Crónica de una victoria que también es mía

La victoria de Lula es la victoria de la resistencia popular frente a la soberbia del capital y la manipulación.
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Crónica de una victoria que también es mía

Crónica de una victoria que también es mía

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CubaSí

Eran esas horas del domingo en que una suelta el móvil por un rato para ocuparse en los trajines de la vida real, así que lo confieso, entre el fregadero lleno y los uniformes por lavar, me desconecté un poco de la segunda vuelta electoral en Brasil, ese partido definitivo contra el fascismo que ni las mayores tensiones del Maracaná podrían igualar y, de pronto, sale mi hija del cuarto corriendo y me dice: ¡ganamos, mamá, hoy ganó Latinoamérica! 

Hay ocasiones en que la historia decide no avanzar a pasos cautelosos, sino con la fuerza arrolladora de un abrazo esperado por años. La noche en que Brasil volvió a sonreír con la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva fue, para mí , cubana y militante convencida de esta causa invencible que es la izquierda latinoamericana, una de esas jornadas donde el pecho se queda pequeño para albergar tanto alivio y tanta dignidad.

No me había quedado mirando la pantalla con la respiración contenida mientras los cómputos avanzaban número a número, voto a voto. Quizás las tareas domésticas acumuladas solo fueron un pretexto para disimular la falta de fe, ese pesimismo que nos inyecta en vena una maquinaria de información diseñada por los "perseguidores de cualquier nacimiento" para dispersarnos de la utopía imprescindible, para apagarnos la esperanza.

Sin embargo, este domingo fue uno de esos días en que pareciera que dios existe o el karma o algo que se empeña en poner cada cosa en su lugar... claro que cuando una ve la foto de la Avenida Paulista o  la playa de Copacabana, cuando mira los escenarios de telenovela teñidos de rojo, coloreados por banderas de los movimientos sociales, de gente humilde, negros, trabajadores rurales sin tierra... una comprende que cada punto porcentual ganado no era por obra y gracia de la mano divina: era el pulso de un pueblo que se negaba a sepultar su memoria, el impulso de la clase obrera brasileña que rescataba su destino del pozo del odio, el neofascismo y la barbarie. Y cuando apareció mi niña con la noticia de que ya el resultado era irreversible, sentí una vibración que cruzó el mar y estremeció cada esquina de mi Cuba.

¿Por qué siento esta victoria como propia? Porque en la América Nuestra, cuando sufre un trabajador en São Paulo, sufrimos las mujeres y hombres que en La Habana resistimos cotidianamente bajo el cerco de un bloqueo criminal. Porque la lucha de Lula, el líder sindicalista nacido de la escasez, encarcelado injustamente por los mismos poderes de siempre que intentaron arrebatarle la voz, es la síntesis de las batallas que nos unen a todos los latinoamericanos. Porque la victoria de Lula no le pertenece simplemente a un hombre, su triunfo no pertenece solo a un partido ni a una frontera, es la victoria de la resistencia popular frente a la soberbia del capital y la manipulación.  

Entrar a las redes sociales en esas primeras horas fue sumergirnos en una marea necesaria de optimismo. Mis canales se inundaron de imágenes eufóricas del pueblo en las calles de Brasil, de rostros empapados en lágrimas, de gente abrazada en un solo aliento. Ver ese cauce de amor y fuerza popular no solo me conmovió hasta las entrañas, sino que me gritaba a toda voz que sí, que otro mundo mejor es posible, que hay una respuesta posible y urgente frente al imperialismo,  a los discursos de odio y la opresión. Al menos por ahora mis redes se convirtieron en el espejo de un continente que se niega a rendirse, que celebra cómo la dignidad ha derrotado al miedo.

La reelección de Lula representa un rendija abierta para que entre la luz de la integración latinoamericana, otra oportunidad para el sueño inconcluso de la Patria Grande que soñaron Martí, Bolívar, Fidel y Chávez. Representa un respiro estratégico para la región, una voz poderosa que podría volver a articular la unidad frente a las pretensiones imperiales y una trinchera oportuna para los derechos de la clase trabajadora global, que hoy ve en el obrero metalúrgico - presidente, una prueba fehaciente de que los humildes sí pueden gobernar y transformar la realidad.

No se trata de la confianza ciega en un ser humano con el cual, de hecho no siempre hemos estado de acuerdo, sino de agarrarnos a la esperanza colectiva que  ha vuelto a encenderse en el sur global, porque sí, esta victoria es de Brasil, pero es también de la  dolida y ultrajada América Nuestra frente a sus viejos esbirros con nuevos nombres. Es de quienes, a pesar de todo, no tiramos la toalla. Es también mía, nuestra.

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