latina y el Caribe viven en espacios donde se prevén impactos de muy alta severidad por déficits o excesos de lluvia asociados con el fenómeno climático El Niño. 

Tal cifra obliga a mirar el asunto desde otro ángulo: el desastre no depende únicamente de cuánto llueva o deje de llover, sino también de las condiciones en que esas aguas encuentran a quienes están más expuestos.

Una cifra que habla del riesgo

El dato fue publicado por UNICEF el 30 de septiembre último  y según un análisis preliminar, unos 25,8 millones de niños, niñas y adolescentes -aproximadamente uno de cada siete en la región- viven en municipios o provincias que enfrentan previsiones de impactos de muy alta severidad por déficits de precipitación, asociados a sequía, o por lluvias excesivas relacionadas con El Niño-Oscilación del Sur (ENOS).

La precisión es importante. UNICEF no está diciendo que 25,8 millones de menores hayan sufrido ya una sequía o una inundación. Está identificando a la población infantil que habita territorios donde se pronostican los impactos más severos relacionados con esas alteraciones de las precipitaciones. Incluso, la propia agencia advierte que las estimaciones pueden cambiar a medida que evolucione el fenómeno.

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Menores jugando en terreno inundado

Foto: @uniceflac

Tal advertencia llega mientras El Niño gana fuerza en el Pacífico tropical. El Centro de Predicción Climática de la NOAA informó el 10 de septiembre pasado que el fenómeno se estaba intensificando y estimó en más de 90 % la probabilidad de que alcanzara una intensidad muy fuerte durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027. 

La Organización Meteorológica Mundial, por su parte, situó en casi 100 % la probabilidad de que persistiera hasta febrero de 2027.

Pero es indispensable precisar que un fenómeno El Niño que resulte muy fuerte no produce las mismas consecuencias en todos los lugares. Es decir, su intensidad no determina por sí sola la magnitud de los efectos locales que ocasione. La estación del año, la región y la interacción con otros factores climáticos modifican el resultado.

Por eso la pregunta relevante para la infancia no es únicamente dónde habrá menos lluvia o dónde lloverá demasiado. Es también qué encontrará esa lluvia, o esa ausencia de lluvia, cuando llegue.

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Niña en un terreno baldío

Foto: @uniceflac

Topar con sociedades diferentes

En el Corredor Seco de Centroamérica, UNICEF prevé que la disminución de las precipitaciones pueda afectar la producción agrícola y aumentar los riesgos de inseguridad alimentaria y malnutrición en familias que ya tienen dificultades para acceder a alimentos y agua segura. 

La interrupción de las actividades agrícolas también puede repercutir sobre la asistencia escolar y la continuidad del aprendizaje.

En otras zonas, el problema puede presentarse a la inversa. En partes de la costa del Pacífico de México y de varios países sudamericanos se prevén precipitaciones superiores al promedio, con mayor riesgo de inundaciones, daños a infraestructuras y alteraciones en escuelas, servicios sanitarios y sistemas de agua.

 

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Menores protegiéndose de la lluvia

Foto: AFP

En la Amazonía, una reducción de los niveles de los ríos puede dificultar la comunicación de comunidades ribereñas e indígenas. En otras zonas de la región, la disminución de los niveles de los embalses y el aumento del riesgo de incendios constituyen amenazas adicionales.

El Niño, por tanto, no es una única experiencia climática. Para unos menores puede significar una cosecha menor y menos alimentos, problemas en el suministro de agua. En comunidades aisladas, incluso un descenso de los niveles de los ríos puede convertirse en una dificultad para acceder a servicios. Para otros, podría ser sinónimo de una escuela inaccesible después de una inundación. 

El vínculo entre clima y desigualdad aparece precisamente en esta encrucijada porque el mismo fenómeno físico puede tener consecuencias muy distintas según los recursos disponibles para enfrentarlo.

La Organización Panamericana de la Salud identifica entre los posibles efectos de El Niño sobre la salud los riesgos de enfermedades transmitidas por vectores, por el agua y por los alimentos, además de afecciones relacionadas con el calor, problemas respiratorios asociados a incendios, inseguridad alimentaria, desplazamientos e interrupciones de los servicios sanitarios. 

Y señala que los efectos pueden ser especialmente graves entre poblaciones que ya enfrentan pobreza, migración, desplazamiento o acceso limitado a servicios esenciales.

