De arte y erotismo

Imagen tomada de https://historia-arte.com
Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, es un libro que adquirí hace muchos años cuando compré toda su obra sin pensar, sin tener ese impulso de leerla, solo de poseerla porque conocía, de referencia, que se trataba de una de las escritoras contemporáneas más leídas y exitosas, pero sin abundar. Eso bastó.
El libro esperó ahí paciente en mi biblioteca hasta que hace dos días me llamó la atención, redescubrí su existencia y lo agarré buscando una lectura distinta, al menos en estilo, de las tres novelas de Isabel Allende que me leí sin pausa en una semana y que me dejaron la mente viciada con su forma particular de narrar. Quería un cambio de aire. Lo tuve.
Lo empecé a leer sin saber de sus premios obtenidos, de su trama, de que al año siguiente de publicarse ya tenía una película y que durante mucho tiempo no se hablaba de otro asunto, ocupó titulares, rompió estigmas, sonrojó a más de uno y se sugería como lectura necesaria para salir de la zona de confort, mínimo.
Las edades de Lulú es una novela breve que se lee de una sentada, a veces con escenarios raros por dudosos porque, aunque siempre decimos que la realidad supera a la ficción, allí hay situaciones irreales, pero no importa, es lo de menos. No es el gran libro, de hecho la historia no me gustó porque se resume solo a "eso", pero pone a pensar más allá de las acrobacias de cuerpos resbalosos, en el leitmotiv de una escritora joven en plena década de los 80 del siglo pasado.
Sin embargo, tantas décadas después de aquel boom de libros y audiovisuales y nos seguimos ofendiendo y asombrado cuando encontramos algún material con una carga de sensualidad más explícita que romántica y sugerente. Y me asaltan preguntas, ¿cómo escribir de erotismo sin escandalizar, sin que sea asumido como pornografía? ¿Cómo evitar cruzar esa línea tan fina y subjetiva de sensibilidad, escrúpulos y moral? ¿Por qué tenemos tal comportamiento cuando el erotismo es parte esencial de nuestras vidas y expresarlo ha sido objeto desde tiempos remotos, incluso mediante las distintas formas del arte?
Es más, al leer recordé aquel poema de Luis Rogelio Nogueras (Cuba, 1944-1985) que comienza con "Mirando un grabado erótico chino..." que en la adolescencia repasaba tratando de hacer un ejercicio de imaginación que me hacía recordar algunas pinturas de Aubrey Beardsley (Reino Unido, 1872-1898), tan simples como escandalosas.
Ya desde entonces encontré que no se habla abiertamente, pero se busca, se disfruta, se guarda para sí. El arte ha sido testigo y medio fundamental en ese camino para la desestigmatización. Pero el arte tiene una licencia creativa que lo separa de lo vulgar, aunque nos saque los colores, decimos, es arte.
En realidad este es un tema que el ser humano representa desde que aprendió a dibujar y escribir sobre piedra, pero que todavía nos produce pudor tan solo nombrarlo. Podemos hablar de amor, de belleza, de pasión, de desnudez, pero cuando aparece la palabra sexo, muchas veces la conversación cambia de tono, como si hubiéramos cruzado una frontera invisible que quema.
Quizá por eso Las edades de Lulú resulta provocador. No únicamente porque habla de lo más íntimo de una pareja, sino porque, además, coloca el deseo femenino en el centro del relato —que es aún más alarmante— y ese hilo conductor resulta irreverente porque convierte a una mujer en sujeto de sus propias fantasías, contradicciones y búsquedas. En este caso el sexo se transforma en vehículo para explorar el poder y construir identidad, lo hace desde la violencia, el peligro y nunca menciona el amor como impulso, solo el deseo.
El laberinto libidinoso que explora Las edades de Lulú tiene una naturaleza compleja que busca transgredir, y eso también es válido. Lo utiliza como alegoría y mecanismo para desestabilizar el pasado de su protagonista y el orden social que la rodea, para conectar con su memoria familiar y salirse de la tradición católica de la forma más determinante posible porque ya sabemos lo constituye el pecado de la carne para tales instancias.
