Contracrítica: La soledad del naufragio

Acabo de revisitar las páginas de Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez. Un polémico libro que tiene el sabor de la novela, sin serlo, que ya presagia el Premio Nobel de un joven autor en su potencia.
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Relato de una náufrago
Fuente:
CubaSí

Se trata de un libro de reportajes, en el cual la única voz es la de un hombre que se pierde en el mar y debe sobrevivir a cómo sea, contra todo tipo de dramas internos y de dificultades externas. El proceso funciona como una paradoja acerca del significado de la vida y resuena con la hondura de un ensayo acerca de la condición humana. Ponernos al límite y ver qué somos en ese borde de la existencia es uno de los temas más fascinantes del arte. En esa obra, quizás un poco preterida del Gabo, no solo están esos ingredientes, sino que se respira un poco lo que luego sería su realismo mágico. La frontera entre lo que sucede y lo que imaginamos se puede difuminar cuando no sabemos quienes somos, adonde vamos ni de donde venimos y un naufragio puede ser una metáfora para explicar un reencuentro, un renacimiento en todo sentido.

La historia real de Luis Alejandro Velázquez nos cuenta acerca de cómo este hombre lo perdió todo literalmente. Sus días en el mar son una deshumanización constante, que paradójicamente lo vuelve a humanizar. Despojarse de los recuerdos, de los miedos, de las ansias, y los anhelos lo lleva a la esencia. Los fantasmas del pasado se le aparecen en las noches de fiebre, malestar y alucinaciones y funcionan como entidades mágicas. Esos pasajes, llenos de una hondura filosófica enriquecen un relato que, de otra manera hubiera sido casi aburrido, porque se transformaba en una sucesión de la misma rutina para poder sobrevivir. La presencia de los tiburones siempre a una hora (las cinco de la tarde) nos recuerda por un lado el mal, su acecho, la forma milimétrica en que opera el mundo en su peor versión contra nosotros y cómo llegamos a normalizarla, a hacerla parte de nuestra cotidianidad. El mal como un apetito voraz que funciona ciegamente, como lo son los tiburones que en su miopía solo ven las cosas brillantes o de color blanco. Pasaje que posee una fuerza simbólica esencial.

Aquí hay varias líneas que conectan la historia tanto con el mito como con otros clásicos. El tiburón posee una resonancia a lo Moby Dick y en esos momentos Velázquez funciona como una especie de capitán Ahab cuya fuerza se deriva del pecado, del deseo de la venganza. En la novela de Herman Melville no existe una redención y se puede decir que es la historia de un naufragio espiritual. En cambio García Márquez usa al tiburón para que el personaje se contraponga y crezca, para que luche y en esa oposición a la oscuridad se noten sus esencias humanas, los rasgos imperfectos, pero también el anhelo por trascender. El náufrago además se vincula a la leyenda de Jonás y la ballena y cómo existe en cierta medida una culpa que espiar en las aguas y que una vez reconocida y purgada se produce el regreso a la luz. De alguna forma, al hombre lo persiguen sus sombras, la vida disolutiva del marinero que en cada puerto posee aventuras esporádicas y poco serias donde cosifica el amor de mujeres que no volverá a ver. Mary, su última novia en territorio de los Estados Unidos, a la cual también tomó a la ligera, se le acrecienta en sus cavilaciones y llega a sentir hacia ella un profundo impulso de nostalgia y un nexo que antes no tuvo. La humanización y el acercamiento a lo esencial son las formas en la cuales García Márquez usa las referencias y las conexiones de este relato real. Una realidad, no obstante, que posee las licencias de la gran literatura y que resuena con una prosa brillante, llena de símbolos y de un lenguaje que por momentos hallamos ajeno al léxico habitual de un marinero. Todo es válido si se trata de arte y de lograr un efecto en el lector.

Relato de un náufrago no se despega de la voz de Velázquez en el valor del testimonio, a pesar de las reservas en cuanto a la construcción de su estilo casi perfecto de narrar. Allí podemos sentir la realidad del miedo, de la tristeza, de la indefensión. En un momento dado, cuando el protagonista debe matar una gaviota para poderla comer, se evidencia que el simbolismo de ese suceso iba más allá de la sobrevida. El marinero ve en el animal el humanismo que se le escapa y es capaz de identificarse con el dolor de la criatura, que se parece a su dolor. Las gaviotas avisan sobre la cercanía de la costa, son la compañía de los barcos en el mar y poseen una relación íntima con los marineros. Matarla era como matar su esperanza. Aquí García Márquez nos recuerda que en los pequeños gestos de la literatura es donde van esos elementos que nos conmueven. La vida no solo se muestra en su tragedia, sino en las porciones de luz que a pesar de los matices oscuros son como focos en medio de la oscuridad. El naufragio no es solo la historia material, la supervivencia. De hecho el testimoniante atraviesa por una serie de homenajes que él reconoce como banales, ya que no se ve ni como un patriota ni como un héroe, sino como un ser humano que se reencontró y tuvo otra oportunidad, cuando sus seres queridos ya lo habían dado por muerto.  

Hay una parte del libro que nos habla de esto, cuando Velázquez piensa en su familia dedicándole los nueve días de luto y retirando al final su retrato del altar pequeño de la casa. Ese momento fue vivido por él como una especie de muerte más potente que la real, era la muerte del borrado de identidad. Y es que el libro nos habla de la metafísica, de ese ser más allá de lo físico, de lo tangible. Todo análisis crítico de una obra tiene que poseer ese abismo que acompaña a los grandes clásicos como el Gabo y en este caso se trata de la posibilidad de un testimonio que por su parentesco con la novela viola los cánones del periodismo. Eso en todo caso no es importante. Los géneros no deben definir la calidad de una obra, sino servir de coordenadas a la crítica para evaluar cuando funcionan o no los formatos en la línea de crear un mensaje coherente, poderoso y estético. Y García Márquez lo logra con este texto que dio paso a su talento como narrador y al inicio de una carrera brillante.

Cada capítulo de Relato de un náufrago funciona como una crónica que puede leerse por separado. Ahí es donde el periodismo posee más peso. Concebido para un trabajo por entregas a los periódicos, a la manera tradicional, el texto adquiere una hondura cercana a la ficción cuando se lee como libro y se pueden comparar y vivenciar los pasajes de una forma coral. Cuando la voz del testimoniante crece como resultado de la dimensión de lo que nos está contando pasa del arquetipo al humanismo imperfecto de un personaje redondo, lleno de matices. Eso es lo que nos lleva a evaluar como acierto la imperfección de la obra. Es imperfecta como reportaje, pero perfecta como libro. Su efecto, meridiano, es el de conmover, hacernos reflexionar y adicionar capas de sentido a lo que de otra forma sería un manojo de relatos dispersos. 
E
sta pieza, situada en los inicios de lo que luego sería un legado literario, nos habla de que el germen del gran escritor partió siempre de una visión humanista y critica de la realidad sin la cual el autor no hubiera crecido. El periodismo se nutre y da paso a la ficción, ambas dimensiones del arte poseen una misma finalidad, un horizonte estético al cual se hayan unidas. Si hubiera que situar Relato de un náufrago en una isla desierta, habría que hacerlo en la orilla, de manera tal que el que lo halle no se pierda, sino que paso a paso aprenda más sobre sí mismo, sobre el mundo y la posible salvación que le queda a alguien que solo posee su soledad. 
 

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