El Caribe: menos lluvia, más vulnerabilidad

En el Caribe, UNICEF identifica un riesgo particularmente delicado. Prevé que las condiciones de sequía puedan afectar los medios de vida de comunidades vulnerables del Caribe Oriental y Jamaica y, al mismo tiempo, agravar situaciones como las de Cuba y Haití.

No significa que El Niño sea responsable de esas crisis, sino que puede añadir presión a problemas preexistentes.

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Dos menores caminando por un terreno marcado por la sequía

Foto: DETTY IMAGES

La OPS ha llegado a una conclusión semejante desde el ámbito sanitario. Su análisis regional de septiembre señala que el Caribe se encuentra entre las zonas críticas frente a los efectos actuales y potenciales de El Niño 2026-2027 y advierte sobre riesgos asociados con sequías, inseguridad alimentaria, inundaciones, incendios forestales y enfermedades transmitidas por vectores.

Así se entiende mejor la diferencia entre amenaza y vulnerabilidad. La primera pertenece al fenómeno físico: falta de lluvia, exceso de precipitaciones, calor o inundación. La segunda depende, entre otros factores, de las viviendas, el acceso al agua, los ingresos familiares, los servicios de salud, las escuelas y la capacidad de una comunidad para prepararse y recuperarse.

Cuando el agua, la comida y la escuela forman parte del mismo problema se articula la conexión menos visible de la alerta de UNICEF.

Una sequía puede reducir la disponibilidad de agua y afectar la producción agrícola. Una inundación puede dañar una escuela o un sistema de abastecimiento. La interrupción de los servicios puede favorecer problemas sanitarios. La pérdida de ingresos puede dificultar la compra de alimentos. Y una familia que debe dedicar más tiempo y recursos a resolver necesidades básicas dispone de menos margen para afrontar un nuevo golpe.

No significa que cada uno de esos efectos vaya a producirse necesariamente en cada territorio afectado por El Niño. Son vías de impacto identificadas por los organismos internacionales y que dependen de las características de cada lugar.
La OPS resume precisamente esa lógica : las anomalías asociadas a El Niño pueden repercutir sobre agua, alimentos, medios de vida, salud e infraestructura, y sus consecuencias tienden a ser mayores en poblaciones que ya presentan dificultades de acceso a servicios esenciales.

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Niños latinoamericanos intentando saciar el hambre

Foto: tomada de alacechord.com

La desigualdad aparece entonces no como una consecuencia automática del clima, sino como un multiplicador del riesgo.

Cuba y su historial de prevención

La ubicación geográfica de Cuba ha condicionado históricamente su vulnerabilidad climática. Pero el país cuenta desde hace años con políticas y capacidades institucionales de preparación ante desastres, y durante 2026 se han documentado nuevas iniciativas para fortalecer la reducción del riesgo, la seguridad escolar, la alerta temprana y la adaptación al cambio climático.

Kamal Kishore, el Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, en muy reciente visita a esta Isla aseguró que   "La alineación entre los niveles nacional, provincial y local es una de las principales fortalezas del sistema cubano. Las comunidades conocen los riesgos que enfrentan y cuentan con mecanismos propios para responder a ellos, y esa capacidad es la base sobre la cual se puede seguir avanzando".

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Reunión de trabajo efectuada el 1ro de octubre último en la sede de la Defensa Civil de Cuba con motivo de la visita oficial de Kamal Kishore, Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (en la foto, con camisa blanca y lentes).

Reunión de trabajo efectuada el 1ro de octubre último en la sede de la Defensa Civil de Cuba con motivo de la visita oficial de Kamal Kishore, Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (en la foto, con camisa blanca y lentes). Foto: tomada de cuba.un.org

Sucede, según suscribe el sitio Cuba-ONU, que La eficacia de un sistema de gestión del riesgo de desastres no depende solo de la calidad de sus pronósticos, sino de su capacidad para convertir esa información en decisiones en todos los niveles, hasta llegar a las comunidades. 

En este país caribeño para lograr ese accionar existe la integración de instituciones científicas, la Defensa Civil y los gobiernos a todas las instancias, articulación que precisamente fue destacada por Kishore.

A la articulación mencionada se agrega la coordinación entre la Defensa Civil, los servicios meteorológicos e hidrológicos, las comunicaciones y la planificación urbana, entidades que operan desde hace décadas como un sistema integrado, cuyo funcionamiento efectivo ha sido constatado en la práctica.