A pesar de que nos ruboriza, la psicología contemporánea no considera la sexualidad un accesorio de la existencia, sino una dimensión humana que involucra el cuerpo, las emociones, la identidad, los vínculos, las fantasías y la intimidad. Desear al otro no nos hace menos racionales ni menos dignos. La cuestión está en que lo que hacemos con ese deseo pertenece al territorio de las decisiones, los límites, el consentimiento y la responsabilidad.
La experiencia humana es enrevesada como tan básica a veces. Nos gusta el embrollo, es nuestra naturaleza, por eso una persona puede experimentar fantasías que jamás llevará a la práctica, sentir atracción y decidir dejarla en la distancia, descubrir aspectos de sí misma que le resulten incómodos, y, sobre todo, cambiar de deseos. Quizás por eso el erotismo encuentra en el arte uno de sus lenguajes más poderosos.
Otras áreas artísticas se han comportando similar. El ser humano muy pronto descubrió que el cuerpo podía ser una forma de belleza, poder, fertilidad, deseo y conocimiento. Pruebas hay muchas, pensemos en la célebre Afrodita de Cnido, creada por Praxíteles en el siglo IV a. C.. Es una escultura que inauguró una tradición decisiva en la representación del desnudo femenino occidental, tan importante que existen numerosas réplicas en los museos más prestigiosos del mundo. Y aunque hoy nos parece nada del otro mundo, en su momento era asumida como lo más erótico posible. Esto quiere decir que las referencias también mutan. Nos hacemos más tolerantes, aunque lentamente.
En ocasiones el arte no necesita mostrar más para provocar más y el Renacimiento heredó esa fascinación, por ejemplo, Tiziano (Italia, c.1488-1576) pintó su Venus de Urbino (1538) con una sensualidad que difícilmente puede confundirse con una simple lección anatómica, pero después muchísimos han sido los artistas seducidos por el cuerpo, sus formas e impulsos.
Es un tema inagotable que hasta la actualidad continúa explorando desde distintos lenguajes las relaciones entre desnudez, intimidad y belleza. Ya el propósito del autor y la mirada que le otorguemos, es otro asunto que puede o no coincidir, pero el erotismo que percibimos en las variadas formas del arte, no es inocente, ni siquiera cuando lo encontramos en contextos que nos parecen contradictorios como en lo sagrado de la religión.
Para entonces los artistas jugaban con la ambigüedad. Recreaban episodios y personajes bíblicos con evidente sensualidad en tiempos duros en los que sociedades del mundo entero condenaban determinados comportamientos sexuales, mientras encargaban obras de arte eróticas desde poses, formas corporales y escenas que eran aceptadas porque se encontraban dentro de una iglesia.
Un caso revelador es el de San Sebastián de Milán (Italia, 255-287) llevado a pintura y escultura en reiteradas oportunidades. Tan venerado por la iglesia, y representado siempre desnudo o semidesnudo, atado a un árbol y atravesado por flechas, pero con una carga sensual que rebate los preceptos morales de la época más represiva de todas. Veamos esta pintura de su coterráneo Giovanni Antonio Bazzi (1477-1589).
No es el único ejemplo. Y no son interpretaciones inventadas por la mirada contemporánea. No es que queremos encontrar erotismo en todo, es que nos circunda desde tiempos remotos, y no está mal. Mal está negarlo, querer tapar el sol con un dedo, no llamar por su nombre a lo que sentimos y vemos. ¿Para qué sirve el recato?
El erotismo suele sugerir, construir una atmósfera, trabajar la imaginación y la subjetividad, a veces desde una postura tan simple como un hombro descubierto o lo que queda fuera del cuadro de manera deliberada, y tan evidente como una descripción completa que no deja sospecha, pero de la cual tampoco conviene hacer un juicio moral, cada quien es como es.
La historia de Lulú, aunque a veces un poco ordinaria, retorcida y forzada, es solo una más de las tantas escritas, como pintadas y esculpidas, determinadas por el contexto histórico, cultural y artístico que sin dudas modifica considerablemente nuestra percepción. Todo es lo mismo, resultado de la necesidad de libertad de expresión, de decir que es tan normal como la vida todo lo que tenga que ver con sexualidad, sensualidad, género y deseo.
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