En ese sistema, la alerta temprana ante amenazas es de las principales fortalezas, que se traduce en decisiones operativas oportunas a partir de la información científica. El escenario de sequía previsto para los próximos meses pone esa conexión en primer plano.
Uno de los principales desafíos, en ese sentido, es avanzar en la preparación ante desastres para evitar o reducir impactos. 
El país cuenta asimismo con instrumentos como La Tarea Vida, que es el Plan de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático aprobado en 2017 y que proyecta la adaptación del país con un horizonte hasta 2100.

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Primer taller comunitario realizado en Mayarí en junio del año pasado como parte del proyecto “Educación, protagonismo infantil, inclusión educativa y género para la reducción de los multirriesgos de desastres y resiliencia ante el cambio climático desde las escuelas a las comunidades en Cuba”, una iniciativa del Ministerio de Educación, acompañada por UNICEF Cuba

Primer taller comunitario realizado en Mayarí en junio del año pasado como parte del proyecto “Educación, protagonismo infantil, inclusión educativa y género para la reducción de los multirriesgos de desastres y resiliencia ante el cambio climático desde las escuelas a las comunidades en Cuba”, una iniciativa del Ministerio de Educación, acompañada por UNICEF Cuba. Foto: Iris Torres / unicef.org

En el marco de la cooperación del Sistema de las Naciones Unidas en Cuba, en la que la Oficina de la ONU para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) participa como una de las 23 agencias signatarias del Marco de Cooperación para el Desarrollo Sostenible, se avanza en varias líneas de trabajo con las instituciones nacionales.

Entre ellas figuran una colaboración con el programa europeo de observación de la Tierra Copernicus, una propuesta a la iniciativa Sistemas de Alerta Temprana ante Riesgos Climáticos para fortalecer la alerta temprana y el seguimiento del taller sobre riesgo sísmico realizado en La Habana en enero de 2026. 
La experiencia cubana en preparación, alerta temprana y organización comunitaria posee, además, valor regional. Los pequeños Estados insulares del Caribe enfrentan amenazas similares, y un espacio para compartir esos aprendizajes será la IX Plataforma Regional para la Reducción del Riesgo de Desastres, que se celebrará en Nassau, Bahamas, en marzo de 2027.

La Presidencia de la República de Cuba, en Meteoro 2026 subrayó la importancia de fortalecer la preparación de la población, los órganos de dirección y mando y la Defensa Civil. 

En esa jornada de mayo último, el presidente Miguel Díaz-Canel llamó a actualizar y concretar los planes de respuesta “zona de defensa por zona de defensa”. En ese contexto valoraron el pronóstico para la actual temporada ciclónica y la situación de sequía hidrológica. 

Prepararse antes del impacto

El dato de los 25,8 millones tiene, por eso, un valor que va más allá del titular. UNICEF no lo presenta como una cifra para contabilizar damnificados, sino como una herramienta de anticipación y prevención.

La agencia pide reforzar antes de los eventos climáticos los servicios de nutrición, salud, agua segura, educación y protección infantil, y fortalecer los sistemas de monitoreo y las acciones anticipatorias.

La Organización Meteorológica Mundial sostiene igualmente que la intensidad de El Niño incrementa la probabilidad de determinados impactos, pero recuerda que esos efectos no están garantizados y que deben interpretarse según cada región y estación.

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Las diferencias entre riqueza y pobreza en una isma ciudad latinoamericana

Foto: tomada de revistaeyn.com

La diferencia entre reaccionar y anticiparse puede ser decisiva para la infancia. Una escuela preparada, un sistema de alerta que funcione, agua segura disponible y servicios sanitarios capaces de mantener su actividad durante una emergencia no eliminan el fenómeno climático. Pero pueden reducir sus consecuencias.

El Niño no elige a sus víctimas según los ingresos de una familia, la calidad de su vivienda o la cercanía de un hospital. La desigualdad aparece después, cuando el mismo fenómeno encuentra capacidades muy diferentes para resistirlo.

Por eso la cifra de  25,8 millones menores y adolescentes de América Latina y el Caribe que viven en zonas de alto riesgo de cara al fenómeno climático El Niño,  mencionados por UNICEF, no debería asumirse únicamente como una estadística climática. Constituye también un mapa de riesgos para las infancias, que, lamentablemente, sufrirán de  manera desigual en la región los impactos de El Niño. 

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